PARTE 2: LA CARPETA QUE NADIE QUISO VER

Alejandro respiró hondo.

Intentó recuperar esa sonrisa impecable que usaba en juntas de consejo y entrevistas, la misma con la que convencía a cualquiera de que siempre tenía la razón.

—¿Ya terminaste con el numerito?

Di un sorbo al agua.

—Todavía no hemos llegado a la parte interesante.

Él soltó una risa breve.

—Perfecto. Entonces explícales a todos por qué tu “asistente” necesita cargar una carpeta a una cena familiar.

Todas las miradas se dirigieron hacia Diego.

Hasta ese momento nadie había prestado atención al portafolios negro que llevaba bajo el brazo.

Diego permaneció sereno.

—La señora Valeria me pidió traerlo.

Alejandro cruzó los brazos.

—¿Y qué hay ahí? ¿Otro espectáculo?

Negué lentamente.

—No.

Miré a mi tía Marcela.

—¿Podrías prestarme cinco minutos antes del brindis?

Ella sonrió.

—Después de cuarenta años de matrimonio, cinco minutos más no van a arruinar la fiesta.

Al contrario…

Creo que todos queremos escuchar.

Varias personas rieron con nerviosismo.

…

Tomé la carpeta.

No la abrí de inmediato.

Primero miré a Fabiola.

Seguía aferrada al brazo de Alejandro.

Ya no parecía tan segura.

—Fabiola…

Ella levantó la vista.

—Sí, señora.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando con mi esposo?

—Casi… dos años.

—¿Y en esos dos años nunca te pareció extraño acompañarlo a cenas familiares, aniversarios, inauguraciones y hasta una misa de cumpleaños?

Ella dudó.

Alejandro respondió por ella.

—Eso no es asunto tuyo.

—Claro que sí.

Lo miré fijamente.

—Porque durante esos mismos dos años me repetiste exactamente la misma frase.

Respiré despacio.

—”Es solo mi asistente.”

El silencio volvió a caer sobre el salón.

…

Abrí finalmente la carpeta.

No había fotografías.

No había mensajes impresos.

No había capturas de pantalla.

Solo recibos.

Muchos recibos.

Los acomodé sobre la mesa principal.

Uno.

Dos.

Cinco.

Diez.

Veinte.

Mi primo Esteban, que era contador, se inclinó instintivamente para verlos mejor.

—¿Qué es todo eso?

Le respondí sin apartar la vista de Alejandro.

—Gastos corporativos.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Y?

Saqué el primero.

—Hotel en Cancún.

Dos habitaciones.

Reservadas a nombre de la empresa.

Fecha: fin de semana largo.

Ese mismo fin de semana tú me dijiste que estarías encerrado en una convención en Monterrey.

Algunas personas comenzaron a intercambiar miradas.

Saqué otro.

—Spa para dos personas.

Pagado con la tarjeta corporativa.

Concepto: reunión con clientes.

Volví la hoja.

—El establecimiento solo admite parejas.

La sonrisa de Alejandro desapareció.

…

—Valeria, esto no demuestra nada.

—Tienes razón.

Saqué otro documento.

—Entonces veamos este.

Era un recibo de una joyería.

Pendientes de diamantes.

Importe: ciento ochenta y cuatro mil pesos.

Comprados con la tarjeta de representación de la empresa.

Giré lentamente la factura hacia Fabiola.

Ella reconoció el modelo antes que nadie.

Llevaba esos pendientes puestos esa misma noche.

Instintivamente levantó una mano para tocarlos.

Demasiado tarde.

Todos la habían visto.

Un murmullo recorrió el salón.

…

Alejandro dio un paso hacia mí.

—¿Revisaste mis cuentas?

—No.

Sonreí con calma.

—Revisé las cuentas de la empresa.

Él abrió mucho los ojos.

—¿Cómo…?

Mi tía Marcela levantó una ceja.

—Es verdad.

Miró al resto de la familia.

—Creo que varios aquí olvidaron que Valeria fue nombrada hace seis meses auditora externa del grupo familiar.

La información cayó como una piedra en el agua.

Muchos no lo sabían.

Ni siquiera Alejandro parecía haber prestado atención cuando se aprobó aquel nombramiento.

Porque siempre creyó que yo solo firmaba papeles.

…

Diego habló por primera vez desde hacía varios minutos.

Con la misma educación de siempre.

—Señor Ríos.

Alejandro lo fulminó con la mirada.

—¿Qué?

Diego extendió otra carpeta, mucho más gruesa.

—Estos son únicamente los comprobantes correspondientes a gastos de representación.

La documentación completa ocupa seis archivadores.

El color abandonó el rostro de Alejandro.

—¿Seis…?

—Sí, señor.

Hizo una breve pausa.

—Y todavía falta revisar los viáticos internacionales.

Por primera vez desde que había llegado al salón, Alejandro dejó de mirar a Diego como a un simple asistente.

Porque comprendió que aquel joven no estaba allí para darle celos.

Había venido para ordenar pruebas.

Y la carpeta que sostenía bajo el brazo era apenas la primera de muchas.

Related Posts

PARTE 2: Mientras Julian celebraba su boda, yo eliminé cada rastro que podía llevarlo hasta nuestros hijos

No regresé al apartamento de Park Avenue. Tampoco llamé a Julian. Desde el taxi contacté primero con mi abogada, Rachel Moore. —Quiero irme de Nueva York. —¿Por…

PARTE 2: Briggs descubrió demasiado tarde que quinientas cámaras también habían grabado su patada ilegal

Avery no hizo lo que Briggs esperaba. No contraatacó con rabia. No intentó lesionarlo. Simplemente soltó su pierna y retrocedió. —Árbitro. La palabra fue suficiente. El silbato…

PARTE 2: La mujer de la carretera regresó y mi antiguo jefe comprendió a quién había echado por ayudarla

Permanecí dentro del coche casi diez minutos. Tenía que llamar a mi esposa. Tenía dos hijas. Una hipoteca. Facturas. Y acababa de perder mi sueldo por detenerme…

PARTE 2: La llave oxidada abrió el secreto que mi padre llevaba treinta años protegiendo

—¿Qué están buscando? Papá miró hacia la casa antes de responder. —Documentos. —¿Qué documentos? —Ven conmigo. Caminamos hasta su antiguo taller. Derek lo había convertido en almacén….

PARTE 2: Vanessa descubrió que Leo llevaba años perfeccionando el mismo truco que ella usaba con los novios ajenos

Después de aquella cena pensé que Vanessa entendería el mensaje. Me equivoqué. A la mañana siguiente apareció frente a mi escritorio con una venda alrededor del tobillo….

PARTE 2: Adrian descubrió que perder la patente era solo el primero de los problemas que Olivia había ocultado

No había recorrido ni veinte metros cuando Adrian apareció frente a mi coche. Golpeó la ventanilla. —¡Isabella! Bajé el cristal apenas unos centímetros. —Apártate. —¿Vendiste la patente?…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *