PARTE 2: EL ATAÚD NO ERA EL FINAL… ERA LA PRIMERA PRUEBA

La ambulancia atravesó la ciudad con las sirenas encendidas.

Alejandro no soltó la mano de Valeria ni un solo segundo.

El monitor cardíaco emitía un pitido irregular.

Cada sonido era una promesa de que seguía luchando.

—Presión bajando.

—Preparen quirófano.

—Hay sufrimiento fetal.

Las órdenes se cruzaban mientras el vehículo avanzaba hacia el Hospital Central.

Alejandro seguía grabando con el reloj.

No solo registraba el traslado.

También conservaba la grabación de todo lo ocurrido dentro de la mansión.

La voz de su madre.

La de Rodrigo.

Y aquella frase que no dejaba de resonar en su cabeza.

“No toques el cuerpo.”


Cuando las puertas del quirófano se cerraron, un médico se acercó a él.

—¿Usted es el esposo?

—Sí.

—Su esposa presenta niveles muy altos de un sedante de uso hospitalario. No es un medicamento que una mujer embarazada deba recibir bajo ninguna circunstancia.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Puede haber sido un accidente?

El médico negó lentamente.

—La concentración encontrada hace pensar en una administración deliberada.

No puedo afirmarlo todavía.

Pero tampoco puedo ignorarlo.


Dos horas después apareció una cirujana con el uniforme aún manchado.

Sonrió por primera vez desde que Alejandro llegó.

—Su hijo está vivo.

Él cerró los ojos.

Las piernas dejaron de sostenerlo.

Se apoyó contra la pared mientras las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Y Valeria?

—La operación fue complicada.

Pero sobrevivió.

Seguirá en terapia intensiva mientras eliminamos el sedante de su organismo.

Alejandro respiró profundamente.

Por primera vez desde que levantó la tapa del ataúd, sintió que aún existía esperanza.


No duró mucho.

Su teléfono vibró.

Era el administrador jurídico de Grupo Santillán.

—Señor…

Necesita venir inmediatamente.

Su madre convocó una reunión extraordinaria del consejo.

Pretende declararlo desaparecido durante su estancia en Dubái.

Y quiere asumir el control definitivo de la empresa.

Alejandro frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—También presentó un certificado de defunción de la señora Valeria Santillán.

El silencio cayó sobre el pasillo.

Alejandro miró hacia la unidad de cuidados intensivos.

Su esposa seguía viva.

Su hijo acababa de nacer.

Y, aun así, alguien ya había certificado oficialmente su muerte.


Tres horas más tarde llegó un detective de la fiscalía.

Había recibido el reporte del hospital sobre una posible tentativa de homicidio.

—Necesitamos reconstruir lo ocurrido.

Alejandro entregó inmediatamente su reloj inteligente.

—Aquí está toda la conversación dentro de la casa.

Y quiero que aseguren el ataúd antes de que alguien lo haga desaparecer.

El detective escuchó apenas unos segundos de la grabación.

Le bastó una frase para levantar la vista.

“No toques el cuerpo.”

—¿Quién dijo eso?

—Mi hermano.

El detective apagó el audio.

—Entonces tenemos que movernos rápido.


Mientras tanto, en la mansión Santillán, Beatriz caminaba de un lado a otro del despacho.

Rodrigo sostenía el teléfono con manos temblorosas.

—La policía acaba de pedir que nadie toque el salón principal.

Ella apretó los labios.

—¿Y el certificado?

—Ya lo enviaron al hospital para verificarlo.

Beatriz cerró los ojos unos segundos.

Después abrió un cajón oculto del escritorio.

Sacó un expediente azul.

En la portada podía leerse una sola palabra.

“TESTAMENTO”.

Rodrigo respiró con dificultad.

—¿Y si Alejandro descubre la cláusula?

Beatriz respondió con una serenidad inquietante.

—No puede descubrirla.

Porque si Valeria sobrevive…

Todo lo que hicimos durante estos dos años dejará de importar.

Perderemos la empresa.

Perderemos la herencia.

Y terminaremos en prisión.


A la mañana siguiente, cuando los peritos llegaron a la mansión para asegurar la escena, encontraron el ataúd exactamente donde Alejandro lo había dejado.

Las flores seguían frescas.

Las veladoras continuaban encendidas.

Pero había algo que no estaba la noche anterior.

Debajo del cojín donde había descansado la cabeza de Valeria apareció un pequeño sobre sellado.

Llevaba escrito, con la letra inconfundible de ella:

“Si Alejandro abrió este ataúd antes de mi entierro, significa que todavía estoy viva… y que mi suegra decidió matarme antes de que pudiera entregar las pruebas al consejo.”

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