PARTE 2: LA LLAMADA QUE ARRUINÓ SU IMPERIO

El camión apenas había avanzado dos cuadras cuando el teléfono de Mariana volvió a sonar.

Era su padre.

—No te muevas de donde estás.

Ella miró alrededor.

—Voy rumbo al departamento.

—No llegarás ahí.

La voz de Joaquín Armenta era firme, la misma con la que cerraba negociaciones multimillonarias.

—En tres minutos una camioneta de seguridad te alcanzará. Quiero que subas sin discutir.

Mariana bajó la mirada hacia Leo.

El bebé seguía profundamente dormido, ajeno al terremoto que acababa de empezar.

—Papá…

—¿Te encuentras bien físicamente?

Ella dudó.

—La herida duele mucho.

Hubo un breve silencio.

—¿Y aun así ese hombre te dejó subir sola a un camión?

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—Sí.

Su padre no respondió de inmediato.

Cuando volvió a hablar, su voz era mucho más fría.

—Entonces él tomó una decisión.

Ahora me toca tomar la mía.


Cinco minutos después, el camión se detuvo frente a un semáforo.

Dos camionetas negras se colocaron una delante y otra detrás.

Varios pasajeros miraron por las ventanas con curiosidad.

Un hombre de traje descendió rápidamente.

Subió al camión.

—¿Señora Mariana Armenta?

Ella asintió.

—Soy Héctor Salinas, jefe de seguridad del Grupo Armenta.

Su padre nos envía por usted.

Los pasajeros se hicieron a un lado mientras él tomaba con cuidado la pañalera.

Otra mujer, vestida con uniforme médico, subió detrás de él.

—Soy enfermera.

Su papá pidió que revisara su herida durante el traslado.

Mariana no pudo contener las lágrimas.

No porque estuviera asustada.

Sino porque, en apenas unos minutos, había recibido más cuidado de completos desconocidos que de su propio esposo en cinco días.


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Rodrigo estacionaba la camioneta frente a un exclusivo restaurante en Polanco.

Victoria sonrió satisfecha.

—Así me gusta.

La familia unida.

Daniela bajó primero.

—Qué exagerada salió Mariana.

Mi cesárea fue mucho más fácil.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Siempre encuentra una forma de llamar la atención.

Entraron al restaurante.

El gerente los recibió con entusiasmo.

—Bienvenidos.

Su mesa está lista.

Apenas se sentaron, el teléfono de Rodrigo vibró.

Era una notificación bancaria.

No le prestó mucha atención.

Pensó que sería otro movimiento rutinario de la empresa.

Siguió conversando.

Un minuto después llegó otra.

Y otra.

Y otra más.

Frunció el ceño.

Abrió la aplicación.

Lo primero que vio fue un mensaje en rojo.

Línea de crédito corporativa suspendida temporalmente.

Parpadeó.

Actualizó la pantalla.

Ahora aparecía otra alerta.

Convenio de garantía en revisión.

El color comenzó a desaparecer de su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó Victoria.

—Debe ser un error.

Marcó inmediatamente al director financiero de NexaData.

La llamada fue contestada al segundo tono.

—Rodrigo.

Te estaba buscando.

—¿Qué está pasando con las cuentas?

Del otro lado hubo un silencio incómodo.

—Acaban de llamarnos dos bancos.

Dicen que los socios estratégicos suspendieron todas las líneas hasta nuevo aviso.

Rodrigo se incorporó de golpe.

—¿Qué socios?

—Los vinculados al Grupo Armenta.

Sintió un escalofrío.

—Eso no tiene sentido.

Nunca dependimos de ellos.

El director financiero respiró hondo.

—Creo que sí.

Y más de lo que imaginábamos.

Resulta que, cuando buscábamos financiamiento hace dos años, varios fondos aceptaron reunirse con nosotros porque aparecías como yerno de Joaquín Armenta.

Rodrigo guardó silencio.

—Pensábamos que él solo nos había recomendado una vez…

—No.

Según los documentos que acaban de enviarnos, muchos inversionistas entendieron que existía una relación estratégica estable con su grupo empresarial.

Y ahora todos preguntan exactamente lo mismo.

—¿Qué preguntan?

—Si el señor Armenta retiró su respaldo.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

Miró a su familia.

Ninguno entendía por qué había palidecido.

En ese mismo instante recibió otra llamada.

Esta vez era un inversionista extranjero.

No saludó.

Fue directo al punto.

—Rodrigo.

Acabamos de enterarnos de tu separación con la hija del señor Armenta.

Necesitamos pausar cualquier negociación hasta aclarar la situación.

La llamada terminó antes de que pudiera responder.

Luego llegó otra.

Y otra.

En menos de quince minutos, todas repetían el mismo mensaje.

“Pondremos el proyecto en espera.”

“Reevaluaremos nuestra participación.”

“Esperaremos acontecimientos.”

Rodrigo levantó lentamente la vista.

Por primera vez recordó las últimas palabras que Mariana le había dicho antes de subir al camión.

No habían sido un grito.

Ni una amenaza.

Solo una llamada.

Y, de pronto, comprendió que aquella llamada no había sido para pedir ayuda.

Había sido el momento exacto en que dejó de proteger al hombre que acababa de abandonar a su esposa recién operada y a su hijo de cinco días.

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