Exactamente nueve minutos después de colgar, mi teléfono volvió a sonar.
Era Héctor.
No sonaba alterado.
Eso me asustó más que cualquier grito.
—¿Olivia sigue consciente?
—Sí.
—No dejes que cambie de ropa. Necesito fotografías de cada lesión. Hazlas con buena luz y activa la fecha en el teléfono.
Obedecí sin hacer preguntas.
Durante veinticinco años de matrimonio aprendí que, cuando Héctor hablaba con esa calma, ya estaba varios pasos por delante.
Tomé fotografías del labio roto.
De los moretones en los brazos.
De las marcas rojizas alrededor de las muñecas.
Del enorme hematoma que comenzaba a oscurecerse sobre su espalda.
Olivia apenas podía mantenerse sentada.
Mientras tanto, Héctor guardó silencio al otro lado de la línea.
Escuché el motor de su camioneta.
Después marcó otro número.
No me pidió permiso.
Simplemente unió la llamada.
—Arturo.
Una voz grave respondió de inmediato.
—Capitán.
—Necesito un favor personal.
—Dígame.
—Quiero todo lo que exista sobre Rosa Altamirano y su familia.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego la respuesta cambió por completo el rumbo de aquella noche.
—¿Los Altamirano de Las Lomas?
—Sí.
—Pensé que ya sabía esa historia.
Héctor frunció el ceño.
—¿Qué historia?
Arturo respiró hondo.
—Hace siete años hubo otra denuncia.
Sentí que el aire desaparecía de la sala.
Héctor dejó de hablar.
—Explícate.
—Una muchacha llamada Daniela Serrano.
Veintiséis años.
También se casó con un integrante de esa familia.
La boda nunca llegó al primer aniversario.
Según la denuncia, la suegra y dos cuñadas la presionaban para poner a nombre del esposo un conjunto de departamentos heredados por su abuelo.
Olivia levantó lentamente la cabeza.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—¿Y qué pasó con ella? —preguntó Héctor.
Arturo respondió con una voz pesada.
—Retiró la denuncia cuarenta y ocho horas después.
Dijo que todo había sido un malentendido.
Se divorció seis meses más tarde y desapareció del país.
Nunca volvió a declarar.
En la sala solo se escuchaba la respiración temblorosa de mi hija.
Héctor habló otra vez.
—¿Conservas el expediente?
—No oficialmente.
Pero sí recuerdo algo.
Hubo fotografías.
Moretones.
Lesiones compatibles con golpes repetidos usando cinturones.
Sentí un escalofrío.
Miré las marcas oscuras que cubrían la espalda de Olivia.
Eran casi idénticas.
Arturo añadió una última frase.
—Capitán… si es la misma familia, no estamos ante un arrebato de violencia.
Estamos ante un patrón.
La llamada terminó.
Durante unos segundos nadie habló.
Olivia comenzó a llorar en silencio.
—Mamá…
Me acerqué inmediatamente.
—Perdóname.
Le acaricié el cabello.
—No tienes que pedirme perdón por lo que otros te hicieron.
Ella negó con la cabeza.
—Tú intentaste advertirme.
Y yo pensé que exagerabas.
Antes de que pudiera responder, el timbre sonó.
Tres golpes secos.
No eran desesperados.
Eran precisos.
Abrí con cuidado.
Héctor estaba de pie.
Llevaba jeans oscuros, una chamarra negra y una pequeña carpeta impermeable bajo el brazo.
No abrazó a Olivia de inmediato.
Primero observó cada una de sus heridas.
Después respiró profundamente para controlar la rabia.
Solo entonces se arrodilló frente a ella.
—¿Te hicieron todo esto por un departamento?
Olivia asintió.
Él cerró los ojos apenas un instante.
Cuando volvió a abrirlos, ya no había tristeza.
Había determinación.
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Licenciada Fuentes.
Soy Héctor Salazar.
Necesito que active de inmediato el protocolo para violencia familiar y tentativa de extorsión patrimonial.

Y quiero que localice el expediente de Daniela Serrano.
Porque tengo motivos para creer que mi hija no fue la primera novia a la que esa familia intentó destruir.
Mientras hablaba, afuera comenzó a escucharse el sonido lejano de varias sirenas acercándose a la colonia.
Y por primera vez desde que Olivia cruzó aquella puerta con el vestido de novia destrozado, comprendí que la familia Altamirano había cometido un error del que ya no podría escapar.
No habían atacado solo a una novia.
Habían despertado a unos padres que ya no tenían absolutamente nada que perder.