Parte 2:La Casa Tenía Un Dueño Que Nadie Esperaba

Camila sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

Alejandro parecía incapaz de respirar.

Y Doña Teresa tardó varios segundos en comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Empleada doméstica? —repitió confundida.

Valeria sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía nada de amable.

—Eso pensaba yo cuando Alejandro me la presentó hace ocho meses.

Camila miró a Alejandro.

Esperando ayuda.

Esperando una explicación.

Pero él permaneció inmóvil.

Como un hombre atrapado en medio de un incendio.

Don Ernesto observó la sala.

Los muebles italianos.

Las lámparas de diseñador.

La cava de vinos.

Los cuadros originales.

Y luego volvió la vista hacia su hijo.

—Alejandro…

Su voz sonó grave.

—¿Qué significa esto?

—Papá, puedo explicarlo…

—Hazlo.

El silencio se volvió insoportable.

Camila dio un paso atrás.

—Alejandro me dijo que estaba separado.

Doña Teresa giró la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Me dijo que ustedes lo sabían.

Ahora todas las miradas apuntaban hacia Alejandro.

Valeria permanecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Como alguien que llevaba días esperando exactamente ese momento.

—Les mintió a todos —continuó Camila—. Dijo que el matrimonio estaba acabado. Que solo seguían juntos por el niño.

Don Ernesto cerró los ojos.

Parecía haber envejecido diez años en un minuto.

—¿Y la casa? —preguntó.

Camila tragó saliva.

—Me dijo que era una inversión.

Valeria soltó una pequeña carcajada.

La primera de toda la mañana.

Y fue mucho más aterradora que cualquier grito.

—No mintió del todo.

Sacó una carpeta negra de su bolso.

La abrió.

Y colocó varios documentos sobre la isla de mármol de la cocina.

—Sí fue una inversión.

Todos bajaron la vista.

Camila fue la primera en leer.

Luego Alejandro.

Después sus padres.

Y el color desapareció de los cuatro rostros al mismo tiempo.

Porque la escritura de la propiedad no estaba a nombre de Camila.

Ni de Alejandro.

Ni siquiera de la empresa intermediaria.

El propietario legal era otro.

Valeria Castillo.

La sala quedó completamente muda.

—¿Qué…? —balbuceó Alejandro.

Valeria sacó otro documento.

Luego otro.

Y otro más.

—Mientras tú transferías dinero de nuestras cuentas para comprar esta casa, yo seguía siendo accionista mayoritaria de la empresa inmobiliaria que construyó todo este desarrollo.

Camila abrió los ojos.

Sin entender.

Valeria continuó:

—La empresa pantalla que utilizaste para esconder la operación terminó comprándole la propiedad a una compañía que también me pertenece.

Don Ernesto la miró incrédulo.

—¿La casa es tuya?

—Desde antes de que ellos entraran.

Alejandro sintió que las piernas le fallaban.

Porque por fin entendió.

Los diez millones que había usado para impresionar a su amante…

habían terminado regresando a la fortuna de su propia esposa.

Pero lo peor todavía no había llegado.

Valeria abrió la última carpeta.

Y la dejó frente a sus suegros.

—Ahora viene la parte interesante.

Doña Teresa bajó la vista.

Dentro había estados financieros.

Contratos.

Actas corporativas.

Y una lista de empresas.

Muchas empresas.

Demasiadas.

Don Ernesto empezó a leer.

Y su expresión cambió por completo.

Porque por primera vez descubría algo que jamás había imaginado.

Alejandro no era el dueño del imperio familiar.

Ni siquiera era el principal accionista.

Durante quince años había vivido gracias a una estructura financiera creada por la familia Castillo.

La fortuna que presumía.

Los autos.

Las inversiones.

Los viajes.

Las oficinas.

Todo.

Absolutamente todo.

Dependía de Valeria.

Don Ernesto levantó lentamente la mirada hacia su hijo.

Y preguntó con una voz tan fría que Alejandro sintió miedo.

Verdadero miedo.

—Entonces dime una cosa…

Alejandro tragó saliva.

—¿Sí, papá?

Don Ernesto señaló los documentos.

Y pronunció la pregunta que destruiría todo lo que Alejandro había construido durante años.

—Si ella es dueña de la casa…

y ella es dueña de las empresas…

¿qué exactamente te pertenece a ti?

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