El golpe resonó en el baño como un eco del pasado.
Teresa sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Durante un instante no vio a Rodrigo.
Vio a Esteban, su difunto esposo, sujetándola exactamente igual veinte años atrás mientras el agua helada le recorría el cuerpo para que los golpes no dejaran tanta inflamación al día siguiente.
Las piernas comenzaron a temblarle.
No podía volver a quedarse callada.
Empujó la puerta con toda la fuerza que le quedaba.
—¡Suéltala!
Rodrigo giró sobresaltado.
—¿Mamá?
Lucía levantó la cabeza. Tenía los labios morados por el frío y una lágrima mezclándose con el agua que caía sin descanso.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Rodrigo, soltando lentamente el cabello de su esposa.
Teresa avanzó hasta colocarse delante de Lucía.
—Lo mismo que nadie hizo por mí cuando tu padre me encerraba en un baño.
El silencio fue absoluto.
Rodrigo frunció el ceño.
—No sabes lo que viste.
—Vi a un hombre golpeando a su mujer.
—Ella me provocó.
Aquellas tres palabras atravesaron a Teresa como un cuchillo.
Eran exactamente las mismas que repetía Esteban después de cada paliza.
—No… —susurró ella—. Esas palabras también eran de tu padre.
Rodrigo desvió la mirada por un segundo.
Fue suficiente para que Teresa entendiera algo aún más doloroso.
Su hijo no solo había heredado el rostro de su padre.
Había aprendido su manera de justificar la violencia.
Teresa cerró la llave de la regadera y envolvió a Lucía con una toalla.
Las manos de la joven temblaban sin control.
—Ven conmigo.
Pero antes de que pudieran salir, Rodrigo bloqueó la puerta.
—Nadie sale de aquí.
—Quítate.
—Esto es un asunto de mi matrimonio.
Teresa lo miró fijamente.
—El día que levantas la mano contra alguien deja de ser un asunto privado.
Rodrigo respiró con fuerza.
—Mamá… ella exagera todo. Solo intento corregir ciertas actitudes.
—¿Corregir?
La voz de Teresa se quebró.
—Así empezaba tu padre. Después vinieron las costillas rotas, los dientes partidos y los años de miedo.
Lucía comenzó a llorar.
—Perdón… yo nunca quise que usted lo descubriera.
Teresa la abrazó.
—La que debe pedir perdón soy yo.
Lucía la miró confundida.
—Fui maestra durante cuarenta años. Enseñé a cientos de adolescentes a distinguir el bien del mal… y no vi que mi propio hijo se estaba convirtiendo en aquello de lo que escapamos.
Rodrigo golpeó la pared con el puño.
—¡Ya basta!
El estruendo hizo que ambas se sobresaltaran.
Entonces Teresa hizo algo que jamás había imaginado.
Sacó el teléfono de su bata.
Había presionado el botón de grabar desde que abrió la puerta.
La pantalla seguía registrándolo todo.
Rodrigo palideció.
—¿Estabas grabando?
—Sí.
—Borra ese video.
—No.
Él dio un paso hacia ella.
—¡Te dije que lo borres!
Pero Teresa ya no era la mujer aterrada que había soportado veinte años de golpes.
Enderezó la espalda.
—Puedes intimidarme a mí, Rodrigo. Ya lo hiciste durante demasiado tiempo sin que yo quisiera verlo. Pero no volverás a tocar a Lucía.
En ese momento, el teléfono de Teresa vibró.
Era una llamada entrante del número de la administradora del edificio.
Contestó sin apartar la vista de su hijo.
La voz al otro lado sonó urgente.
—Señora Teresa, perdón por la hora… pero una vecina del piso de abajo volvió a reportar gritos y golpes. Dice que lleva meses escuchándolos. Esta vez llamó también a la policía.
Teresa sintió un escalofrío.
Meses.
Aquello no había empezado esa noche.

Mientras Rodrigo observaba la puerta con el rostro descompuesto, el timbre del departamento sonó con fuerza.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y una voz firme retumbó desde el pasillo:
—¡Policía de la Ciudad de México! ¡Abran la puerta!