PARTE 2 — EL LOBBY DONDE TODO CAMBIÓ

A la 1:56 de la tarde, Mariana cruzó las puertas giratorias de Grupo Alvarado.

No llevaba escolta.

No llevaba un discurso preparado.

Solo una carpeta negra, su credencial original de consejera y la serenidad de quien por fin ha dejado de pedir permiso para defender lo que es suyo.

La recepcionista levantó la vista.

Por un instante pareció no saber cómo reaccionar.

—Buenas tardes, licenciada Mariana.

—Buenas tardes, Laura.

La joven tragó saliva.

—El ingeniero Esteban pidió hace unas semanas que su acceso quedara restringido a partir del divorcio…

Mariana sonrió con amabilidad.

—Lo sé.

En ese momento se abrieron los elevadores.

El director de Recursos Humanos, la directora jurídica y el jefe de Seguridad caminaron directamente hacia ella.

—Licenciada.

Los tres la saludaron con un leve movimiento de cabeza.

El personal del lobby dejó de trabajar por unos segundos.

Algo importante estaba ocurriendo.

Mariana miró su reloj.

Las dos en punto.

—Comenzamos.

El director de Recursos Humanos abrió una carpeta.

—Los expedientes están listos.

—¿Cuántas personas fueron contratadas por recomendación directa de la familia Ríos?

—Cuarenta y dos.

—¿Y cuántas presentan observaciones de auditoría?

—Treinta y ocho.

Mariana no cambió la expresión.

—Procedan conforme al reglamento interno y a los resultados de la investigación. Que cada caso tenga su expediente y su fundamento legal.

—Sí, licenciada.

No habló de venganzas.

No habló de castigos.

Solo de procedimientos.

Eso hizo que el silencio en el lobby resultara todavía más incómodo.

Cinco minutos después, las tarjetas de acceso comenzaron a desactivarse.

Primero en Compras.

Luego en Logística.

Después en Seguridad Patrimonial.

Más tarde en Proveedores.

Las pantallas del sistema mostraban el mismo mensaje.

Acceso cancelado. Comuníquese con Recursos Humanos.

A las 2:18, el primer teléfono sonó en recepción.

—¿Qué pasa con mi correo?

A las 2:21, otro empleado llegó apresuradamente.

—Mi gafete no funciona.

A las 2:27, dos supervisores discutían frente a los torniquetes.

Nadie entendía qué estaba ocurriendo.

Hasta que apareció doña Patricia Ríos, madre de Esteban.

Entró con su bolso de diseñador al hombro y la misma actitud con la que llevaba años recorriendo la empresa.

—¿Por qué no abre mi tarjeta?

El guardia recibió una notificación en su tableta.

Respiró hondo antes de responder.

—Señora Patricia, su autorización fue revocada hace unos minutos.

Ella soltó una carcajada.

—Debe haber un error. Soy directora de Compras.

—Desde este momento ya no figura como personal activo.

La sonrisa desapareció.

—¿Quién firmó esa decisión?

Una voz respondió detrás de ella.

—Yo.

Patricia giró lentamente.

Mariana permanecía de pie a pocos metros.

Impecable.

Serena.

Sin levantar la voz.

—Tú no puedes hacer esto.

—Sí puedo.

—¡Mi hijo dirige esta empresa!

Mariana sostuvo su mirada.

—Su hijo fue director general.

Hizo una breve pausa.

—Hasta las doce de esta mañana.

Patricia sintió que el rostro se le descomponía.

—Eso es mentira.

La directora jurídica dio un paso al frente.

—Aquí está el acuerdo extraordinario del Consejo de Administración.

Entregó una copia certificada.

—Por unanimidad se revocaron todos los poderes otorgados al ingeniero Esteban Ríos.

Patricia apenas alcanzó a sostener las hojas.

Las manos le temblaban.

En ese instante se abrieron nuevamente las puertas del edificio.

Esteban entró sonriendo, acompañado de Renata.

Pero la sonrisa duró exactamente tres segundos.

Su gafete emitió una luz roja.

Acceso denegado.

Miró al guardia.

—Ábreme.

El guardia negó con respeto.

—Lo siento, ingeniero.

Esteban levantó la voz.

—¿Sabes quién soy?

—Sí.

El hombre bajó la vista hacia la pantalla.

—Y precisamente por eso debo cumplir la instrucción del Consejo.

Todo el lobby guardó silencio.

Mariana dio un paso al frente.

—Bienvenido, Esteban.

Él apretó los dientes.

—¿Qué hiciste?

—Nada que no pudiera hacerse conforme a la ley y a los estatutos que tú mismo firmaste.

Renata miró alrededor.

Los empleados observaban la escena sin atreverse a intervenir.

Entonces dos representantes de Auditoría Interna aparecieron con varias cajas de archivo.

Uno de ellos habló con absoluta calma.

—Ingeniero Esteban Ríos.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Necesitamos que nos acompañe para realizar la entrega formal de su oficina, su equipo de cómputo y toda la documentación relacionada con la investigación administrativa.

Por primera vez desde que salió del juzgado, Esteban dejó de parecer invencible.

Y mientras él intentaba comprender cómo había perdido el control en menos de una hora, un grito desgarrador resonó en todo el lobby.

Era su madre.

Con el documento de despido aún en las manos, doña Patricia comprendía que el poder que creyó eterno acababa de desaparecer frente a decenas de empleados que, durante años, habían tenido que soportar sus órdenes.

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