Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
La carpeta decía:
PLAN FINAL
Sentí que el pulso me retumbaba en los oídos.
Hice clic.
Dentro no había fotografías.
Ni videos.
Había un documento perfectamente organizado, con horarios, nombres y tareas.
La primera línea decía:
“Aniversario de bodas – 20:00 horas.”
Seguí leyendo.
19:30 – Llegar con flores y regalo.
20:00 – Cena en casa.
20:20 – Hablar del futuro del restaurante.
20:40 – Presentar el poder notarial.
21:00 – Si Mariana duda, intervenir Valeria por videollamada para convencerla de que venda y descanse.
Debajo aparecía una última anotación.
“No discutir. Mantenerla tranquila hasta que firme.”
El documento terminaba con una frase que me dejó helada.
“Una vez firmado el poder, el comprador deposita el anticipo al día siguiente.”
Cerré los ojos un instante.
No hablaban de un matrimonio.
Hablaban de una operación comercial.
Y yo era el obstáculo.
Tomé fotografías de todo.
De los correos.
De la demanda de divorcio.
Del documento.
Del frasco de ipecacuana.
No moví nada de lugar.
Volví a guardar cada hoja exactamente como la había encontrado.
Si Daniel sospechaba que yo sabía algo, cambiaría de estrategia.
Y necesitaba saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Antes de salir del estudio llamé a Sofía.
Contestó de inmediato.
—¿Encontraste algo?
Respiré profundamente.
—Una demanda de divorcio, un plan para vender el restaurante, un frasco de ipecacuana… y mi hermana está involucrada.
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—¿Estás completamente segura de lo del frasco?
—Sí.
—No consumas absolutamente nada que él prepare.
Miré la cocina.
La cafetera seguía limpia.
Las tazas estaban acomodadas como cada mañana.
De pronto, aquel lugar dejó de parecerme mi casa.
—¿Qué hago ahora?
La voz de Sofía se volvió firme.
—Primero, conserva toda la evidencia.
—Segundo, si vuelves a sentirte mal, guarda cualquier bebida o alimento que hayas consumido antes de ir al médico.
—Y tercero…
Hizo una pausa.
—No le digas que ya lo descubriste.
A las siete y media de la noche escuché las llaves en la puerta.
Daniel entró sonriendo, con un enorme ramo de rosas blancas.
—¡Feliz aniversario, amor!
Se acercó para besarme.
Di un paso apenas perceptible hacia atrás.
No pareció notarlo.
—Te ves cansada —dijo mientras dejaba las flores sobre la mesa.
Las mismas palabras de siempre.
Las mismas que llevaba escuchando durante tres meses.
—Ha sido un día pesado.
Él me acarició el hombro.
—No te preocupes. Muy pronto ya no tendrás que hacerte cargo del restaurante.
Lo miré fijamente.
—¿Por qué dices eso?
Sonrió con naturalidad.
—Porque quiero que descanses.
La misma frase que aparecía en el documento.
Exactamente la misma.
Mientras preparaba la cena, abrió un gabinete de la cocina.
Sacó dos copas.
Después tomó una botella de vino.
Y, creyendo que yo no lo veía, metió la mano en el bolsillo interior del saco.
Solo fue un segundo.
Pero distinguí un pequeño frasco de vidrio color ámbar.

Muy parecido al que acababa de encontrar en el estudio.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Él todavía no había servido el vino.
Aún no había puesto las copas sobre la mesa.
Y comprendí, con un miedo que me recorrió de pies a cabeza, que el verdadero plan quizá no estaba guardado en aquella carpeta.
Podía estar a punto de comenzar frente a mis propios ojos.