PARTE 2: EL APELLIDO QUE NADIE DEBÍA PRONUNCIAR

Don Ignacio no respondió de inmediato.

Solo sostuvo el cartón donde Mateo había escrito su nombre con letra insegura.

Mateo Arriaga.

Basilio intentó sonreír.

—Debe haber muchos Arriaga por la región.

Ignacio levantó la vista.

—No con esa receta.

El silencio se volvió pesado.

Basilio dio un paso hacia la mesa y tomó un pedazo del queso.

—Estás cansado. Un sabor no demuestra nada.

Ignacio negó lentamente.

—No es solo el sabor.

Señaló el queso.

—Clara marcaba cada pieza con el mismo dibujo antes de envolverla.

Le dio la vuelta.

Allí estaba.

Un pequeño corte en forma de media luna, casi invisible.

Durante años, Clara lo hacía para distinguir los quesos frescos de los curados.

Nadie más en la hacienda utilizaba esa marca.

Basilio dejó el queso sobre la mesa con demasiada rapidez.

—Pueden ser coincidencias.

Ignacio sintió un escalofrío.

—¿También es coincidencia que el muchacho tenga sus ojos?

Ninguno habló durante varios segundos.

Después Ignacio hizo la pregunta que llevaba dieciséis años enterrada.

—Cuando me dijiste que Clara había muerto…

La voz se le quebró.

—¿Quién reconoció el cuerpo?

Basilio no respondió.

Ignacio insistió.

—¿La viste tú?

El hermano evitó su mirada.

—Fue una época muy difícil.

—No respondas otra cosa.

Solo dime si la viste.

Otra vez silencio.

Fue suficiente.

Ignacio comprendió que nunca había recibido una respuesta clara.

Subió a la camioneta sin decir una palabra más.

Basilio salió detrás.

—¡Ignacio!

El motor arrancó.

La camioneta desapareció por el camino de terracería.


Al mismo tiempo, en la pequeña casa de doña Socorro, Mateo acomodaba las medicinas sobre la mesa.

La anciana sonrió al ver el inhalador nuevo.

—Vendiste todo.

Mateo negó.

—Un señor compró varios quesos.

Se quedó callado unos segundos.

—Era muy serio.

Pero cuando probó el queso… parecía que iba a llorar.

Doña Socorro dejó de sonreír.

Las manos comenzaron a temblarle.

—¿Cómo se llamaba?

—No lo sé.

Solo escuché que los trabajadores le decían…

Hizo memoria.

—Don Ignacio.

La taza cayó al piso.

El café se extendió lentamente sobre las baldosas.

Doña Socorro palideció.

—¿Ignacio… Arriaga?

Mateo asintió.

La anciana tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio.

Durante años había esperado que ese nombre nunca volviera a cruzar la puerta de su casa.

—Abuela…

Ella respiró con dificultad.

—Si vuelve…

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No le mientas.

Mateo no entendía nada.

—¿Quién es?

Doña Socorro cerró los ojos.

—Un hombre que lleva dieciséis años creyendo una historia que nunca fue verdad.

En ese momento se escuchó el ruido de una camioneta deteniéndose frente a la casa.

Los faros iluminaron las paredes de lámina.

Mateo caminó hacia la ventana.

Reconoció el vehículo negro de la hacienda.

Antes de que pudiera abrir la puerta, alguien llamó con tres golpes firmes.

Doña Socorro se quedó inmóvil.

Sabía que aquella visita no iba a cambiar únicamente el destino de Mateo.

También podía revelar la mentira que había dividido a una familia durante más de una década.

Y, por la expresión de miedo que había visto en Basilio unas horas antes, comprendió que había personas dispuestas a hacer cualquier cosa para impedir que esa verdad saliera por fin a la luz.

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