LA MUJER QUE IBA A CASARSE CON ÉL SONRIÓ… PERO LOS DOCUMENTOS DEMOSTRABAN QUE HABÍA DESTRUIDO LA VIDA DE RENATA

Fernanda cerró la puerta del estudio detrás de ella.

Despacio.

Sin prisas.

Como alguien que ya sabía exactamente lo que Mateo acababa de descubrir.

La pantalla del ordenador seguía encendida.

El nombre brillaba frente a ellos.

Fernanda Salcedo.

Autorización administrativa.

Bloqueo de contactos.

Modificación de registros.

Mateo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Explícamelo.

Su voz salió ronca.

Fernanda suspiró.

Y para su sorpresa, no negó nada.

No intentó fingir.

No lloró.

No se hizo la víctima.

Simplemente sonrió.

Aquella sonrisa fue peor que cualquier confesión.

—Ya era hora de que lo supieras.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

—Renata nunca mereció estar contigo.

Mateo la miró sin comprender.

Aquella no era la respuesta de alguien inocente.

Aquella era la respuesta de alguien que llevaba demasiado tiempo guardando un secreto.

—¿Qué hiciste?

Fernanda apoyó una mano sobre el escritorio.

—Corregí un error.

La sangre se congeló en las venas de Mateo.

—Estás hablando de mis hijos.

—Tus hijos estaban mejor lejos de ti.

El golpe emocional fue tan fuerte que tuvo que apoyarse en la silla.

Por primera vez.

Por primera vez alguien acababa de confirmar lo que él ya sospechaba.

Los gemelos eran suyos.

Sus hijos.

Los niños que había visto junto a la carretera.

Los niños que habían crecido sin él.

Los niños que nunca había abrazado.

Mateo sintió náuseas.

—¿Por qué?

Fernanda se cruzó de brazos.

—Porque siempre la amaste a ella.

Incluso cuando la echaste.

Incluso cuando firmaste el divorcio.

Incluso cuando intentaste odiarla.

Siempre fue ella.

El silencio se volvió insoportable.

Y entonces Fernanda cometió un error.

Uno enorme.

Porque comenzó a hablar demasiado.

—Las fotografías del hotel las conseguí yo.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué dijiste?

—No fue difícil.

El hombre de las fotos era su primo.

Pero tú nunca verificaste nada.

Nunca preguntaste.

Nunca escuchaste.

Solo viste lo que querías ver.

Cada palabra era un martillo.

Cada frase destruía un recuerdo.

Cada confesión convertía un año entero de su vida en una mentira.

—Las joyas también.

Mateo sintió que el aire desaparecía.

—¿Las joyas?

Fernanda sonrió.

—Tu madre las escondió.

Yo la ayudé.

El corazón de Mateo dejó de latir por un segundo.

Su madre.

Doña Teresa.

La mujer que había insistido durante meses en que Renata era una mentirosa.

La mujer que había celebrado el divorcio.

La mujer que jamás quiso aceptarla.

—No…

Fernanda soltó una pequeña carcajada.

—Sí.

Y todavía no sabes lo mejor.

Mateo ya no quería escuchar.

Pero no podía detenerse.

Necesitaba conocer toda la verdad.

Por dolorosa que fuera.

—Cuando Renata ingresó al hospital, tu madre recibió la primera llamada.

La llamada que ella hizo desaparecer.

La primera de muchas.

Mateo cerró los ojos.

Todo encajaba.

Todo.

Las llamadas perdidas.

Los silencios.

Las excusas.

Las oportunidades perdidas.

Mientras Renata luchaba por mantener vivos a los bebés…

…él seguía creyendo que ella era una traidora.

Y entonces sonó su teléfono.

Samuel.

Mateo respondió inmediatamente.

—¿Qué pasa?

La voz del investigador sonó urgente.

—La encontré.

Mateo dejó de respirar.

—¿A quién?

—A Renata.

Hubo una pausa.

—Pero tiene problemas.

Muy graves.

Mateo sintió un nudo en la garganta.

—¿Dónde está?

Samuel respiró hondo.

—En un refugio temporal cerca de Chapala.

Y según la trabajadora social…

…esta mañana alguien intentó quitarle la custodia de los niños.

El mundo se volvió negro.

Mateo giró lentamente la cabeza hacia Fernanda.

Ella había dejado de sonreír.

Porque acababa de comprender que la verdad ya no podía esconderse.

Y entonces Samuel pronunció las palabras que hicieron que Mateo saliera corriendo de la habitación.

—La solicitud para quitarle a los gemelos fue presentada hace tres días.

Por una mujer llamada Fernanda Salcedo.

Y llevaba adjunta una declaración firmada por tu madre.

Escribe “SÍ” para leer la Parte 3.

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