PARTE 2: LA CARPETA EMPAPADA

Las puertas del elevador privado se cerraron.

Solo quedaron Grayson Pierce, Nora y el reflejo de ambos en las paredes de acero.

Ninguno habló durante varios segundos.

El agua seguía cayendo del abrigo de Nora y formando pequeñas gotas sobre el piso impecable.

Cuando llegaron al último nivel, Grayson abrió personalmente la puerta de su despacho.

No era una oficina.

Era un piso entero.

Cristal de pared a pared.

Vista sobre Seattle.

Una mesa de nogal de más de cuatro metros.

Y un silencio que imponía más respeto que cualquier lujo.

—Siéntese —dijo él.

Nora miró la silla de cuero color marfil.

—Voy a ensuciarla.

—El cuero se limpia.

La integridad es más difícil de reemplazar.

Por primera vez desde que había llegado al edificio, Nora sintió que alguien veía más allá del lodo.

Se sentó despacio.

Grayson dejó una caja de pañuelos sobre la mesa.

—Empiece por el principio.

—¿El rescate del niño?

Él negó con la cabeza.

—No.

La carpeta.

Nora respiró hondo.

Colocó la carpeta mojada sobre la mesa.

Las hojas estaban húmedas, pero todavía podían leerse.

—Trabajé durante cuatro años para Halcyon Infrastructure.

Grayson levantó ligeramente la vista.

Era el mayor competidor de Pierce Meridian Group.

—Renuncié hace dos semanas.

—¿Por qué?

Nora abrió la primera sección.

Había facturas.

Transferencias.

Órdenes de compra.

Todo perfectamente clasificado.

—Porque descubrí que alguien estaba pagando sobornos usando empresas fantasma.

Grayson permaneció completamente inmóvil.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Nora pasó otra hoja.

—El dinero no terminaba en Halcyon.

Terminaba aquí.

Por primera vez, el rostro del director ejecutivo perdió parte de su serenidad.

Tomó el documento.

Leyó el nombre de una empresa proveedora.

Después otra.

Y otra.

Las tres trabajaban con Pierce Meridian.

—¿Quién le dio acceso a esta información?

—Nadie.

Era auditora interna.

Mi trabajo consistía precisamente en seguir el dinero.

Grayson continuó leyendo.

Cada página era peor que la anterior.

Había contratos duplicados.

Pagos inflados.

Consultorías inexistentes.

Firmas digitales repetidas.

Todo apuntaba a un mismo departamento.

Compras corporativas.

El mismo departamento que dependía directamente de Cassandra Crane.

La mujer que acababa de rechazar la entrevista de Nora.

Grayson levantó lentamente la mirada.

—¿Ella sabe que tiene esto?

Nora asintió.

—Creo que sí.

—¿Por qué lo cree?

Sacó su teléfono.

La pantalla estaba agrietada por la caída en la zanja.

Mostró un correo enviado a las seis de la mañana.

Asunto:

Solicitud de reunión confidencial con el director ejecutivo.

—Nunca llegó a usted.

Grayson frunció el ceño.

—No.

No llegó.

—Porque alguien lo eliminó.

El despacho quedó completamente en silencio.

Entonces sonó el teléfono interno.

Grayson activó el altavoz.

—¿Sí?

Era su asistente.

La voz sonaba nerviosa.

—Señor Pierce…

La señora Crane acaba de ordenar que bloqueen el acceso de la señorita Bellamy al edificio.

Dice que intentó ingresar con documentación robada.

Grayson miró la carpeta abierta sobre su escritorio.

Después observó las manos raspadas de Nora.

Comprendió algo inquietante.

No había llegado dieciocho minutos tarde por casualidad.

Había llegado dieciocho minutos tarde… porque alguien necesitaba impedir que esa carpeta llegara hasta él.

Pulsó un botón del teléfono.

—Seguridad.

La respuesta fue inmediata.

—Aquí seguridad.

La voz de Grayson se volvió completamente fría.

—Nadie abandona este edificio.

Cierren todos los accesos.

Y tráiganme a Cassandra Crane.

Ahora.

En el mismo instante, la pantalla del computador de Grayson se encendió sola con una alerta roja.

ACCESO REMOTO DETECTADO.

Alguien estaba intentando borrar miles de archivos del servidor central.

Y el primer nombre que desaparecía de la base de datos era, precisamente, el de Nora Bellamy.

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