PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE NUNCA DEBIERON MENCIONAR

Renata dejó de respirar.

Apoyó lentamente la mano sobre la puerta.

Al otro lado, las voces continuaban.

—En cuanto firme la renuncia, el notario podrá entregar todo a Cinthia —dijo Moisés con absoluta tranquilidad.

Teresa soltó un suspiro de alivio.

—Te dije que era mejor hacer esto antes de que llegaran los resultados.

—Precisamente por eso.

Si la universidad la acepta, después será mucho más difícil convencerla.

Renata sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

No querían echarla por haber “reprobado”.

Querían sacarla antes de que descubriera algo.

Algo relacionado con el testamento de su madre.


Esperó unos segundos más.

Luego tomó el celular.

La grabación seguía activa.

Había registrado toda la conversación.

La guardó inmediatamente.

Después hizo tres cosas.

Envió el audio a su correo.

Lo subió a la nube.

Y se lo mandó a una sola persona.

Lic. Eduardo Salas.

El abogado que había llevado la sucesión de su madre once años atrás.

Su madre le había dicho una frase pocos días antes de morir.

“Si algún día dudas de todos… busca al licenciado Salas.”

Nunca entendió por qué.

Hasta ese momento.


Cinco minutos después bajó con la maleta.

Moisés seguía esperándola.

Teresa también.

La carpeta permanecía abierta sobre la mesa.

—¿Ya pensaste mejor las cosas? —preguntó Teresa.

Renata dejó la maleta junto a la puerta.

—Sí.

Moisés sonrió.

Creyó que había ganado.

Le acercó una pluma.

—Firma.

Renata tomó la primera hoja.

La observó unos segundos.

Después la dejó nuevamente sobre la mesa.

—No.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué dijiste?

—Que no voy a firmar.

Moisés golpeó la mesa.

—¡No tienes elección!

Renata sostuvo su mirada.

—Claro que la tengo.

Tomó la maleta.

—Y ya la elegí.


Cuando abrió la puerta principal, Moisés gritó detrás de ella.

—¡Si sales de esta casa no vuelves jamás!

Renata se giró lentamente.

Lo observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Eso depende de quién sea realmente el dueño.

El silencio cayó sobre la sala.

Teresa palideció.

—¿Qué significa eso?

Renata no respondió.

Salió.

Y cerró la puerta.


Media hora más tarde…

Se encontraba sentada en una cafetería cercana.

El celular vibró.

Lic. Eduardo Salas.

Contestó de inmediato.

—¿Señor Salas?

La voz del hombre sonó sorprendida.

—Renata.

Hace años que esperaba tu llamada.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Necesito hacerle una pregunta.

—Adelante.

—¿Mi mamá dejó un testamento?

Hubo un largo silencio.

Después respondió muy despacio.

—Sí.

Renata cerró los ojos.

—Entonces era verdad.

—¿Qué ocurrió?

Ella le contó todo.

El examen.

La mentira.

La expulsión.

Los documentos.

La conversación escuchada detrás de la puerta.

El abogado no la interrumpió ni una sola vez.

Cuando terminó, solo hizo una pregunta.

—¿Firmaste algo?

—No.

—Gracias a Dios.


Eduardo respiró profundamente.

—Escúchame con mucha atención.

Lo que intentaban hacer era extremadamente grave.

Tu madre nunca dejó toda la herencia a tu padre.

Renata sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Qué dejó?

—El cincuenta por ciento de una empresa familiar.

Y la casa donde creciste.

Todo quedó en un fideicomiso.

Hasta que cumplieras dieciocho años.

Renata permaneció completamente inmóvil.

—Hoy…

¿Hoy?

—Hoy mismo terminó ese fideicomiso.

Ella dejó escapar el aire lentamente.

Todo encajaba.

Por eso la echaron.

Por eso necesitaban su firma.

Por eso inventaron la historia del examen.


—Señor Salas…

¿Y ahora qué hago?

El abogado respondió sin dudar.

—Primero…

Felicidades por tu 98.7.

Renata sonrió por primera vez en todo el día.

—Gracias.

—Segundo…

No vuelvas sola a esa casa.

Mañana por la mañana iremos juntos.

—¿Para qué?

Hubo una breve pausa.

Después el abogado respondió con absoluta serenidad.

—Porque legalmente ya no eres la hija expulsada de esa casa.

Hizo otra pausa.

—Eres la propietaria de la mitad de todo lo que ellos creen controlar.

Y todavía hay algo que tu padre no sabe.

—¿Qué cosa?

—El notario nunca trabajó para él.

Siempre trabajó para tu madre.

Y lleva once años esperando el día en que pudiera entregarte personalmente el verdadero testamento.

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