PARTE 2 — EL SECRETO QUE GUARDÉ DIEZ AÑOS

Mi padre fue el primero en hablar.

—Emma… entra.

Diez años atrás me había ordenado salir de aquella casa.

Ahora parecía aterrorizado de que alguien pudiera verme en el porche.

Eso confirmó algo que llevaba años sospechando.

—Primero quiero que miren a Leo.

Mi madre lo hizo.

Sus ojos recorrieron su cabello oscuro, su mandíbula y aquella pequeña marca junto a la ceja izquierda.

Entonces comenzó a llorar.

—Dios mío.

Leo me agarró la mano.

—Mamá, ¿qué pasa?

Me arrodillé frente a él.

—Nada que hayas hecho tú.

Después miré a mis padres.

—Su padre se llamaba Nathan Caldwell.

Mi madre dejó escapar un sollozo.

Mi padre retrocedió.

Leo frunció el ceño.

—¿Lo conocen?

—Sí —respondí.

Nathan había sido el hijo de Richard Caldwell, propietario de una de las compañías más poderosas de nuestra ciudad.

También había sido mi novio en secreto.

Tenía veinte años.

Y murió en un accidente automovilístico cinco días antes de que yo descubriera que estaba embarazada.

Leo apretó mi mano.

—¿Mi papá murió?

Asentí.

—Antes de saber que existías.

Mi padre se dejó caer en una silla.

—Por eso no podías decirnos…

—No.

Lo interrumpí.

—Todavía falta una parte.

Saqué de mi bolso un sobre envejecido.

—La noche antes del accidente, Nathan vino aquí.

Mi madre cerró los ojos.

—Emma…

—¿Qué?

La miré.

—¿Por qué reaccionas así?

Entonces comprendí.

—Tú lo viste.

Mi madre empezó a temblar.

—Nathan habló con tu padre.

Miré al hombre que me había expulsado.

—¿Sobre qué?

Mi padre permaneció callado.

Así que abrí el sobre.

Dentro había una carta que Nathan había dejado en mi casillero universitario.

La había encontrado después de su funeral.

Nathan había descubierto irregularidades financieras dentro de Caldwell Industries.

Millones desaparecidos.

Contratos falsificados.

Y una sociedad secreta.

Leí el nombre escrito en la última página.

Robert Hayes.

Mi padre.

Leo no entendía.

Yo sí.

—Nathan descubrió que trabajabas con su padre.

Mi padre levantó la cabeza.

—No sabes lo que ocurrió.

—Entonces dime por qué Nathan escribió que tenía miedo.

Silencio.

Mi madre lloraba.

Finalmente, mi padre habló.

—Richard Caldwell estaba desviando dinero.

—¿Y tú lo ayudabas?

—Yo llevaba su contabilidad.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Nathan encontró los registros.

—Sí.

—¿Y vino aquí?

Mi padre asintió.

—Quería denunciarnos.

La palabra nos me atravesó.

—¿Qué ocurrió después?

—Le pedí veinticuatro horas.

—Cinco horas después murió.

Mi padre palideció.

—Yo no lo maté.

—Nunca dije que lo hicieras.

Entonces entendió lo que acababa de revelar.

Leo se acercó más a mí.

Mi madre susurró:

—Por eso queríamos que interrumpieras el embarazo.

La miré horrorizada.

—¿Qué?

—Richard sabía que estabas embarazada.

Mi padre finalmente levantó los ojos.

—Y sabía que Nathan había preparado algo para su hijo.

Saqué un segundo documento.

—Lo sé.

Mi padre se quedó inmóvil.

Durante diez años había guardado aquello.

El testamento de Nathan.

Había sido firmado dos semanas antes de morir.

Si tenía un hijo biológico, todas las acciones que Nathan poseía en Caldwell Industries pasarían a ese niño mediante un fideicomiso.

Leo acababa de cumplir diez años.

Y una cláusula del fideicomiso entraba en vigor precisamente en su décimo cumpleaños.

Mi padre miró a Leo.

—¿Cuánto heredó?

—No regresé por dinero.

—Emma, ¿cuánto?

Lo miré.

—El treinta y siete por ciento de Caldwell Industries.

Mi madre se cubrió la boca.

Pero esa tampoco era la verdadera razón de mi regreso.

Saqué mi teléfono.

—Hace tres semanas, los abogados del fideicomiso me entregaron los archivos privados de Nathan.

Mi padre dejó de respirar.

—¿Qué archivos?

—Los que escondió antes de morir.

Transferencias.

Correos electrónicos.

Grabaciones.

Y una copia del informe que planeaba entregar a las autoridades.

Mi padre se levantó.

—Emma, escúchame.

—Te escuché hace diez años.

Mi voz permaneció tranquila.

—Me dijiste que eligiera entre mi hijo y esta familia.

Miré a Leo.

—Elegí correctamente.

Entonces un automóvil negro se detuvo frente a la casa.

Dos hombres bajaron.

Mi padre se acercó a la ventana.

—¿Quiénes son?

Guardé el teléfono.

—Abogados de Leo.

Su rostro se descompuso.

—¿Por qué están aquí?

—Porque hay una última cosa que Nathan dejó escrita.

Abrí la puerta.

—Dijo que si alguna vez le ocurría algo, investigaran a la última persona que lo vio con vida.

Mi padre dejó de moverse.

Lo miré directamente.

—Y según los registros de Nathan…

Hice una pausa.

—Esa persona fuiste tú.

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