El silencio en la sala de descanso no fue incómodo.
Fue devastador.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Porque nadie entendía cómo el director general… estaba sosteniendo a Emma Lin como si fuera lo más natural del mundo.
—Conmigo —repitió Lucas, sin soltarme.
Sentí todas las miradas clavarse en nosotros.
—Lucas… —susurré entre dientes—. No era así como planeábamos decirlo.
—No planeábamos decirlo —corrigió, tranquilo.
Mi compañero dio un paso atrás.
—Esto… ¿es una broma?
—No —respondió Lucas.
Una sola palabra.
Suficiente para romper cualquier duda.
Las conversaciones comenzaron en murmullos.
Luego en susurros.
Luego en caos.
Tomé aire.
—Necesitamos hablar.
Lucas asintió.
Pero no me soltó hasta que salimos de ahí.
En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, me giré.
—¿Qué fue eso?
—La verdad.
—¡Fue impulsivo!
—Fue necesario.
Negué, intentando ordenar mis ideas.
—Habíamos acordado mantenerlo en secreto.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Lucas guardó silencio unos segundos.
Los suficientes para que entendiera que su respuesta no sería simple.
—Porque no me gustó —dijo finalmente.
—¿Qué cosa?
—Que alguien más pensara que podía confesarse a ti.
Parpadeé.
—Eso pasa. Es normal.
—No para mí.
Fruncí el ceño.
—Lucas, no soy un objeto.
—Lo sé.
—Entonces no puedes reaccionar así cada vez que alguien se me acerque.
—No fue “cada vez”.
Me miró fijamente.
—Fue esta vez.
Algo en su tono…
no era posesivo.
Era… honesto.
Demasiado.
—¿Por qué importa tanto? —pregunté más suave.
Lucas exhaló.
Como si llevara meses guardándose algo.
—Porque ya no quiero que esto sea un contrato.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Dije que era por un año.
—Sí.
—Pero para mí dejó de ser un acuerdo hace tiempo.
Mi corazón dio un salto incómodo.
—Lucas…
—No tienes que responder ahora —interrumpió—. Pero yo sí necesitaba dejar de fingir que esto es solo temporal.
Bajé la mirada a nuestras manos.
Seguían entrelazadas.
Seis meses.
Seis meses de rutinas compartidas.
De noches tranquilas.
De conversaciones que ya no parecían forzadas.
—Eres injusto —murmuré.
—Probablemente.
—Porque yo sí estaba cumpliendo el acuerdo.
—Y yo también… hasta que dejó de ser suficiente.
El pasillo estaba vacío.
Pero el peso del momento lo llenaba todo.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora tú decides.
—¿Sobre qué?
—Sobre si quieres seguir conmigo… cuando ya no sea una obligación.
Levanté la vista.
Sus ojos ya no eran fríos.
Nunca lo habían sido conmigo.
Pensé en la noche del contrato.
En la nota.
“Puedes decir que no.”
Siempre había tenido elección.
Pero nunca me había detenido a pensar en ella.
—Lucas…
Respiré hondo.
—Si seguimos… no puede ser como antes.
—De acuerdo.
—Sin secretos.
—De acuerdo.
—Sin decisiones impulsivas frente a toda la empresa.
Dudó.
—…Haré el intento.
No pude evitar sonreír un poco.
—Y una cosa más —añadí.
—Dime.
—La próxima vez que alguien se me confiese…

Lucas tensó la mandíbula.
—…confía en que puedo manejarlo.
Me observó unos segundos.
Luego asintió.
—Confío en ti.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
no pesaba.
—Entonces —dijo—, ¿qué decides?
Lo miré.
De verdad.
Sin contratos.
Sin condiciones.
Y por primera vez desde aquella noche equivocada…
mi respuesta no tuvo nada que ver con el azar.
—Decido quedarme.
Lucas no sonrió.
No era su estilo.
Pero su mano apretó la mía un poco más fuerte.
Y esta vez…
no la solté.