La voz de mi abuelo no mostró sorpresa.
—¿Estás bien, Audrey?
Miré por el cristal de la unidad neonatal.
Liam movía apenas una diminuta mano dentro de la incubadora.
Chloe seguía conectada a más cables de los que una madre debería ver en toda su vida.
Respiré hondo.
—No. Pero necesito que vengas.
Hubo un breve silencio.
—Estoy en camino.
La llamada terminó.
Dominic soltó una risa seca.
—¿Tu abuelo? ¿De verdad crees que un viejo agricultor va a solucionar esto?
No respondí.
Natalie acarició distraídamente el vientre donde crecía el hijo de mi todavía esposo.
—Dominic, vámonos. Esto ya terminó.
Yo levanté lentamente la vista.
—No. Apenas acaba de empezar.
Cinco minutos después, el ambiente del hospital cambió por completo.
Las puertas principales del piso se abrieron.
Primero aparecieron cuatro hombres vestidos con traje oscuro y auriculares discretos.
Después entró el director médico del hospital, el doctor Esteban Salazar.
Detrás de él caminaban el director financiero, la jefa de enfermería y dos miembros del consejo administrativo.
Dominic frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Nadie le respondió.
Todos permanecían mirando hacia el ascensor privado.
Cuando las puertas se abrieron nuevamente, apareció un hombre de cabello completamente blanco, impecablemente vestido con un sobrio traje azul marino.
Su bastón jamás tocó el suelo por necesidad.
Solo era una costumbre.
Los empleados enderezaron inmediatamente la espalda.
—Buenos días, señor Garza.
—Buenos días, presidente.
Las voces se escucharon casi al mismo tiempo.
Dominic parpadeó.
Natalie dejó escapar el aire lentamente.
Mi abuelo caminó directamente hacia mí.
No miró a nadie más.
Sus ojos se detuvieron primero en mi rostro.
Luego en los hematomas que aún quedaban alrededor de mis muñecas por las vías intravenosas.
Después observó las incubadoras.
Su expresión cambió.
Nunca lo había visto contener la ira de esa manera.
—¿Cómo están mis bisnietos?
—Estables… pero siguen siendo muy pequeños.
Él tomó mi mano con una delicadeza infinita.
—Llegué tarde.
Negué con la cabeza.
—Llegaste exactamente cuando te necesitaba.
Solo entonces mi abuelo giró lentamente hacia Dominic.
Lo observó durante varios segundos.
Como si intentara recordar dónde lo había visto antes.
—Usted es…
Dominic recuperó parte de su seguridad.
—Dominic Álvarez. Arquitecto. Esposo de Audrey.
Mi abuelo corrigió sin alterar la voz.
—Exesposo.
Dominic sonrió con suficiencia.
—Exactamente.
Mi abuelo asintió.
—Entiendo.
Después miró al director del hospital.
—Doctor Salazar.
—Sí, señor presidente.
—¿Quién autorizó que un paciente en recuperación fuera obligado a firmar documentos legales dentro de una unidad neonatal?
El director palideció.
—Nadie, señor.
—Entonces explíqueme por qué ocurrió.
El silencio fue absoluto.
Ningún médico habló.
Ninguna enfermera respiró con normalidad.
Natalie dio un paso al frente.
—Con todo respeto, esto es un asunto familiar.
Mi abuelo la observó apenas un instante.
—¿Y usted es?
—Natalie.
—¿Apellido?
Ella dudó.
—Romero.
—¿Qué relación tiene con la paciente?
Ninguna respuesta.
Mi abuelo volvió a mirar al director.
—¿Desde cuándo se permite el ingreso de terceros ajenos a pacientes críticos?
El doctor tragó saliva.
—Normalmente… no se permite.
—Entonces alguien incumplió los protocolos.
Sacó un pequeño cuaderno del bolsillo.
Anotó dos nombres.
—Quiero un informe completo antes de las seis de la tarde.
—Sí, señor.
Dominic empezaba a perder la paciencia.
—Mire, no sé quién cree que es…
Varios directivos giraron la cabeza al mismo tiempo.
El director financiero incluso cerró los ojos durante un segundo.
Mi abuelo sonrió con calma.
—Tiene razón.
No nos hemos presentado formalmente.
Extendió la mano.
—Ignacio Garza.
Dominic la estrechó.
—Mucho gusto.
Mi abuelo continuó.
—Presidente del consejo que administra los nueve hospitales de la Red Santa Aurelia.
La mano de Dominic quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Y abuelo de Audrey.
Por primera vez desde que había llegado al hospital…
Dominic perdió completamente el color del rostro.
Natalie abrió mucho los ojos.
—Eso… eso no puede ser.
Mi abuelo sacó una vieja fotografía de su cartera.
Era una imagen tomada veinte años atrás.
Yo aparecía con apenas nueve años, cubierta de pintura durante un taller de restauración.
Él estaba a mi lado.
La misma fotografía que siempre había llevado consigo.
—Ella es mi única nieta.
Guardó nuevamente la fotografía.
—Y esos dos bebés son mis únicos bisnietos.
Dominic intentó recuperar el control.
—Con todo respeto, nuestra situación matrimonial no tiene nada que ver con este hospital.
—Tiene razón.
Mi abuelo volvió a asentir.
—Su divorcio no me interesa.
Dominic respiró aliviado.
Pero la siguiente frase cambió por completo el ambiente.
—Lo que sí me interesa es saber por qué un padre vino a una unidad neonatal a abandonar económicamente a dos recién nacidos prematuros mientras intentaba intimidar legalmente a una paciente hospitalizada.
Nadie dijo una palabra.
Mi abuelo dio un paso más cerca.
Su voz siguió siendo tranquila.
—Porque eso sí afecta directamente a esta institución.
Dominic abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta.
El director jurídico del hospital acababa de llegar corriendo.
Traía una carpeta bajo el brazo.
—Señor presidente.
—¿Sí?
—Acabamos de revisar las cámaras de seguridad del pasillo.
Mi abuelo no apartó la mirada de Dominic.
—¿Está todo grabado?
—Desde que el señor Álvarez salió del ascensor hasta este mismo momento.
Natalie sintió un escalofrío.
Recordó cada sonrisa.
Cada comentario.
Cada burla.
Todo había quedado registrado.
Mi abuelo tomó la carpeta.
Ni siquiera la abrió.
Simplemente dijo:
—Conserven una copia.
Entréguenle otra al departamento jurídico.
Y una tercera…
Miró directamente a Dominic.

—…porque sospecho que muy pronto será solicitada como prueba.
Dominic comprendió entonces que los papeles del divorcio, las cuentas vaciadas y el departamento de Polanco ya no eran el verdadero problema.
El verdadero problema era que acababa de humillar, amenazar y abandonar a la nieta del hombre que tenía autoridad sobre todo el hospital.
Y lo había hecho delante de decenas de testigos… y de cámaras que nunca dejaban de grabar.