PARTE 2: EL ANILLO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

No por el anillo.

Ni siquiera por la palabra boda.

Sino porque Nathaniel no la corrigió.

Permaneció inmóvil, con la vista fija en los documentos sobre el escritorio, como si aquella conversación no tuviera nada que ver con él.

La mujer me sonrió con una amabilidad cuidadosamente fabricada.

—Soy Victoria Langford.

Extendió la mano.

—Prometida de Nathaniel.

La miré apenas un segundo.

Luego bajé la vista.

—Mucho gusto, señora.

No estreché su mano.

Tomé la carpeta que llevaba entre los brazos y la coloqué frente a Nathaniel.

—Aquí está el informe corregido.

Él abrió el documento sin mirarme.

—Déjelo.

—Sí, señor.

Di media vuelta.

Necesitaba salir de allí antes de que mi respiración me traicionara.

…

No llegué a la puerta.

—Nora.

La voz de Nathaniel me detuvo.

Me giré lentamente.

Él seguía leyendo.

—El café de esta mañana estaba demasiado dulce.

Asentí.

—Lo corregiré mañana.

—No mañana.

Ahora.

Victoria soltó una risa suave.

—Nathan, la pobre acaba de llegar.

Él levantó la vista por primera vez.

—¿Le pedí su opinión?

La sonrisa de Victoria vaciló apenas un instante.

—Solo intentaba ayudar.

—No necesito ayuda.

El silencio volvió a instalarse.

Comprendí entonces que su frialdad no era solo para mí.

Era para todos.

…

En la cocina, el mayordomo dejó escapar un suspiro.

—No se lo tome personal.

Preparé otro café sin responder.

Él apoyó una mano sobre la encimera.

—La señorita Langford lleva casi un año viniendo.

Nunca la ha llamado por su nombre.

Siempre dice “usted”.

Eso me sorprendió.

—¿Van a casarse?

El hombre dudó.

—Eso dice la señora Blackwood.

La madre de Nathaniel.

No el propio Nathaniel.

…

Aquella noche llevé la bandeja con la cena a la biblioteca.

La puerta estaba entreabierta.

Escuché voces.

No pretendía escuchar.

Pero una frase me dejó inmóvil.

Era Margaret Blackwood.

—Los inversionistas preguntan por la boda.

Nathaniel respondió con cansancio.

—No me interesa lo que piensen.

—Necesitas una esposa.

—Necesito paz.

—Victoria es perfecta.

Hubo un largo silencio.

Después escuché algo que hizo que mi corazón se detuviera.

—No busco una mujer perfecta.

La voz de Nathaniel sonó más baja.

—La única mujer con la que iba a casarme ya murió para mí hace tres años.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Me apoyé contra la pared para no caer.

…

Aquella noche no pude dormir.

Volví a mirar mi reflejo en el espejo del pequeño cuarto del personal.

Las cicatrices recorrían mi mejilla izquierda hasta el cuello.

Ya no me asustaban.

Pero seguían ocultando a Emily Carter.

La mujer que Nathaniel seguía llorando sin saberlo.

…

A la mañana siguiente ocurrió algo inesperado.

Nathaniel pidió salir al jardín.

Era la primera vez desde mi llegada.

Empujé lentamente la silla de ruedas por los senderos de piedra.

Ninguno habló durante varios minutos.

El viento movía los rosales que él mismo había plantado años atrás.

Entonces se detuvo frente al más antiguo.

—¿Le gustan las rosas blancas?

Preguntó de repente.

Tragué saliva.

—Sí.

—A mi prometida también le gustaban.

No respondió.

Solo siguió mirando las flores.

Después añadió, casi para sí mismo:

—Nunca pude arrancarlas.

Porque ella las plantó con sus propias manos.

Sentí un dolor tan intenso que tuve que apartar la mirada.

Esas rosas…

Las habíamos plantado juntos.

La tarde en que él me pidió matrimonio.

…

Cuando regresábamos a la casa, Nathaniel habló otra vez.

—Nora.

—¿Sí, señor?

—Hay algo extraño en usted.

Mi corazón empezó a golpear con fuerza.

—¿Extraño?

Él frunció ligeramente el ceño.

—No sé explicarlo.

Su forma de caminar.

Su manera de guardar silencio.

Incluso la forma en que acomoda los libros…

Me resulta demasiado familiar.

Respiré con cuidado.

—Debe ser una coincidencia.

Nathaniel no respondió.

Pero siguió observándome durante varios segundos.

Como si intentara recordar un sueño olvidado.

…

Esa misma tarde, mientras ordenaba el antiguo despacho de la señora Blackwood, encontré una caja de madera escondida detrás de unos archivadores.

No tenía llave.

Solo un lazo descolorido.

Dentro había fotografías.

Cartas.

Y un sobre con mi nombre.

Emily Carter.

Las manos comenzaron a temblarme.

Abrí el sobre lentamente.

La carta estaba escrita con la letra de Nathaniel.

Pero nunca había sido enviada.

La fecha era de dos días después del incendio.

Las primeras líneas hicieron que las lágrimas me nublaran la vista:

“Emily, sé que estás viva. No me importa tu rostro. No me importa nada de eso. Llevo cuarenta y ocho horas buscándote…”

Pasé la página.

Entonces descubrí que la carta terminaba de una forma completamente distinta a lo que esperaba.

En la última línea Nathaniel había escrito:

“Si alguien está leyendo esto antes que tú… significa que mi madre volvió a esconder la verdad.”

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