Mariana no respondió de inmediato.
Siguió mirando la fotografía mientras la lluvia golpeaba el parabrisas de su automóvil.
Rodrigo sonreía como un hombre sin preocupaciones. La mujer pelirroja apoyaba la cabeza sobre su hombro con una confianza que no nacía de un romance reciente. Aquello llevaba tiempo.
Mucho tiempo.
El teléfono seguía en su oído.
—¿Estás ahí? —preguntó Damián.
—Sí.
Su voz salió sorprendentemente firme.
—Quiero saber todo.
—Ya empecé a revisar los movimientos internos de TechNova MX. Hay cosas que no cuadran.
—¿Qué encontraste?
—Transferencias pequeñas, pero constantes. Contratos con proveedores recién creados. Facturas infladas. Nada lo bastante grande para llamar la atención por separado… pero juntos suman varios millones de dólares.
Mariana cerró los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Hace casi un año.
Un año.
Mientras ella trabajaba quince horas al día buscando inversionistas, Rodrigo ya estaba vaciando la empresa poco a poco.
…
A la mañana siguiente llegó a las oficinas de TechNova MX como si nada hubiera ocurrido.
Saludó al personal.
Sonrió.
Entró a su oficina.
Nadie sospechó que llevaba en el bolso una copia de su expediente de divorcio.
Ni siquiera Rodrigo.
Él apareció pocos minutos después con un café en la mano.
—Buenos días, amor.
Le dio un beso en la mejilla.
Mariana sintió un escalofrío.
Dos meses.
Durante dos meses aquel hombre la había llamado “amor” siendo legalmente un extraño.
—¿Cómo te fue con la licenciada? —preguntó él con aparente naturalidad.
Ella sostuvo su mirada.
—Todo tranquilo. Solo asuntos de la herencia.
Rodrigo sonrió.
—Me alegra.
No preguntó cuánto había heredado.
Ni mostró curiosidad.
Aquello confirmó la sospecha de Mariana.
Él ya conocía perfectamente la cláusula del testamento.
…
Media hora después comenzó la junta directiva.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Entró la mujer pelirroja de la fotografía.
Alta.
Elegante.
Traje blanco impecable.
—Buenos días. Soy Valeria Sosa. Desde hoy asumiré oficialmente la Dirección Financiera.
Los aplausos llenaron la sala.
Mariana permaneció inmóvil.
Rodrigo tomó la palabra.
—Valeria viene de liderar procesos de expansión internacional y será una pieza clave para el crecimiento de TechNova.
Valeria sonrió.
Luego miró directamente a Mariana.
—Será un placer trabajar contigo.
Aquella sonrisa no era amable.
Era un desafío.
…
Terminada la reunión, Damián volvió a llamar.
—Acabo de descubrir algo más.
—Habla.
—Valeria no llegó ahora.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Lleva once meses apareciendo como asesora externa en pagos internos.
Mariana sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Once meses…
—Y hay otra cosa.
—¿Qué?
Damián respiró hondo antes de responder.
—Rodrigo ya no posee prácticamente nada a su nombre.
Ella tardó unos segundos en entender.
—¿Cómo?
—Vendió su departamento, transfirió inversiones, vació sus cuentas y movió todo a empresas controladas por terceros.
Mariana comprendió de inmediato.
Si algún día ella descubría el fraude…
No habría bienes que embargar.
Todo estaba preparado.
Todo.
Hasta el divorcio.
…
Aquella noche Mariana regresó sola a la casa donde todavía vivía con Rodrigo.
Él estaba cocinando.
Como cualquier esposo atento.
—Preparé tu pasta favorita.
Ella dejó el bolso sobre la mesa.
—Gracias.
Durante la cena él habló de vacaciones.
De nuevos proyectos.
De comprar una casa frente al mar.
Cada palabra sonaba ahora como una mentira cuidadosamente ensayada.
Cuando Rodrigo subió a ducharse, Mariana abrió discretamente el cajón de su escritorio.
Encontró un segundo teléfono móvil.
Lo encendió.
No tenía contraseña.
La primera conversación estaba fijada arriba.
Valeria.
El último mensaje había sido enviado apenas veinte minutos antes.
“No te preocupes. Ella todavía no sospecha nada. Después de que firme la venta de las acciones, desapareceremos antes de que pueda reaccionar.”
Mariana dejó el teléfono exactamente donde estaba.
No hizo ningún escándalo.
No rompió nada.
No lloró.
Simplemente tomó una fotografía de toda la conversación con su propio celular.

Y, mientras el sonido de la ducha seguía escuchándose en el piso de arriba, sonrió por primera vez desde la muerte de su padre.
Porque Rodrigo todavía creía que ella era la víctima perfecta.
Lo que él no sabía…
Era que esa misma tarde Damián había conseguido una orden judicial para congelar discretamente todos los movimientos financieros relacionados con TechNova.
Y el fraude de millones estaba a punto de convertirse en una trampa… de la que ni Rodrigo ni Valeria podrían escapar.