PARTE 2: LA MUJER QUE VOLVIÓ DE LA MUERTE

El jadeo fue apenas un suspiro.

Pero bastó.

El doctor Ramiro soltó el bisturí de inmediato.

—¡No la toquen! ¡Está respirando!

Dos enfermeros se acercaron corriendo mientras el monitor portátil marcaba actividad.

—Pulso débil… pero presente.

—¡Oxígeno, ahora!

El comandante Valente dio un paso al frente.

—Cierren todas las salidas.

Nadie abandona el edificio.

Eduardo dio un paso hacia atrás.

—Esto… esto no puede ser…

El doctor Ramiro lo miró con dureza.

—Su esposa no estaba muerta.

La prioridad cambió por completo.

En cuestión de segundos, Cristina fue trasladada a una sala de reanimación.

Los médicos comenzaron a estabilizarla.

Andrés permanecía inmóvil junto a la puerta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

No apartaba la vista de Cristina.

El comandante lo observó.

—Usted dijo llamarse Andrés Aguilar.

Él asintió.

—Sí.

—Hace cinco años fue declarado desaparecido.

—Lo sé.

—Y acaba de decir que Cristina es su esposa.

Andrés cerró los ojos un instante.

—Porque lo era.

El silencio volvió a llenar el pasillo.

Eduardo levantó la voz.

—¡Está delirando!

—¡Yo soy el esposo de Cristina!

El comandante no respondió.

Solo pidió una identificación.

Eduardo entregó su credencial sin problemas.

Después miró a Andrés.

—¿Y usted?

Andrés bajó la cabeza.

—No tengo documentos.

Me los quitaron hace años.

El comandante anotó la respuesta.

No dio nada por cierto.

Tampoco descartó ninguna posibilidad.

—Entonces necesito que ambos expliquen cómo conocen a la señora Cristina.


Dos horas después, Cristina abrió los ojos nuevamente.

Esta vez permaneció consciente.

La doctora confirmó que estaba desorientada, pero podía responder preguntas sencillas.

El comandante pidió hablar con ella solo cuando los médicos autorizaron una entrevista breve.

—Señora Cristina…

Ella giró lentamente la cabeza.

—¿Sí?

—¿Reconoce a su esposo?

Cristina miró hacia la puerta.

Eduardo estaba allí.

Pálido.

Con una sonrisa nerviosa.

Ella frunció el ceño.

—Sí…

Es Eduardo.

Él respiró aliviado.

Pero antes de que pudiera acercarse, el comandante hizo otra pregunta.

—¿Conoce también a un hombre llamado Andrés Aguilar?

Cristina quedó inmóvil.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Giró lentamente la cabeza.

Al otro lado del cristal estaba Andrés.

Más viejo.

Más delgado.

Con cicatrices.

Pero inconfundible.

Sus labios temblaron.

—Andrés…

El hombre rompió a llorar.

Cristina también.

La habitación quedó completamente en silencio.

El comandante observó a Eduardo.

El alivio que había mostrado segundos antes había desaparecido por completo.


Horas más tarde, cuando Cristina ya estaba más estable, pudo contar lo que recordaba.

Cinco años atrás trabajaba con Andrés en una empresa familiar.

Eran socios.

También habían estado comprometidos.

Un viaje de negocios terminó con la desaparición de Andrés.

Nunca volvió.

Las autoridades no lograron encontrarlo.

Con el tiempo fue declarado legalmente desaparecido.

Eduardo, que había sido el mejor amigo de Andrés y también socio de la empresa, permaneció cerca de Cristina durante aquellos años.

La ayudó.

La apoyó.

Con el tiempo iniciaron una relación.

Finalmente se casaron.

Mientras hablaba, Cristina se llevó una mano a la frente.

—Pero…

Respiró con dificultad.

—Hay cosas que no recuerdo del día de hoy.

El médico intervino.

—Es normal después del episodio que sufrió.

No la presionen.

El comandante asintió.

Después miró a Eduardo.

—Necesitamos hablar con usted.

Él intentó sonreír.

—Claro.

No tengo nada que ocultar.

En ese momento un agente entró apresuradamente.

Traía una bolsa transparente.

Dentro estaban los billetes que Eduardo había ofrecido al personal del servicio médico.

—Comandante…

Ya quedó documentado el intento de soborno.

Eduardo cerró los ojos.

Sabía que aquello complicaba seriamente su situación.

Pero el comandante fue claro.

—Una cosa es investigar por qué intentó evitar la autopsia.

Y otra muy distinta será determinar qué ocurrió realmente con la señora Cristina y esclarecer la desaparición del señor Andrés hace cinco años.

Miró alternativamente a los tres.

—Todavía hay demasiadas preguntas sin respuesta.

Cristina observó nuevamente a Andrés.

Él seguía allí.

Vivo.

Después de cinco años.

La última imagen que conservaba de él era despidiéndose para un viaje del que nunca regresó.

Y ahora estaba frente a ella.

Con una verdad que podía cambiar todo lo que creía saber sobre su propia vida.

Mientras tanto, Eduardo comprendió que el plan que había preparado para despedir discretamente a una esposa que todos creían fallecida acababa de transformarse en una investigación donde cada decisión que había tomado esa tarde sería examinada con detalle.

Y apenas era el comienzo.

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