PARTE 2: EL VIDEO QUE ELLA NUNCA IMAGINÓ

Renata todavía estaba gritando cuando cerré la puerta del patio.

Mi madre caminaba apoyada en mi brazo. Sentía cómo le temblaban las manos, pero ya no era solo por el miedo. Era el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo soportando humillaciones en silencio.

La senté en el sofá de la sala.

—Mamá, mírame.

Ella evitó mis ojos.

—Perdóname, hijo. Yo pensé que, si obedecía, ella dejaría de pelear contigo.

Sentí un nudo en la garganta.

—La única que tiene que pedir perdón aquí no eres tú.

Renata entró unos segundos después, aplaudiendo con una sonrisa llena de desprecio.

—Qué escena tan conmovedora. ¿Ya terminaron de hacerse las víctimas?

Se acercó con una carpeta negra en la mano.

La dejó caer sobre la mesa de centro.

—Aquí está el poder notarial. Mañana a las diez lo firmas y todo esto termina.

No abrí la carpeta.

Saqué mi teléfono.

Ella arqueó una ceja.

—¿Vas a llamar a alguien?

Negué con la cabeza.

—No.

Presioné reproducir.

La sala se llenó con una voz perfectamente reconocible.

“Si no firmas, tu madre termina en un asilo donde nadie la visite…”

La sonrisa de Renata desapareció.

En la grabación siguió escuchándose su voz.

“Nadie va a creerle a una vieja como ella. Con dinero se consiguen médicos, abogados y hasta testigos.”

Mi madre levantó la cabeza lentamente.

Renata dio un paso hacia mí.

—Apaga eso.

No respondí.

El siguiente audio comenzó inmediatamente.

Era de una semana antes.

“Empújala un poco más. Mientras parezca un accidente, nadie preguntará nada.”

Esta vez incluso yo sentí un escalofrío al volver a escucharlo.

Renata abrió mucho los ojos.

—¿Me estabas grabando?

—Desde hace tres semanas.

La tranquilidad con la que lo dije hizo más daño que cualquier grito.

Ella intentó quitarme el teléfono.

Lo guardé en el bolsillo.

—Eso es ilegal.

—Lo decidirá un juez.

Por primera vez desde que la conocía, Renata perdió el control.

Tomó la carpeta y la lanzó contra la pared.

—¡No puedes probar nada!

—Ya está probado.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—¿Qué hiciste?

La miré fijamente.

—Esta mañana mi abogada presentó una solicitud de medidas de protección para mi madre, una demanda de divorcio y una carpeta con todas las grabaciones.

El silencio cayó sobre la sala.

Renata palideció.

—Estás mintiendo.

En ese mismo instante sonó el timbre.

Los tres nos quedamos inmóviles.

Volvió a sonar.

Abrí la puerta.

Dos actuarios del juzgado familiar estaban de pie junto a una mujer de traje oscuro.

Mi abogada, Laura Medina.

—Buenas tardes, señor Alejandro.

Me entregó un sobre oficial.

—El juez autorizó las medidas provisionales hace cuarenta minutos.

Renata apareció detrás de mí.

—¿Qué significa eso?

Laura la observó con absoluta serenidad.

—Significa que, a partir de este momento, tiene prohibido intimidar, amenazar o acercarse a la señora Carmen mientras el procedimiento esté en curso.

Renata soltó una risa nerviosa.

—Esto es ridículo.

La actuaria abrió el expediente.

—También queda notificada de la demanda de divorcio y de la solicitud de separación inmediata del domicilio por presunta violencia familiar y violencia patrimonial.

La carpeta negra resbaló de las manos de Renata.

Por primera vez, ya no tenía ninguna respuesta preparada.

Y lo que todavía ignoraba era que las grabaciones no eran la única prueba que la esperaba en los tribunales.

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