PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA PUERTA

El aire que salió del sótano era pesado y viciado.

Dos agentes encendieron sus linternas y descendieron primero por la estrecha escalera de madera.

Yo los seguí apenas unos pasos, con el corazón desbocado.

—¡James! —grité.

Una voz muy débil respondió desde la oscuridad.

—Aquí…

Cuando las luces iluminaron el fondo del sótano, el silencio se apoderó de todos.

James estaba sentado contra una pared, visiblemente agotado y con el rostro demacrado. Apenas podía mantener la cabeza erguida. Al ver a los agentes, levantó una mano con enorme esfuerzo.

Uno de los policías corrió hacia él.

—No se mueva. Ya estamos aquí.

Otro pidió una ambulancia por radio con urgencia.

Yo caí de rodillas antes de llegar hasta él.

—James… Dios mío…

Él apenas logró mirarme.

—¿Rachel…?

Aquella pregunta me atravesó el alma.

Negué lentamente con la cabeza.

—No está aquí.

James cerró los ojos unos segundos.

Parecía reunir fuerzas para hablar.

—Pensé… que volvería.

Los paramédicos llegaron pocos minutos después y comenzaron a atenderlo con cuidado. Mientras lo preparaban para trasladarlo al hospital, un detective se acercó a mí.

—Señora, necesitamos saber exactamente cuándo fue la última vez que habló con su hija.

Respiré hondo.

—Hace tres semanas.

El detective anotó la respuesta.

—¿Notó algo extraño antes de que dejara de contestar?

Recordé la última conversación.

Rachel había sonado distraída.

Nerviosa.

Había dicho que necesitaba “resolver un problema” antes de visitar a la familia.

En aquel momento pensé que solo era el duelo.

Ahora aquellas palabras adquirían otro significado.


Horas después, en el hospital, James logró hablar con mayor claridad.

Su voz seguía siendo débil.

—No fue Rachel.

Todos los presentes levantaron la vista.

El detective acercó una grabadora.

—¿Qué quiere decir?

James respiró lentamente.

—Ella también desapareció.

La habitación quedó en silencio.

—La última noche que la vi… salió a encontrarse con alguien.

—¿Con quién?

James negó con la cabeza.

—No lo sé.

Hizo otra pausa.

—Solo recuerdo que discutían desde el jardín.

—¿Escuchó algún nombre?

James cerró los ojos intentando recordar.

—Sí…

El detective esperó.

—Creo que dijo… “No voy a seguir ocultándolo”.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.


Mientras tanto, la policía registraba la casa de Rachel.

No tardaron en encontrar varias anomalías.

Su teléfono móvil no estaba.

Su computadora portátil también había desaparecido.

Sin embargo, sobre el escritorio había un cuaderno abierto.

En una de las últimas páginas aparecía una lista escrita con rapidez.

Fechas.

Horas.

Matrículas de vehículos.

Y una frase rodeada por un círculo rojo.

“Si algo me pasa, busquen en la cabaña del lago.”

El detective tomó una fotografía del cuaderno y levantó la vista hacia sus compañeros.

La investigación acababa de cambiar por completo.

Ya no buscaban únicamente explicar cómo James había terminado encerrado en aquel sótano.

Ahora también debían encontrar a Rachel.

Y cada minuto que pasaba hacía que esa búsqueda fuera más urgente.

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