PARTE 2: LA MENTIRA DURÓ CINCO AÑOS

Sebastián dejó de respirar por un instante.

Su mirada pasó de mis hijos a mi rostro, y después volvió a los tres pequeños.

Mateo.

Emiliano.

Nicolás.

Los tres lo observaban con la misma curiosidad con la que un niño mira a un desconocido.

Porque eso era para ellos.

Un desconocido.

—No…

Su voz apenas salió.

—Esto no puede ser.

Me agaché para acomodar la mochila de Nicolás sobre sus hombros.

—Niños, suban al coche un momento.

—¿Todo bien, mamá? —preguntó Mateo.

Sonreí con tranquilidad.

—Sí, corazón.

Los tres obedecieron.

El chofer cerró la puerta del Bentley mientras Renata seguía inmóvil, incapaz de entender lo que estaba ocurriendo.

Sebastián dio un paso hacia mí.

—¿Cinco años?

Asentí.

—Cinco.

—¿Y jamás intentaste buscarme?

No respondí.

Abrí mi bolso.

Saqué una carpeta azul que llevaba conmigo desde hacía años.

Nunca pensé que volvería a abrirla.

Se la entregué.

—Lee.

Sus manos temblaban.

Dentro había copias de ocho correos electrónicos enviados a su dirección personal.

Los ocho aparecían con confirmación de entrega.

Después encontró fotografías.

Yo esperando durante horas en la recepción de Grupo Luján.

Con el ultrasonido entre las manos.

Con siete meses de embarazo.

Con nueve meses.

Luego aparecieron las cartas certificadas.

Cada una con sello de recibido.

Firmadas por la misma persona.

Mariana Torres.

Sebastián sintió que el estómago se le cerraba.

—Ella era mi asistente ejecutiva…

—Lo sé.

Pasó la siguiente hoja.

Había un registro de llamadas.

Ocho llamadas a su teléfono personal.

Doce a su oficina.

Tres a su residencia.

Todas durante mi embarazo.

Todas sin respuesta.

—Yo nunca vi esto…

—Precisamente.

Levantó lentamente la vista.

—¿Qué hizo Mariana?

Respiré hondo.

—Cada vez que intentaba hablar contigo, ella decía que estabas ocupado.

Cuando enviaba correos, los archivaba antes de que llegaran a tu bandeja.

Cuando iba a la empresa, avisaba a seguridad que yo era una exempleada conflictiva.

Cuando mandé las cartas…

Señalé la firma.

—Ella las recibió personalmente.

Sebastián comenzó a leer las fechas.

Una coincidía exactamente con un viaje suyo a Nueva York.

Otra con una conferencia en Madrid.

Otra con el inicio del proceso de divorcio.

Todo empezaba a tener sentido.

—No…

Susurró.

—Ella me dijo que tú habías rehecho tu vida.

Que no querías volver a saber de mí.

Que incluso…

Su voz se quebró.

—…te habías ido del país.

Negué lentamente.

—Mientras tú creías eso…

Yo estaba aprendiendo a cambiar tres pañales al mismo tiempo.

A dormir dos horas por noche.

A levantar una empresa desde el comedor de mi casa porque tenía tres bebés que alimentar.

El silencio se volvió insoportable.

Renata observaba a Sebastián con expresión completamente distinta a la del avión.

Ya no veía al empresario invencible.

Veía a un hombre que acababa de descubrir que alguien había manipulado su vida durante años.

—Sebastián…

Él no respondió.

Seguía leyendo.

Entonces llegó a la última hoja.

Era una copia de mi expediente médico.

Fecha del parto.

Hospital.

Y una nota escrita por el ginecólogo.

“La paciente informa que el padre de los menores desconoce el embarazo pese a múltiples intentos documentados de contacto.”

Sebastián cerró los ojos.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente derrotado.

—Yo…

No sabía.

—Lo sé.

—Si hubiera visto cualquiera de estas cartas…

—Lo sé.

—Si hubiera contestado una sola llamada…

—También lo sé.

Las palabras ya no servían para cambiar nada.

Cinco cumpleaños.

Cinco Navidades.

Cinco años de abrazos perdidos.

Cinco años que nadie podría devolver.

De pronto, Sebastián levantó la cabeza.

Había algo que no encajaba.

—Espera…

Miró nuevamente las fechas.

—Mariana dejó de trabajar conmigo hace cuatro años.

Frunció el ceño.

—Pero tú intentaste buscarme hace cinco.

Entonces…

Su expresión cambió por completo.

—Ella no pudo hacer esto sola.

Sentí un escalofrío.

Era exactamente la pregunta que yo llevaba años haciéndome.

Porque Mariana era solo una asistente.

No tenía autoridad para bloquear todas las llamadas, alterar mi correspondencia, dar instrucciones a seguridad y mentirle a toda la junta directiva.

Alguien mucho más poderoso la había protegido.

En ese momento sonó el teléfono de Sebastián.

Miró la pantalla.

El nombre que apareció hizo que toda la sangre abandonara su rostro.

“Papá”.

Contestó en altavoz sin pensarlo.

Y lo primero que escuchamos fue la voz de su padre diciendo, completamente ajeno a que yo estaba allí:

¿Ya viste a Valeria? Espero que no haya vuelto a inventar lo del embarazo como hace años. Menos mal que Mariana hizo exactamente lo que le pedimos… o esa mujer habría destruido el futuro de la familia.

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