Parte 2:La Custodia Que Intentaron Robarle

Laura dejó la carpeta sobre la mesa.

Durante varios segundos no habló.

Solo observó a Nicolás dormir en la cuna transparente junto a la ventana de la suite médica.

Tan pequeño.

Tan indefenso.

Tan ajeno a la guerra que acababa de comenzar.

Pero ella ya no tenía el lujo de sentirse herida.

Ahora tenía que protegerlo.


—Muéstreme todo —dijo finalmente.

Arturo abrió otro expediente.

Era más grueso que el anterior.

Mucho más.

—Hace seis semanas, Santiago contrató discretamente a un despacho especializado en litigios familiares.

Laura sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Para qué?

El abogado la miró directamente.

—Para preparar una estrategia de custodia.

El silencio se volvió pesado.

—¿Antes de que naciera Nicolás?

—Sí.

La respuesta cayó como una piedra.

Porque aquello significaba algo mucho peor que una traición impulsiva.

Significaba planificación.

Meses de planificación.


Arturo pasó varias hojas.

Correos electrónicos.

Minutas.

Pagos.

Consultorías.

Evaluaciones.

Todo documentado.

—Aquí hay comunicaciones entre el despacho jurídico, un psiquiatra privado y la señora Regina.

Laura apretó la mandíbula.

—¿Mi suegra?

—Su suegra.

Siguió leyendo.

Y cada página era peor que la anterior.

“Posible depresión posparto.”

“Dependencia emocional.”

“Inestabilidad psicológica.”

“Conductas obsesivas.”

Todo escrito antes del nacimiento.

Antes de cualquier evaluación real.

Antes incluso de que Nicolás llegara al mundo.

Ya tenían preparado el diagnóstico.

La sentencia.

La historia.


Laura cerró los ojos.

Y recordó algo.

Una conversación aparentemente insignificante.

Dos meses atrás.

Regina observando su vientre durante una cena.

Sonriendo.

Como quien ya conoce un secreto.

—Después del parto necesitarás descansar mucho.

Laura había sonreído.

—Supongo.

—Sí.

Las madres primerizas suelen confundirse.

A veces ni siquiera saben qué es mejor para sus hijos.

En aquel momento no entendió.

Ahora sí.

Cada palabra había sido una prueba.

Un ensayo.

Una amenaza disfrazada de consejo.


—Hay más —dijo Arturo.

Laura abrió los ojos.

—¿Más?

El abogado deslizó una fotografía.

Era Camila.

Entrando a una clínica privada.

Fecha.

Hora.

Registro.

Todo perfectamente documentado.

—¿Qué significa esto?

—Que Camila también estaba involucrada.

Laura sintió un escalofrío.

—¿Cómo?

—Tenemos declaraciones de una exempleada.

Al parecer, Camila ya había visitado varias veces la mansión para preparar una habitación infantil.

El corazón de Laura dejó de latir por un instante.

—¿Una habitación?

—Sí.

Una habitación para Nicolás.

No para un futuro bebé.

Para Nicolás.

Su hijo.

El bebé que todavía no había nacido.

El bebé que ya planeaban quitarle.


Por primera vez desde la nevada, Laura sintió auténtico miedo.

No por ella.

Por Nicolás.

Porque comprendió que jamás se trató únicamente de una aventura.

Ni de una amante.

Ni siquiera de dinero.

Era control.

Siempre había sido control.


Esa noche, mientras los canales de noticias seguían hablando del escándalo Salvatierra, algo cambió.

Los inversionistas empezaron a retirarse.

Los bancos solicitaron aclaraciones.

Los acreedores exigieron garantías.

Las acciones de las empresas vinculadas comenzaron a caer.

Y los teléfonos de Santiago dejaron de sonar.

Porque los amigos desaparecen cuando el dinero empieza a hundirse.


A las once de la noche llegó el primer visitante inesperado.

Un hombre de cabello blanco.

Traje impecable.

Mirada cansada.

Arturo se levantó inmediatamente.

—Señor.

Laura lo reconoció por fotografías antiguas.

Era Julián Salvatierra.

El hermano mayor del difunto padre de Santiago.

El verdadero patriarca de la familia.

Llevaba años viviendo fuera del país.

Años sin aparecer.

Años sin intervenir.

Hasta esa noche.

El anciano observó a Nicolás dormido.

Y después miró a Laura.

—Lo siento.

Ella no respondió.

No sabía qué decir.

Julián bajó la cabeza.

—Debí intervenir mucho antes.

La voz le tembló.

—Pero jamás imaginé que llegarían tan lejos.


Durante varios minutos nadie habló.

Luego el anciano sacó una carpeta.

Otra más.

Y la colocó frente a Arturo.

—Creo que esto también le pertenece a la señorita Montes.

Laura observó los documentos.

—¿Qué es?

Julián respiró profundamente.

—La prueba de que Regina lleva quince años saqueando parte del patrimonio familiar usando empresas fantasma.

La habitación quedó inmóvil.

Porque si aquello era cierto…

La caída de Santiago apenas era el principio.

Y Regina estaba a punto de descubrir que perder dinero era mucho más fácil que perder el poder.

Escribe “SÍ” y “Me gusta” para leer la Parte 3.

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