PARTE 2 — LA PREGUNTA QUE LA HIZO TEMBLAR

La sonrisa de Valeria desapareció apenas un instante.

Solo un segundo.

Pero yo llevaba cinco años observándola.

Cinco años aprendiendo cada uno de sus gestos.

Y aquel pequeño cambio en su rostro me confirmó que había tocado exactamente donde más le dolía.

Mi suegra frunció el ceño.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Tomé tranquilamente mi taza de té.

—Solo tengo curiosidad.

Valeria recuperó la compostura y soltó una risa.

—Claro que son de Adrián.

¿De quién más iban a ser?

La miré sin apartar los ojos.

—Eso espero.

Porque sería una pena descubrir otra cosa.

No añadí nada más.

Me levanté de la mesa y subí a mi habitación.

Las dejé allí, incómodas, intentando descifrar por qué, después de cinco años de silencio, había empezado a hablar.


A la mañana siguiente, Adrián llegó a la oficina antes de las siete.

Daniel ya lo esperaba.

Sobre el escritorio había tres sobres sellados.

—Las muestras de ADN tardarán unos días.

Pero ya llegaron los nuevos estudios de fertilidad.

Adrián abrió el primero con manos temblorosas.

Leyó una línea.

Después otra.

Finalmente dejó caer el informe.

—Los resultados son concluyentes —dijo Daniel con voz baja—. Coinciden con los anteriores.

Infertilidad de origen congénito.

Capacidad reproductiva natural prácticamente nula desde el nacimiento.

Adrián permaneció inmóvil.

Cinco años.

Cinco años creyéndose padre.

Cinco años destruyendo su matrimonio por una mentira.


Aquella misma tarde decidió enfrentarse a Valeria.

Entró en el apartamento que le había comprado.

Ella sonrió al verlo.

—Pensé que vendrías más tarde.

Él dejó los informes sobre la mesa.

—Quiero la verdad.

Valeria los miró.

Su sonrisa se borró.

—¿Qué significa esto?

—Significa que jamás pude tener hijos.

Así que dime…

¿Quién es el padre de Lucas?

Valeria guardó silencio.

—¿Y de Mateo?

Nada.

—¿Y de Nicolás?

Las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos.

Pero Adrián ya no confiaba en ellas.

—No llores.

Respóndeme.

Ella respiró hondo.

—No lo sé.

Aquellas tres palabras cayeron como una bomba.

Adrián sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Qué acabas de decir?

Valeria rompió a llorar.

—En esa época…

Salía con otra persona antes de empezar contigo.

Después…

Todo ocurrió muy rápido.

Nunca estuve completamente segura.

El silencio se volvió insoportable.

Adrián dio dos pasos hacia atrás.

Por primera vez comprendió que había construido toda su vida sobre una certeza que nunca se molestó en comprobar.


Aquella noche volvió a casa.

Yo estaba leyendo en la sala.

Se quedó observándome durante largo rato.

—Clara…

Levanté la vista.

Tenía el rostro envejecido diez años.

—Necesito hablar contigo.

Cerré el libro.

—Te escucho.

Se sentó frente a mí.

Por primera vez desde que comenzó aquella historia, no había arrogancia en sus ojos.

Solo cansancio.

—Creo que cometí el peor error de mi vida.

Lo observé en silencio.

Esperaba una disculpa.

Una explicación.

Cualquier cosa.

Pero antes de que pudiera continuar, sonó el timbre.

El mayordomo abrió la puerta.

Era Daniel.

Traía un sobre urgente.

—Señor Lancaster…

Acaban de llegar los primeros resultados parciales de ADN.

Adrián tomó el sobre.

Sus manos temblaban tanto que apenas podía abrirlo.

Leyó la primera página.

Su rostro perdió completamente el color.

Yo no necesitaba acercarme para saber qué decía.

Porque ya conocía esa respuesta desde hacía años.

Lo que todavía ignoraba Adrián…

Era que aquella prueba no sería la peor noticia de su vida.

Porque descubrir que los niños no eran suyos era solo el principio.

Aún faltaba enterarse de quién había organizado el engaño… y por qué alguien había ganado millones utilizando su apellido mientras él culpaba a la única persona que nunca lo había traicionado.

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