El proyector iluminó la sala.
Nadie habló.
El secretario del juzgado conectó la memoria USB mientras el juez observaba los documentos con expresión impasible.
Leonardo seguía sentado con los brazos cruzados.
Intentaba conservar la sonrisa.
Pero sus dedos golpeaban el descansabrazos una y otra vez.
Mariana lo notó.
Después de doce años de matrimonio conocía cada uno de sus gestos.
Ese movimiento significaba una sola cosa.
Miedo.
—Proceda, licenciado —ordenó el juez.
Héctor Salgado abrió la primera carpeta digital.
En la pantalla apareció una tabla con decenas de transferencias bancarias.
Todas salían de Grupo Armenta Desarrollos.
Todas terminaban en la misma empresa.
Horizonte Azul Logística, S.A. de C.V.
—Su señoría —comenzó el abogado—, durante cuatro meses realizamos una auditoría financiera privada sobre los movimientos contables presentados por la parte demandada.
Señaló la pantalla.
—La empresa que el señor Armenta declaró prácticamente en quiebra transfirió más de treinta y ocho millones de pesos a esta sociedad durante los últimos dieciocho meses.
Un murmullo recorrió la sala.
El abogado de Leonardo se levantó de inmediato.
—Objeción.
—¿Fundamento?
—Son conclusiones sin valor probatorio.
Héctor sonrió con tranquilidad.
—Por eso acompañamos los estados bancarios certificados, las pólizas contables y las constancias notariales que acreditan cada operación.
Colocó tres carpetas gruesas sobre la mesa.
El juez comenzó a revisarlas lentamente.
Leonardo tragó saliva.
Renata dejó de mirar el celular.
Por primera vez entendió que aquello no era una simple pelea por dinero.
Mariana observaba todo en silencio.
Había esperado demasiado para ese momento.
Recordó las noches en que Leonardo decía que tenía reuniones con inversionistas.
Las llamadas que contestaba en el jardín.
Los viajes repentinos a Panamá.
Las facturas que desaparecían del despacho.
Durante años creyó que eran asuntos normales de una empresa grande.
Hasta que un contador, despedido injustamente, llamó una noche a su puerta.
—Señora…
Le había dicho con voz temblorosa.
—No puedo seguir cargando esto en mi conciencia.
Aquella llamada cambió su vida.
El contador le entregó copias de documentos.
Correos electrónicos.
Transferencias.
Contratos.
Y una frase que jamás olvidaría.
—Su esposo está vaciando la empresa antes del divorcio.
El juez levantó la vista.
—Licenciado Salgado.
¿Puede explicar qué relación existe entre Grupo Armenta y Horizonte Azul?
—Con mucho gusto.
Hizo clic sobre otro archivo.
Apareció el acta constitutiva de Horizonte Azul.
El accionista principal figuraba como un hombre llamado Javier Molina.
Renata frunció el ceño.
Ese apellido le resultaba demasiado familiar.
El abogado continuó.
—El señor Javier Molina es hermano de la señorita Renata Molina.
Toda la sala giró automáticamente hacia ella.
Renata abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Miró a Leonardo.
—¿Mi hermano?
Él evitó responder.
—Eso no prueba nada —intervino su abogado.
—Todavía no.
Héctor abrió una nueva carpeta.
—Ahora veremos quién autorizó realmente esas transferencias.
En la pantalla apareció una serie de correos electrónicos.
Todos enviados desde la cuenta corporativa de Leonardo.
El último llevaba una instrucción muy clara.
“Muevan el dinero antes de que Mariana presente la demanda. Cuando el divorcio termine, recuperaremos todo.”
La fecha correspondía exactamente a una semana antes de que Mariana solicitara oficialmente la separación.
El silencio se volvió insoportable.
Renata sintió que el rostro le ardía.
—Leonardo…
Su voz apenas era un susurro.
—¿Qué significa eso?
Él respiró hondo.
—No entiendes cómo funcionan los negocios.
—Lo que no entiendo…
Ella se puso de pie.
—…es por qué aparece el nombre de mi hermano en una empresa de la que nunca me habló.
Leonardo no respondió.
El juez cerró lentamente una de las carpetas.
—Señor Armenta.
¿Desea explicar estas operaciones antes de que este tribunal ordene una investigación pericial?
Por primera vez desde que comenzó la audiencia, Leonardo perdió completamente la seguridad.
Buscó con la mirada a su abogado.
Después a Renata.
Finalmente miró a Mariana.
Ella seguía igual que al entrar.
Serena.
Con una mano sobre su vientre.
Esperando.
Porque sabía que aquella no era la prueba más peligrosa.

Todavía quedaba un documento que nadie había visto.
Un contrato firmado apenas veinte días antes.
El mismo documento que demostraba que Leonardo no solo había ocultado millones durante el divorcio.
También había intentado vender, en secreto, el terreno donde pensaba construir el patrimonio de su hijo… usando una firma que Mariana jamás había estampado.