PARTE 2: LO QUE HABÍA DENTRO DE LA UNIDAD 17

El pitido se hizo más rápido.

Un sonido corto.

Metálico.

Constante.

La agente del FBI giró inmediatamente la cabeza hacia la puerta del almacén.

—¿Cuánto tiempo lleva sonando? —pregunté.

Ella frunció el ceño.

—No debería sonar.

Mi teléfono seguía vibrando.

Mamá llamando.

Por cuarta vez en menos de diez minutos.

La agente habló sin apartar la vista de la Unidad 17.

—Apáguelo.

No pregunté por qué.

Simplemente mantuve presionado el botón lateral hasta que la pantalla quedó completamente negra.

Ella pareció relajarse apenas un poco.

—Bien.

Sacó una tarjeta magnética de su bolsillo.

Luego señaló la pequeña llave de latón que aún sostenía entre mis dedos.

—Su padre insistió en que solo usted abriera esa puerta.

—¿Quién era él realmente?

La pregunta salió sola.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Eso depende de cuándo empezó a conocerlo.

No entendí.

La agente deslizó la tarjeta por el lector.

Una luz roja cambió a verde.

—Ahora use la llave.

Mis manos temblaban.

Introduje la pequeña llave de latón.

Giró con un clic sorprendentemente suave.

La puerta metálica comenzó a elevarse lentamente.

El pitido se volvió más fuerte.

Esperaba encontrar cajas.

Documentos.

Dinero.

Cualquier cosa.

Pero no aquello.

En el centro del almacén había una mesa plegable.

Sobre ella descansaba una computadora portátil encendida.

Una impresora.

Tres discos duros.

Y una pequeña caja negra del tamaño de un libro.

Era la caja la que emitía el pitido.

A un lado había una cámara de video apuntando directamente hacia la entrada.

Como si alguien hubiera preparado todo para nuestra llegada.

La agente avanzó despacio.

No tocó nada.

—No cruce esa línea.

Miré el suelo.

Había una cinta amarilla marcando un rectángulo alrededor de la mesa.

—¿Qué es esto?

Ella respiró hondo.

—Su padre nos pidió que esperáramos hasta que usted estuviera presente.

La computadora se iluminó sola.

Una ventana apareció en la pantalla.

REPRODUCIR MENSAJE PARA JULIAN MERCER

Debajo había un único botón.

▶ INICIAR

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Él dejó esto?

La agente asintió.

—Hace seis meses.

Mi respiración se detuvo.

—¿Hace seis meses?

—Sabía que este día llegaría.

El pitido cesó de repente.

La habitación quedó completamente en silencio.

La agente dio un paso atrás.

—Es su decisión.

Miré el botón durante unos segundos.

Después hice clic.

La pantalla quedó negra.

Un instante más tarde apareció el rostro de mi padre.

Vestía la misma camisa azul que había usado cientos de veces para trabajar en su estudio.

Sonreía.

No como un hombre enfermo.

Como un hombre que había tomado una decisión muy difícil.

—Hola, hijo.

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

Porque aquel no era un video grabado en un hospital.

Ni una despedida improvisada.

Parecía una conversación cuidadosamente preparada.

Mi padre continuó.

—Si estás viendo esto…

Sonrió con tristeza.

—Significa que el plan funcionó.

Miré instintivamente a la agente.

Ella permanecía completamente inmóvil.

—Lo primero que necesito decirte es algo muy sencillo.

Mi padre hizo una pausa.

—No morí de un infarto.

El aire desapareció de mis pulmones.

—Si asististe a un funeral…

Bajó la mirada un instante.

—Entonces enterraron un ataúd vacío.

Exactamente como dijo el sepulturero.

Mi padre volvió a mirar a la cámara.

—Y si tu madre te pidió que regresaras inmediatamente a casa…

Su expresión cambió por completo.

—No vayas.

Pase lo que pase…

No entres en esa casa.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Porque si estás viendo este mensaje…

Respiró profundamente.

—Eso significa que ya no sé en quién puede confiarse… excepto en ti.

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