PARTE 2: EL ÚLTIMO BRINDIS

El avión terminó de rodar hasta la pista.

La voz del comandante sonó por los altavoces anunciando el tiempo estimado de vuelo.

Pero Andrés no escuchó una sola palabra.

Solo veía a Lucía caminar por el pasillo con la misma elegancia con la que la había visto trabajar durante años.

No había lágrimas.

No había reproches.

Eso era precisamente lo que más miedo le daba.

Renata rompió el silencio.

—¿Qué quiso decir con lo de Monterrey?

Andrés intentó sonreír.

—Está confundida.

Renata lo observó fijamente.

—¿Confundida… o mintiéndome tú?

Antes de que pudiera responder, Lucía apareció nuevamente con la bandeja de bebidas.

Colocó una copa frente a Renata.

Luego otra frente a Andrés.

—Champaña, como la solicitaron.

Renata tomó la copa.

—Gracias.

Lucía sonrió con profesionalismo.

—Es un placer.

Después miró a Andrés.

—Para usted también, señor.

La palabra “señor” sonó tan distante que Andrés sintió un vacío en el estómago.

Nunca lo había llamado así.

Lucía estaba a punto de continuar cuando él habló en voz baja.

—Necesitamos hablar.

Ella respondió sin alterar el tono.

—En este momento soy la jefa de cabina.

Mi prioridad son los pasajeros.

Dicho eso, siguió atendiendo el servicio.

Renata dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—Quiero una explicación.

Él respiró hondo.

—Lucía y yo…

Las cosas estaban mal desde hace tiempo.

Ella ya no…

Renata levantó una mano.

—No.

Quiero la verdad.

¿Está casado o no?

Andrés bajó la vista.

—Sí.

El silencio que siguió fue devastador.

Renata permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego soltó una risa breve.

Incrédula.

—Me dijiste que llevabas meses separado.

—Pensaba hacerlo.

—No te pregunté qué pensabas.

Te pregunté qué hiciste.

Él no respondió.

Renata tomó su teléfono.

Abrió la galería.

Había decenas de fotografías de viajes, cenas y fines de semana juntos.

En todas aparecía un hombre que acababa de descubrir que también le había mentido a ella.

—¿Ella sabía de mí?

Andrés negó.

—No.

—Entonces yo tampoco sabía de ella.

Volvió a mirar hacia la cocina del avión.

Lucía estaba ayudando a una pareja de adultos mayores a acomodar su equipaje de mano.

Sonreía con la misma amabilidad con la que recibía a cualquier pasajero.

Renata sintió una punzada de vergüenza.

Había pedido champaña a la esposa del hombre con quien viajaba.

Sin saberlo.


Dos horas después, cuando el servicio terminó, Lucía pasó nuevamente por la cabina ejecutiva.

—¿Desean algo más?

Renata la miró directamente.

—Sí.

Quiero pedirle disculpas.

Andrés levantó la cabeza, sorprendido.

Lucía permaneció en silencio.

Renata continuó.

—No sabía que era su esposo.

Si lo hubiera sabido…

Jamás habría subido a este avión con él.

Lucía sostuvo su mirada unos segundos.

Después respondió con serenidad.

—Gracias por decirlo.

Eso es suficiente.

Y siguió caminando.

Andrés sintió que acababa de perder el control por completo.

No solo sobre su matrimonio.

También sobre la historia que había construido durante meses.


Horas más tarde, con la mayoría de los pasajeros dormidos, Lucía recibió una llamada interna desde la cabina de mando.

El comandante quería hablar con ella.

Entró unos minutos.

Cuando salió, llevaba un sobre en la mano.

Era el sobre que Recursos Humanos entregaba a los jefes de cabina con documentación personal recibida antes del vuelo.

Lucía lo abrió.

Dentro había una carta de un despacho jurídico.

La había recibido esa misma tarde, pero no había tenido tiempo de leerla.

La abrió discretamente.

Las primeras líneas bastaron para comprender.

Sonrió apenas.

Una sonrisa cansada.

No de alegría.

De certeza.

Guardó nuevamente la carta.

Al regresar al pasillo, Andrés volvió a detenerla.

—Lucía…

Por favor.

Ella lo miró con absoluta calma.

—¿Sí, señor?

—Podemos arreglar esto.

Lucía negó despacio.

—No.

Lo que sí podemos hacer es dejar de fingir.

Él tragó saliva.

—¿Qué significa eso?

Ella sostuvo el sobre entre los dedos.

—Significa que el abogado ya presentó la demanda de divorcio esta mañana.

Antes de que este avión despegara.

Andrés sintió que el aire le faltaba.

—¿Qué?

Lucía añadió una última frase antes de continuar con su trabajo.

—La diferencia entre nosotros es que yo no necesité inventar un viaje para tomar una decisión importante.

Y mientras él permanecía inmóvil en su asiento, comprendió que el vuelo a Madrid ya no era el peor viaje de su vida.

Lo peor sería descubrir, al aterrizar, que la carta que Lucía acababa de recibir no solo iniciaba el divorcio.

También contenía los resultados de una auditoría interna sobre el uso de la tarjeta corporativa con la que Andrés había pagado, durante meses, los viajes y hoteles que decía eran “reuniones de negocios”.

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