Me detuve en seco.
El viento frío golpeó mi rostro mientras sostenía el teléfono con fuerza.
—¿Quién habla?
—Soy Nathan Collins, director jurídico del Comité Internacional de Arquitectura.
Su voz era rápida.
Controlada.
Pero transmitía una urgencia imposible de fingir.
—Hace veinte minutos alguien intentó acceder al servidor donde estaba almacenada su propuesta ganadora.
Sentí un escalofrío.
—¿La robaron?
—No.
Pero estuvieron muy cerca.
Miré por el reflejo de las puertas de cristal del edificio.
Adrian seguía dentro de la sala de juntas.
Firmando los últimos documentos del divorcio.
No tenía forma de saber que mi vida acababa de cambiar por completo.
—Voy para allá.
Una hora después llegué al edificio del Comité.
Me condujeron directamente a una sala de reuniones.
Sobre la mesa había varias fotografías, registros informáticos y un ordenador portátil.
Nathan me recibió con un apretón de manos.
—Gracias por venir tan rápido.
Señaló la pantalla.
—Su proyecto fue el único al que intentaron acceder.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
Un especialista en ciberseguridad tomó la palabra.
—La intrusión se realizó utilizando credenciales válidas.
No fue un ataque aleatorio.
Alguien conocía exactamente dónde estaba almacenado su diseño.
Sentí un vacío en el estómago.
Muy pocas personas sabían que había participado en aquel concurso.
Nunca lo comenté con la familia Whitman.
Ni siquiera con Adrian.
Durante tres años trabajé de madrugada, cuando él dormía, convencida de que si el proyecto fracasaba al menos nadie conocería mi intento.
Entonces…
¿Quién podía saberlo?
El especialista amplió una imagen.
Apareció un registro de acceso.
—La conexión se hizo desde un despacho privado del edificio Whitman.
Mi respiración se detuvo.
Nathan levantó lentamente la vista.
—¿Reconoce esa dirección?
La conocía perfectamente.
Era el servidor interno del estudio inmobiliario de Adrian.
Negué con la cabeza.
—Tiene que haber un error.
Jamás hablé con mi exesposo sobre este concurso.
Nathan abrió otra carpeta.
—Eso pensábamos.
Hasta que encontramos esto.
Colocó varias fotografías impresas sobre la mesa.
Eran imágenes obtenidas de las cámaras de seguridad del edificio.
En ellas aparecía una mujer entrando al despacho de Adrian apenas quince minutos después de que yo abandonara el edificio.
La reconocí inmediatamente.
Clara.
Nathan habló con calma.
—No sabemos cuál fue su participación.
Pero, pocos minutos después de su llegada, alguien utilizó la red corporativa para intentar descargar el proyecto ganador.
Miré las fotografías una y otra vez.
Era demasiada coincidencia.
O quizá…
No era ninguna coincidencia.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje desconocido.
Solo contenía una frase.
“No debiste ganar.”
Y una fotografía.
Mi escritorio.
El que tenía en mi antiguo estudio.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Aquella foto había sido tomada ese mismo día.
Después del divorcio.
Alguien había entrado.
Nathan observó mi reacción.
—¿Qué ocurre?
Le mostré el mensaje.
Su expresión cambió inmediatamente.
—No elimine nada.
Esto ya no parece únicamente un intento de robo intelectual.
Puede tratarse de intimidación.
Respiré profundamente.
Durante años había creído que el mayor obstáculo de mi vida era un matrimonio donde nunca fui la prioridad.
Ahora entendía que apenas estaba comenzando una batalla mucho más peligrosa.
Porque aquel proyecto no representaba solo cuatro mil millones de dólares.
Representaba prestigio internacional.
Décadas de contratos.
Y el futuro de quien lograra controlarlo.
Nathan cerró lentamente la carpeta.
—Hay una última cosa que debe ver.
Sacó un sobre sellado.
Dentro había una copia impresa del documento presentado por el segundo finalista del concurso.
Lo colocó frente a mí.
Bastó una mirada para reconocerlo.
No era una coincidencia.
No era una inspiración.
Era mi diseño.
Las mismas líneas.
La misma distribución.
Los mismos cálculos estructurales.
Solo había cambiado el título y el nombre del autor.
Nathan me sostuvo la mirada.
—El segundo proyecto fue enviado cuarenta y ocho horas antes que el suyo.
Hizo una breve pausa.

Luego añadió la frase que terminó de cambiarlo todo.
—Y el arquitecto que figura como autor trabaja desde hace seis años para el Grupo Whitman… directamente bajo las órdenes de Adrian.