PARTE 2: LA FIRMA ACTIVÓ LA TRAMPA

El sonido de la pluma al rozar el papel fue lo único que se escuchó durante unos segundos.

Nadie habló.

Mi padre observaba mi firma con una sonrisa de satisfacción.

Verónica acariciaba las hojas como si ya pudiera sentir las llaves de la casa de Chapala entre las manos.

Renata no dejó de grabar ni un instante.

—¿Ven? —rió—. Al final todos terminan obedeciendo.

Levanté lentamente la vista.

Tenía el brazo derecho inmóvil por el dolor y la respiración entrecortada, pero por dentro estaba sorprendentemente tranquila.

Porque acababa de ocurrir exactamente lo que Sofía había previsto.

Mi padre arrancó los documentos de la mesa.

—Ahora sí.

Ya no tienes nada.

Los dobló con cuidado y los guardó dentro de un portafolio negro.

Después volvió a mirarme.

—Llama a una ambulancia, Verónica.

Pero primero limpia un poco este desastre.

No quiero que parezca que aquí hubo problemas.

Mi madrastra tomó una toalla para intentar borrar las gotas de sangre que habían caído sobre el mármol.

—Qué dramática eres, Mariana.

Todo esto se habría evitado si hubieras firmado desde el principio.

Mi teléfono vibró otra vez dentro del bolsillo.

No podía sacarlo.

Pero conocía perfectamente aquella secuencia.

Una vibración larga.

Dos cortas.

Quedaban menos de tres minutos para que la alerta automática se ejecutara.

Respiré hondo.

Necesitaba que siguieran hablando.

—¿Y si cambio de opinión? —pregunté.

Los tres soltaron una carcajada.

—¿Cambiar de opinión?

Mi padre levantó nuevamente el bate.

—Ya firmaste.

Legalmente todo es nuestro.

Negué despacio.

—No exactamente.

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sonreí por primera vez desde que había empezado aquella pesadilla.

Una sonrisa pequeña.

Casi imperceptible.

—Mi abuela nunca dejaba nada al azar.

Verónica cruzó los brazos.

—Déjate de cuentos.

El testamento ya no importa.

Acabas de renunciar a todo.

—¿Estás segura?

Su sonrisa empezó a desaparecer.

—¿Qué estás insinuando?

Antes de que pudiera responder, el celular de Renata emitió una notificación.

Ella la ignoró.

Seguía enfocándome con la cámara.

—Cuando suba este video —dijo riéndose—, todos van a creer que aceptaste voluntariamente.

Sentí una mezcla de tristeza y alivio.

No tenían idea del error que acababan de cometer.

Mi padre dio media vuelta.

—Vámonos.

Tenemos que llevar estos documentos con el notario antes de que esta niña invente otra locura.

Entonces ocurrió.

Desde la calle llegó el sonido inconfundible de varias patrullas.

Una.

Dos.

Tres.

Después el chirrido de los frenos.

Todos quedaron inmóviles.

Verónica fue la primera en acercarse a la ventana.

Palideció al instante.

—Héctor…

Hay policías.

Mi padre soltó una risa nerviosa.

—Seguro buscan otra casa.

Pero enseguida sonó el timbre.

Una vez.

Dos veces.

Y luego tres golpes secos sobre la puerta.

—¡Fiscalía del Estado de Jalisco!

¡Abran la puerta!

El silencio cayó sobre la sala.

Renata bajó lentamente el teléfono.

—Papá…

¿Qué está pasando?

Mi padre me miró.

Por primera vez desde que había levantado el bate, vi miedo en sus ojos.

Yo respiré despacio.

—Creo…

Que mi abuela olvidó mencionarles un pequeño detalle.

Verónica retrocedió.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Solo dejé pasar quince minutos.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez con más fuerza.

—¡Tenemos una orden para ingresar!

Mi padre corrió hacia el portafolio.

Intentó sacar los documentos.

Pero ya era demasiado tarde.

La puerta principal se abrió de golpe.

Entraron agentes de la Fiscalía seguidos por dos peritos y una mujer de traje azul marino.

En cuanto la vi, sentí que las piernas dejaban de temblarme.

Era Sofía Cárdenas.

La abogada de mi abuela.

Sofía caminó directamente hacia mí.

Vio mi brazo deformado.

La sangre sobre el piso.

Y después observó el bate que aún sostenía mi padre.

Su expresión cambió por completo.

—Licenciado Héctor Salgado —dijo con una calma escalofriante—.

Queda usted detenido como principal sospechoso por lesiones, amenazas, coacción para obtener la cesión de bienes y presunta violencia familiar.

Mi padre dio un paso atrás.

—¡No pueden probar nada!

Sofía señaló el pequeño broche negro prendido en mi blusa.

—En realidad…

Acaban de regalarnos la prueba más completa de toda la investigación.

Renata dejó escapar un jadeo.

Solo entonces comprendió que el objeto que había confundido con un simple adorno llevaba más de quince minutos transmitiendo en directo cada golpe, cada amenaza… y también la confesión de un plan mucho más grave que la Fiscalía llevaba meses intentando demostrar.

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