PARTE 2: LA MAÑANA EN QUE NADIE SUPO NI PREPARAR CAFÉ

A las seis y cuarto de la mañana, el despertador de Daniel comenzó a sonar.

Lo apagó sin abrir los ojos.

—¿Lucía? ¿Ya hiciste café?

Silencio.

Frunció el ceño.

—Amor…

Nada.

Pensó que estaría en el baño.

Se levantó arrastrando los pies hasta la cocina.

La cafetera estaba vacía.

No había desayuno.

Ni lonche preparado.

Ni la camisa azul planchada que siempre encontraba doblada sobre la silla.

Solo había un pequeño objeto plateado sobre la barra.

Su alianza.

Daniel la tomó entre los dedos.

Por primera vez sintió un nudo en el estómago.

—¿Lucía?

Recorrió toda la casa.

Dormitorio.

Patio.

Lavandería.

Estudio.

Nada.

Abrió el clóset.

Faltaba una maleta.

Entonces vio que también habían desaparecido el pasaporte, la computadora portátil y la carpeta donde Lucía guardaba todos sus contratos de trabajo.

El teléfono comenzó a marcar automáticamente.

Lucía ❤️

Llamando…

Llamando…

Buzón de voz.

Intentó otra vez.

Lo mismo.

Mientras tanto, en la casa de doña Carmen, ya estaban sentados alrededor de la mesa desayunando.

—¿Y la nuera? —preguntó la tía Rosa.

Daniel dejó el anillo sobre el mantel.

—Se fue.

Doña Carmen soltó una risa.

—No exageres.

Seguro amaneció enojada.

Ya volverá cuando se le pase.

Daniel no respondió.

En ese momento sonó el teléfono de Paola.

—¿Bueno?

Su expresión cambió.

—¿Cómo que cancelado?

Todos la miraron.

—¿Qué pasó?

Paola tragó saliva.

—Cancelaron el diseño del catálogo para mi tienda.

El cliente dice que solo trabajaba porque Lucía hacía toda la identidad visual.

Doña Carmen hizo un gesto de desinterés.

—Que busquen otra muchacha.

Cinco minutos después sonó el teléfono de Genaro.

Luego el de Karla.

Después el de Daniel.

Uno tras otro.

Sin parar.

Daniel contestó.

—¿Sí?

Era el administrador del edificio donde tenía su oficina.

—Señor Mejía.

Tenemos un problema.

No podemos acceder al servidor.

—¿Qué servidor?

—Todo el sistema de la empresa.

Las bases de datos.

Facturación.

Respaldos.

Página web.

Todo está bloqueado.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Qué ocurrió?

—La ingeniera que lo configuró retiró los permisos.

Él cerró los ojos.

Lucía.

Durante años, mientras todos la llamaban “la diseñadora que hacía dibujitos”, ella había construido también toda la infraestructura digital del negocio familiar.

Sitio web.

Sistema de pedidos.

Respaldo de clientes.

Facturación electrónica.

Automatizaciones.

Contraseñas.

Nadie más sabía cómo funcionaban.

Porque nadie se había molestado en preguntar.

Siempre asumieron que aquello simplemente aparecía.

Como el café.

Como la comida.

Como las mesas puestas.

Como la ropa limpia.

Como Lucía.

Daniel tomó las llaves del coche.

—Voy a buscarla.

Doña Carmen hizo un gesto de fastidio.

—Déjala.

Antes del mediodía estará de regreso.

No sabe vivir sola.

Él no respondió.

Condujo directamente hasta el pequeño estudio donde Lucía trabajaba.

Vacío.

Después fue a la cafetería donde solía reunirse con clientes.

Nadie la había visto.

A la una de la tarde regresó derrotado.

Encontró a toda su familia reunida en la cocina.

Había platos sucios por todas partes.

Nadie había preparado comida.

Doña Carmen abrió el refrigerador.

Solo había ingredientes.

Nada listo.

—¿Qué vamos a comer?

Nadie contestó.

Entonces Daniel recibió un correo electrónico.

Asunto: Terminación de servicios profesionales.

Lo abrió con manos temblorosas.

A partir de las 2:00 a. m. quedó rescindido mi contrato como consultora externa de Mejía Construcciones y de todos los negocios administrados por miembros de la familia.

Los accesos digitales fueron transferidos conforme al protocolo firmado por ustedes.

Encontrarán adjunto el inventario de las tareas que realizaba diariamente.

Les deseo éxito.

Debajo aparecía un archivo.

“Actividades realizadas por Lucía – Resumen mensual.pdf”

Daniel lo abrió.

La primera página parecía interminable.

Administración financiera.

Diseño gráfico.

Marketing.

Redes sociales.

Facturación.

Relación con proveedores.

Declaraciones fiscales.

Renovación de licencias.

Mantenimiento del sitio web.

Agenda de clientes.

Compras familiares.

Organización de reuniones.

Comidas mensuales.

Medicamentos de doña Carmen.

Citas médicas.

Pagos de servicios.

Cumpleaños.

Regalos.

Reservaciones.

Más de ciento cuarenta tareas distintas.

El silencio se volvió insoportable.

La tía Rosa fue la primera en hablar.

—¿Lucía hacía… todo eso?

Daniel pasó lentamente a la última página.

Había una sola línea escrita debajo del listado.

“Como dijeron ayer frente a 26 personas: si desaparecía, nadie me iba a extrañar. Hoy tendrán la oportunidad de comprobar si era verdad.”

Nadie volvió a tocar su comida.

Porque, por primera vez, toda la familia entendió que la persona de la que se habían burlado durante años…

…era la única que había mantenido unida aquella casa.

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