La camioneta salió del hospital sin llamar la atención.
Renata mantuvo una velocidad constante.
Ni demasiado rápido.
Ni demasiado lento.
Valeria iba en el asiento trasero, inclinada sobre las cuatro maletas especiales. No apartaba la vista de los pequeños monitores que registraban la respiración y el ritmo cardíaco de cada bebé.
Cada luz verde que seguía parpadeando era un alivio.
Todavía estaban con ella.
Todavía estaban vivos.
…
—¿Cómo vas? —preguntó Renata sin apartar la vista del camino.
Valeria apretó los dientes.
La herida de la cesárea parecía abrirse con cada bache.
—Aguanto.
—Podemos parar.
—No.
Mientras Alejandro crea que sigo en la habitación, tenemos ventaja.
…
En la suite presidencial del hospital, Alejandro descorchaba una botella de champaña.
Camila acababa de llegar.
—¿Ya firmó?
Él levantó la copa.
—Sin discutir.
—¿Y los bebés?
—Seguirán siendo Barragán.
Ella sonrió satisfecha.
—Entonces todo salió perfecto.
Alejandro nunca imaginó que, en ese mismo instante, las incubadoras donde creía que descansaban sus hijos ya estaban vacías.
…
Cuarenta minutos después, Valeria llegó a una clínica neonatal privada situada a las afueras de la ciudad.
No aparecía en anuncios.
Ni aceptaba pacientes sin referencia.
Un médico esperaba junto a la entrada.
—¿Son los cuatro?
Renata asintió.
El equipo comenzó a trasladarlos cuidadosamente.
Solo cuando el último bebé quedó conectado a los nuevos equipos médicos, Valeria permitió que las lágrimas cayeran por primera vez.
No lloraba por el divorcio.
Lloraba porque, al fin, sus hijos estaban lejos de quien jamás los había visto como personas.
…
—Ahora enséñamelo.
Renata abrió lentamente el bolso negro que Valeria había protegido durante todo el trayecto.
Dentro no había dinero.
Ni joyas.
Solo una memoria USB, un disco duro portátil y una carpeta sellada.
La amiga la miró confundida.
—¿Esto era lo más importante?
Valeria asintió.
—Mucho más que los setenta millones.
…
Abrió la carpeta.
En la primera página aparecía una lista de transferencias bancarias.
Después venían contratos.
Correos electrónicos impresos.
Y fotografías.
Decenas de fotografías.
Todas tenían el mismo protagonista.
Alejandro Barragán.
Pero no era una historia de infidelidad.
Era algo mucho más grave.
Durante los últimos tres años, mientras todos creían que Valeria solo organizaba eventos benéficos y acompañaba a su esposo, ella había descubierto irregularidades en las empresas familiares.
Al principio pensó que eran errores contables.
Después comprendió que no lo eran.
Cada documento que encontraba lo copiaba discretamente.
Cada contrato sospechoso terminaba escaneado.
Cada conversación importante quedaba respaldada.
Nunca imaginó que llegaría el día en que necesitaría todo aquello para sobrevivir.
…
Renata hojeó otra carpeta.
—¿Cuánto dinero es esto?
Valeria respondió sin emoción.
—Más de cuatro mil millones de pesos movidos mediante empresas fantasma.
Renata dejó escapar el aire lentamente.
—¿Alejandro sabe que tienes esto?
—No.
—¿Nadie lo sabe?
Valeria guardó silencio unos segundos.
—Solo una persona.
…
Al mismo tiempo, en el hospital, una enfermera abrió la puerta de neonatología.
Miró las cuatro incubadoras.
Frunció el ceño.
Volvió a mirar.
Corrió hasta la estación de enfermería.
—¡Doctor!
Los recién nacidos…
No están.
…
La alarma se activó inmediatamente.
Puertas bloqueadas.
Personal movilizado.
Seguridad revisando cámaras.
Alejandro recibió la llamada apenas terminaba su segunda copa.
—¿Qué pasó?
Del otro lado apenas podían hablar.
—Señor Barragán…
Sus hijos…
Han desaparecido.
La copa se hizo añicos contra el piso.
…
Diez minutos después, Alejandro irrumpió en neonatología.
Las incubadoras seguían allí.
Vacías.
Los cables colgaban sobre los costados.
Uno de los médicos respiró profundamente.
—Todo indica que quien se los llevó sabía exactamente cómo mantener con vida a cuatro prematuros.
Alejandro sintió un frío recorrerle la espalda.
Solo una persona conocía el estado médico de los bebés con ese nivel de detalle.
Valeria.
…
—¡Cierren todos los accesos!
—¡Revisen ambulancias!
—¡Nadie sale del hospital!
Las órdenes se cruzaban por los pasillos.
Pero ya era demasiado tarde.
…
Un jefe de seguridad llegó con una tableta.
—Encontramos algo.
En la pantalla aparecía una mujer con uniforme gris de limpieza empujando un carrito.
El rostro apenas se distinguía bajo la gorra.
Sin embargo, Alejandro reconoció inmediatamente aquella forma de caminar.
—Valeria…
Susurró el nombre sin poder creerlo.
Por primera vez comprendió que la mujer a la que había considerado débil llevaba meses planeando su salida.
…
Mientras tanto, a más de cien kilómetros de allí, Valeria observaba a sus cuatro hijos dormir.
Renata se acercó con una taza de té.
—¿Y ahora?
Valeria cerró cuidadosamente la carpeta con las pruebas.
—Ahora empieza la verdadera pelea.
En ese momento sonó el teléfono satelital que guardaba dentro del bolso.
No era un número mexicano.
Era una llamada desde Suiza.
Valeria contestó.
Escuchó apenas unas palabras.

Su expresión cambió por completo.
Renata la miró preocupada.
—¿Qué pasó?
Valeria bajó lentamente el teléfono.
—Alguien ya abrió la cuenta secreta donde Alejandro escondía el dinero…
Hizo una pausa.
—Y esa persona acaba de decirme que no fue él quien ordenó deshacerse de mí después del parto.