A la mañana siguiente, Daniel regresó a la habitación con un café que terminó enfriándose entre sus manos.
No había dado un solo sorbo.
No podía apartar la vista de Renata.
Ella seguía sedada, respirando con dificultad, el rostro inmovilizado por los vendajes.
Una enfermera se acercó despacio.
—Está despertando.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa y tomó la mano de su hija.
Los párpados de Renata temblaron.
Abrió lentamente el único ojo que podía mantener entreabierto.
Lo primero que hizo fue buscar a su padre.
—Aquí estoy, mi niña.
Ella intentó hablar.
Un gemido ahogado escapó de su garganta.
El dolor la obligó a cerrar los ojos.
La enfermera negó con suavidad.
—No puede mover la mandíbula.
Le acercó una pequeña libreta y un marcador.
—Si necesita decir algo, escriba despacio.
Renata tardó casi un minuto en sostener el marcador.
Las manos le temblaban.
Escribió solo tres palabras.
“Él no fue.”
Daniel frunció el ceño.
—¿Quién?
Renata volvió a escribir.
Las letras salían torcidas por el esfuerzo.
“No culpes a Diego.”
Daniel sintió un vuelco en el pecho.
Diego Morales.
El novio de Renata desde hacía casi un año.
La policía le había comentado unas horas antes que varios estudiantes lo señalaban como el principal sospechoso.
—¿Estás segura?
Ella asintió con dificultad.
Después escribió otra frase.
“Lo están protegiendo.”
Daniel levantó la vista inmediatamente.
—¿A quién?
Pero el esfuerzo había sido demasiado.
Renata perdió nuevamente el conocimiento.
Dos horas después llegaron dos agentes de investigación.
Tomaron asiento frente a Daniel.
—Señor Mercado, necesitamos hacerle unas preguntas.
Él los observó en silencio.
—Tenemos varios testimonios.
—¿Qué dicen?
Uno de los agentes abrió una carpeta.
—Que su hija discutió con su novio antes de la agresión.
Daniel negó lentamente.
—Mi hija acaba de escribir que él no fue.
Los dos policías intercambiaron una mirada.
—No podemos basarnos únicamente en eso.
—¿Y en qué sí pueden basarse?
Ninguno respondió de inmediato.
Daniel respiró hondo.
Conocía demasiado bien ese tipo de silencios.
Esa misma tarde decidió ir a la universidad.
El campus parecía funcionar con absoluta normalidad.
Estudiantes caminando.
Profesores entrando a clase.
Cafeterías llenas.
Como si la noche anterior nadie hubiera estado al borde de la muerte.
Se dirigió al edificio de laboratorios.
Había una cinta amarilla rodeando parte del estacionamiento.
Un guardia de seguridad salió a su encuentro.
—Señor, no puede pasar.
Daniel mostró su identificación.
—Soy el padre de Renata Mercado.
El hombre bajó la mirada.
—Lo siento mucho.
—Quiero ver el lugar donde la encontraron.
—No está permitido.
—¿Por orden de quién?
El guardia dudó unos segundos.
—De la rectoría.
Minutos después apareció el director de seguridad del campus.
—Señor Mercado.
Extendió la mano.
Daniel no la estrechó.
—Quiero las grabaciones.
El hombre adoptó un tono profesional.
—Las autoridades ya las solicitaron.
—Perfecto.
—Estamos colaborando plenamente.
Daniel señaló una cámara instalada sobre el edificio.
—¿Esa funciona?
El director miró hacia arriba.
—Sí.
—¿Y la del estacionamiento?
Otro silencio.
—Justamente esa presentó una falla técnica.
Daniel soltó una risa seca.
—Qué conveniente.
Cuando estaba a punto de marcharse, una joven se acercó discretamente.
Miró varias veces alrededor antes de hablar.
—¿Usted es el papá de Renata?
—Sí.
La muchacha bajó aún más la voz.
—Yo estaba aquí anoche.
Daniel permaneció inmóvil.
—¿Viste algo?
Ella tragó saliva.
—No puedo hablar aquí.
Sacó un pequeño papel doblado.
Lo puso en la mano de Daniel.
—Vaya esta noche.
Y se alejó apresuradamente.
A las nueve de la noche, Daniel llegó a la dirección escrita en el papel.
Era una pequeña cafetería casi vacía.
La estudiante ya lo esperaba en una mesa del fondo.
—Me llamo Sofía.
Se veía nerviosa.
—Gracias por venir.
Ella respiró profundamente.
—Todos dicen que fue Diego.
—Mi hija asegura que no.
Sofía asintió inmediatamente.
—Porque no fue él.
Daniel sintió que el corazón empezaba a acelerarse.
—Entonces… ¿quién?
La joven miró hacia la ventana para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Renata encontró algo que nunca debió ver.
Daniel guardó silencio.
—¿Qué encontró?
Sofía sacó su teléfono.
Abrió un video.
Solo duraba doce segundos.
Se lo entregó.
En la grabación aparecía un grupo de jóvenes junto al edificio de laboratorios.
La imagen era borrosa.
Pero una cara resultaba perfectamente reconocible.
Daniel dejó de respirar.
Conocía ese rostro.
Había salido decenas de veces en los periódicos locales.
Era el hijo del principal benefactor de la universidad.
Sofía volvió a guardar el teléfono.
—Ese video desapareció del sistema del campus esta madrugada.
Daniel levantó lentamente la vista.
—¿Cómo lo conseguiste?
Ella respondió con la voz quebrada.

—Porque Renata me lo envió… cinco minutos antes de que la atacaran.
En ese instante, el teléfono de Sofía vibró.
La pantalla mostró un mensaje anónimo.
Solo contenía una frase.
“Si hablas otra vez con el padre de Renata, serás la siguiente.”