LA FIGURA EN EL ESPEJO NO DEBERÍA HABER ESTADO ALLÍ… Y LO QUE REVELÓ CAMBIÓ TODO LO QUE CREÍA SOBRE MI FAMILIA

Mis manos comenzaron a temblar sobre el teclado.

Detuve la grabación.

Retrocedí unos segundos.

La reproduje otra vez.

Y allí seguía.

Reflejada en el espejo del pasillo.

Una figura inmóvil observando la discusión entre mi madre y mi esposa.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Aquella persona no estaba en las escaleras.

No estaba en el salón.

Parecía escondida detrás de la puerta del antiguo cuarto de invitados.

El mismo cuarto que llevaba años cerrado.

Me acerqué a la pantalla.

Amplié la imagen todo lo que pude.

Los píxeles comenzaron a deformarse.

Por un instante pensé que no lograría distinguir nada.

Entonces apareció un rostro.

Y el aire desapareció de mis pulmones.

—No puede ser…

Me quedé paralizado.

Reconocía perfectamente aquella cara.

Era mi hermana Laura.

Mi hermana menor.

La misma que, según toda la familia, estaba de viaje en otro país desde hacía más de dos semanas.

La misma que había llamado la noche anterior asegurando que seguía en el extranjero.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

¿Por qué estaba allí?

¿Por qué se escondía?

¿Por qué había mentido?

Seguí observando.

La discusión entre mi madre y mi esposa se intensificaba.

Mi esposa intentaba alejarse.

Se sujetaba la barandilla mientras protegía su vientre.

Mi madre continuaba gritándole.

De pronto ocurrió el empujón.

Mi esposa perdió el equilibrio.

Su cuerpo cayó hacia atrás.

Mi corazón se encogió.

Pero algo más sucedió.

Algo que no había visto la primera vez.

Justo cuando mi esposa comenzó a caer, Laura salió de su escondite.

Corrió hacia las escaleras.

Intentó sujetarla.

Intentó alcanzarla.

Pero llegó demasiado tarde.

Mi esposa rodó varios escalones.

Y Laura cayó de rodillas junto a ella.

Me quedé inmóvil.

Aquello no encajaba.

Si Laura había intentado ayudarla…

¿Por qué se ocultaba?

¿Por qué nadie mencionó que estaba allí?

Seguí avanzando la grabación.

Lo que ocurrió después hizo que mi sangre se helara.

Mi madre se acercó a Laura.

La agarró violentamente del brazo.

Y le gritó algo directamente a la cara.

Aunque no había sonido, pude leer sus labios.

Claramente.

Demasiado claramente.

—No digas nada.

Sentí náuseas.

Mi propia madre acababa de ordenar silencio a la única testigo.

Las imágenes continuaron.

Laura parecía aterrorizada.

Miraba a mi esposa.

Miraba la sangre en los escalones.

Y luego volvía a mirar a mi madre.

Finalmente asintió.

Como si aceptara algo que no quería aceptar.

Apagué el monitor.

Necesitaba respuestas.

Tomé las llaves del coche y salí disparado hacia el hospital.

Durante todo el trayecto apenas podía respirar.

Solo pensaba en una cosa.

Mi esposa.

Nuestro bebé.

Cuando llegué a urgencias, vi al médico salir del área restringida.

Su expresión era seria.

Demasiado seria.

Corrí hacia él.

—¿Cómo están?

El médico tardó unos segundos en responder.

—Su esposa está estable.

Sentí un enorme alivio.

Pero desapareció inmediatamente cuando continuó hablando.

—Sin embargo, hemos detectado algo preocupante.

Mi corazón volvió a detenerse.

—¿Qué ocurre?

El médico bajó la voz.

—La caída no fue la única causa de las complicaciones.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Entonces abrió una carpeta médica.

Y colocó varias hojas frente a mí.

—Los análisis muestran rastros de una sustancia que no debería estar en su organismo.

Lo miré confundido.

—¿Qué sustancia?

El médico me observó directamente a los ojos.

—Alguien ha estado administrándole medicamentos que pueden provocar contracciones prematuras.

El mundo entero pareció detenerse.

—¿Está diciendo que alguien intentó hacer daño a mi esposa?

El médico no respondió de inmediato.

Pero su silencio fue suficiente.

Y en ese instante comprendí algo aterrador.

La caída por las escaleras quizá no había sido el comienzo.

Tal vez llevaba semanas ocurriendo.

Y si eso era cierto…

El peligro seguía mucho más cerca de nosotros de lo que imaginaba.

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