PARTE 2: EL VIDEO QUE ALGUIEN QUISO BORRAR

El cirujano salió de la habitación dejándome solo con Lily.

El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante.

Cada pitido me recordaba que seguía viva.

Y que alguien había intentado cambiar eso.

Tomé su mano con cuidado.

Estaba fría.

Mucho más pequeña de lo que recordaba.

Durante años había sido yo quien la levantaba cuando se caía de la bicicleta.

Quien le enseñó a lanzar una pelota.

Quien le decía que el mundo estaba lleno de gente buena.

Aquella noche sentí que quizá le había mentido.

Unos golpes suaves sonaron en la puerta.

Entró una oficial de policía.

—¿Señor Mercer?

Asentí.

Se presentó como la detective Amanda Brooks.

Traía una carpeta bajo el brazo y el rostro cansado de alguien que llevaba demasiadas horas despierta.

—Antes que nada, lamento mucho lo ocurrido.

No respondí.

Solo hice una pregunta.

—¿Encontraron al responsable?

Ella respiró hondo.

—Aún no.

La palabra “aún” no me tranquilizó.

—¿Qué tienen?

Abrió la carpeta.

—Su hija fue encontrada a las diez cuarenta y ocho de la noche detrás del edificio de Ciencias Naturales.

Me mostró un plano del campus.

—La llamada al 911 la hizo un estudiante que pasaba por allí.

—¿Vio el ataque?

—No.

—¿Escuchó algo?

Negó con la cabeza.

—Cuando llegó, ella ya estaba inconsciente.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Y las cámaras?

La detective dudó apenas un segundo.

—Ahí está el problema.

La miré fijamente.

—¿Qué problema?

Sacó una fotografía.

Era un poste con una cámara de seguridad instalada.

—Esta cámara cubría exactamente ese sendero.

—Entonces grabó todo.

Amanda cerró lentamente la carpeta.

—No.

—¿Por qué?

—Porque dejó de funcionar a las nueve cincuenta y tres.

Sentí un escalofrío.

—¿Una avería?

Ella negó despacio.

—Alguien cortó la alimentación eléctrica de esa cámara cuarenta y cinco minutos antes del ataque.

El silencio llenó la habitación.

Eso no era improvisación.

Era planificación.

—¿Y las demás cámaras?

Amanda sacó otra hoja.

—Las entradas principales muestran a Lily caminando sola hacia la biblioteca a las nueve treinta y siete.

Pasó otra página.

—Después desaparece del sistema.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Sesenta y nueve minutos.

Sesenta y nueve minutos sin una sola imagen.

Sin un solo testigo.

Sin una explicación.

La detective continuó.

—A las diez cuarenta y seis vuelve a aparecer…

Mi respiración se detuvo.

—¿En qué estado?

Amanda bajó la voz.

—La lleva alguien.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa “la lleva”?

Sacó una impresión borrosa de una cámara lejana.

La imagen era de mala calidad.

Pero suficiente para distinguir dos figuras.

Una caminaba.

La otra colgaba inconsciente sobre su hombro.

—¿Ese es el agresor?

—No lo sabemos.

Ampliamos la imagen todo lo posible.

El rostro era irreconocible.

Llevaba gorra.

Sudadera.

Mascarilla.

Guantes.

Nada visible.

Como si hubiera planeado cada detalle.

—¿Y luego?

Amanda respiró profundamente.

—La dejó junto al edificio de Ciencias.

Después salió caminando del campus.

No corrió.

No mostró nerviosismo.

Simplemente… desapareció.

Miré otra vez la fotografía.

Algo llamó mi atención.

—Espere.

Señalé la muñeca izquierda de la persona.

—Amplíe aquí.

Ella observó la imagen.

—Ya lo intentamos.

No se distingue bien.

Negué lentamente.

—No estoy mirando la mano.

Señalé un pequeño brillo metálico.

—Estoy mirando eso.

Amanda acercó la fotografía.

Los píxeles comenzaron a deformarse.

Pero el brillo seguía allí.

Era pequeño.

Circular.

Como un objeto colgado del cinturón.

La detective frunció el ceño.

—Podría ser cualquier cosa.

Seguí observando.

Mi entrenamiento militar me había enseñado a fijarme en detalles que otros pasaban por alto.

Entonces lo vi.

—No.

Respiré lentamente.

—No es cualquier cosa.

Amanda levantó la vista.

—¿Qué cree que es?

Señalé la forma metálica.

—Es un mosquetón táctico.

Los usan militares.

Bomberos.

Y algunos equipos de seguridad privada.

Ella permaneció en silencio.

—¿Está seguro?

Asentí.

—Tuve exactamente ese modelo durante dos despliegues.

No era una prueba.

Pero era la primera pista real que teníamos.

Amanda guardó lentamente la fotografía.

—Hay algo más.

Su expresión cambió.

—Hace una hora recibimos una llamada anónima.

Sentí que el estómago se tensaba.

—¿Qué decía?

La detective sostuvo mi mirada.

—Que si seguíamos investigando… habría otra cama ocupada en este mismo hospital.

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