PARTE 2: LA FIRMA QUE LO HUNDIÓ

El vestíbulo del banco quedó en silencio.

Mi papá todavía conservaba esa sonrisa confiada.

La misma que usaba cuando estaba convencido de que tenía el control.

—Marisol, ¿verdad? —dijo mirando a la gerente—. Mi hija está pasando por un momento emocional. Nosotros solo administramos ese dinero por su bien.

Yo apreté los puños.

—Ese dinero era mío.

Él ni siquiera me miró.

—Nuestro dinero siempre ha sido de la familia.

Marisol dejó el documento sobre el escritorio con una delicadeza que contrastaba con la tensión del momento.

—Señor Reyes, necesito hacerle unas preguntas.

—Adelante.

—¿Usted presentó este poder notarial para autorizar las transferencias?

—Así es.

—¿Y afirma que la señora Camila Reyes lo firmó voluntariamente?

—Claro que sí.

Marisol asintió lentamente.

Después volvió la pantalla del monitor hacia mí.

—Camila, ¿puede confirmar nuevamente que esta no es su firma?

Observé el documento.

No solo la firma era incorrecta.

Había algo más.

Mi respiración se detuvo.

—La fecha…

Marisol levantó una ceja.

—¿Qué ocurre con la fecha?

Señalé el documento.

—Dice que firmé este poder el 18 de febrero.

Ese día yo estaba en una capacitación obligatoria de mi empresa en Sacramento.

No estuve ni siquiera en San Diego.

Mi papá intervino enseguida.

—Seguro estás confundida.

Lo miré por primera vez desde que había entrado.

—No.

Porque esa capacitación quedó registrada con control biométrico, acceso con huella y videograbación.

El color empezó a desaparecer de su rostro.

Marisol tomó unas notas.

—Entiendo.

Luego hizo otra pregunta.

—¿Conoce personalmente a la notaria Patricia Salcedo?

Mi padre respondió demasiado rápido.

—Claro.

Ella certificó muchos documentos familiares.

Marisol respiró despacio.

—Eso sería imposible.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

La gerente deslizó otra hoja sobre el escritorio.

Era un registro oficial.

—Porque Patricia Salcedo falleció hace catorce meses.

Y este documento dice haber sido certificado hace apenas tres semanas.

Daniela dejó escapar un pequeño jadeo.

Mi mamá giró lentamente hacia mi padre.

—Gustavo…

Él intentó recuperar la compostura.

—Debe ser un error administrativo.

Marisol negó con calma.

—No parece un error.

Tomó el teléfono de su escritorio.

Marcó una extensión interna.

—Departamento de Riesgos, por favor.

Necesito activar un protocolo por posible fraude documental.

Mi papá dio un paso adelante.

—No hace falta llegar tan lejos.

Ella levantó la mano.

—Sí hace falta.

Porque cuando una transferencia supera cierto monto y está respaldada por documentación posiblemente falsificada, el banco tiene la obligación de inmovilizar los fondos mientras se investiga.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Eso significa…?

Marisol me miró.

—Si el dinero sigue en las cuentas receptoras, podemos solicitar un congelamiento preventivo antes de que sea retirado.

Mi padre abrió mucho los ojos.

—¡No pueden hacer eso!

La gerente mantuvo el mismo tono sereno.

—Sí podemos.

Especialmente cuando existe una denuncia inmediata de la titular de la cuenta y hay indicios razonables de falsificación.

Daniela empezó a ponerse nerviosa.

—Papá…

¿Tú dijiste que todo era legal?

Él no respondió.

Solo seguía mirando el teléfono de Marisol.

En ese momento llegaron dos empleados del área de seguridad bancaria.

No llevaban armas.

Pero su presencia cambió por completo el ambiente.

Uno de ellos habló con educación.

—Señor Reyes, le pedimos que permanezca en el banco mientras finalizamos la verificación de los documentos.

Mi padre sonrió con rigidez.

—¿Me están reteniendo?

—No.

Le estamos solicitando que espere.

Su negativa quedará registrada en el expediente.

Durante unos segundos nadie dijo una palabra.

Yo observaba a mi familia.

Mi madre evitaba mirarme.

Daniela tenía los ojos llenos de lágrimas.

Y el hombre que siempre había dicho que todo lo hacía “por mi bien” empezaba a comprender que, por primera vez, no podía controlar la situación.

Fue entonces cuando el teléfono de Marisol sonó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió.

Colgó lentamente.

Después abrió un segundo expediente en la computadora.

Miró a mi padre.

Luego volvió a mirarme.

Y pronunció una frase que hizo que el rostro de Gustavo Reyes perdiera todo el color.

—Señor Reyes… este no es el único poder notarial que aparece registrado a su nombre.

También encontramos otros tres documentos con la misma notaria… utilizados para mover dinero y propiedades de distintas personas durante el último año.

Y, en este momento, la Unidad de Delitos Financieros acaba de solicitar que nadie abandone el edificio hasta que lleguen los investigadores.

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