PARTE 2: EL SECRETO DE VICTORIA

Durante varios segundos no pude apartar los ojos de la firma de mi madre.

VICTORIA MORETTI.

Debajo había una fecha.

Cuatro años atrás.

Tres días después de la última noche que pasé con Sophia.

—Enzo —dije—. ¿Tú sabías esto?

Mi primo permaneció junto a la puerta del estudio.

—Sabía que tu madre habló con Sophia.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Y nunca pensaste que debía saberlo?

—No sabía lo que había en ese archivo.

—Pero sabías que se reunió con ella.

Enzo cerró los ojos.

—Sí.

Aquella única palabra dolió más de lo esperado.


Volví a los documentos.

Había transferencias mensuales durante casi dos años.

Una dirección en Connecticut.

Honorarios legales.

Gastos médicos.

Y un acuerdo de confidencialidad que establecía que Sophia no debía ponerse en contacto conmigo ni acercarse a propiedades relacionadas con los Moretti.

Pero algo no encajaba.

Sophia jamás habría aceptado dinero para desaparecer.

No la mujer que yo conocía.

Llegué a una cláusula manuscrita.

«Protección para la menor incluida».

Sentí que el corazón se detenía.

—¿La menor?

Enzo se acercó.

Leyó por encima de mi hombro.

Su rostro perdió el color.

Ambos pensamos lo mismo.

Lily.


Bajé las escaleras.

La fiesta seguía funcionando como si mi vida no acabara de partirse en dos.

Isabella me vio primero.

—Dominic, ¿dónde estabas? Tenemos que hacer el brindis.

Pasé junto a ella.

Mi madre estaba hablando con dos invitados.

—Mamá.

Victoria se volvió.

Cuando vio la carpeta, palideció.

—Al estudio. Ahora.

No levanté la voz.

No hizo falta.


Isabella intentó seguirnos.

—Dominic…

—Necesito hablar con mi madre.

—Soy tu prometida.

La miré.

—Precisamente por eso necesito entender qué está pasando antes de decir una palabra más.

Su expresión cambió.

Pero retrocedió.


Victoria entró al estudio.

Cerré la puerta.

Coloqué la carpeta frente a ella.

—Explícamelo.

Mi madre permaneció en silencio.

—¿Le pagaste a Sophia para que desapareciera?

—No fue así.

—Entonces dime cómo fue.

Victoria se sentó lentamente.

Por primera vez no parecía la matriarca Moretti.

Parecía una mujer cansada.

—Sophia vino a verme.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Mi madre levantó los ojos.

—Porque estaba embarazada.

El mundo se detuvo.


No escuché nada durante varios segundos.

—¿Qué dijiste?

—Sophia estaba embarazada cuando desapareció.

Miré hacia la puerta.

En algún lugar debajo de aquellas escaleras estaba una niña de tres años con mis ojos.

—Lily.

Victoria cerró los ojos.

—Sí.

Tuve que apoyarme contra el escritorio.

—¿Es mi hija?

—Eso decía Sophia.

Sentí una furia tan intensa que me sorprendió mi propia calma.

—¿Y tú decidiste que yo no debía saberlo?

—Decidí mantenerlas vivas.

Aquello me detuvo.


—Explícate.

Victoria respiró profundamente.

—Cuatro años atrás estabas entrando en una guerra que apenas recuerdas ahora porque ganaste.

La miré fijamente.

—Recuerdo perfectamente.

Los Bellandi.

Rutas portuarias.

Contratos.

Dos hombres muertos.

Uno desaparecido.

Habíamos llamado a aquello negocios porque palabras más precisas atraían demasiadas preguntas.

—Tus enemigos vigilaban todo lo que amabas —continuó—. Sophia estaba embarazada. Si descubrían quién era…

—Podías habérmelo contado.

—Y tú habrías hecho exactamente lo que siempre haces.

—¿Qué?

—Declarar la guerra al mundo entero.


Apreté los puños.

—Era mi hija.

—Y sigue viva.

La frase me golpeó.

Victoria continuó:

—Sophia aceptó marcharse porque recibió amenazas.

—¿De quién?

Mi madre guardó silencio.

—¿De quién?

—No lo sabíamos.

Me acerqué.

—¿Y el dinero?

—Protección. Vivienda. Gastos médicos.

—¿El acuerdo de confidencialidad?

Victoria bajó la mirada.

—Mi abogado insistió.

Solté una risa amarga.

—Qué conveniente.


—¿Dónde está Sophia ahora?

Mi madre levantó lentamente los ojos.

—No lo sé.

—Lily trabaja aquí con su madre.

—No.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—La mujer que trabaja aquí no es Sophia.

Sentí un escalofrío.

—Lily dijo que su madre estaba aquí.

—Su cuidadora, Maria Alvarez, trabaja en la cocina. Lily la llama mamá algunas veces.

El aire abandonó mis pulmones.

—Entonces, ¿dónde está Sophia?

Victoria comenzó a llorar.

—Eso es lo que no sé.


Mandé buscar a Maria.

Llegó diez minutos después llevando a Lily de la mano.

La niña seguía sujetando la fotografía.

Maria parecía aterrorizada.

—Señor Moretti…

Me arrodillé frente a Lily.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asintió.

—¿Sophia es tu mamá?

La pequeña miró la fotografía.

—Sí.

—¿Dónde está?

Sus labios comenzaron a temblar.

—Se fue al doctor.

Maria cerró los ojos.

Me levanté.

—Explíqueme.


Maria respiró profundamente.

—Sophia enfermó hace siete meses.

—¿Qué tiene?

—Leucemia.

Sentí que algo me golpeaba el pecho.

—¿Dónde está?

—Recibiendo tratamiento.

—¿Por qué Lily está aquí?

Maria comenzó a llorar.

—Porque Sophia me pidió que cuidara de ella mientras estaba hospitalizada. Yo conseguí trabajo temporal aquí porque necesitaba dinero.

Miró a Victoria.

—No sabía que esta era su casa.

Mi madre palideció.

Aquello sí parecía verdad.

Una coincidencia cruel había llevado a Lily directamente hasta mi escalera.


—¿Sophia sabe que Lily está aquí?

Maria negó.

—Cree que vivimos conmigo en Queens.

—Quiero verla.

Maria retrocedió.

—Señor Moretti…

—No voy a hacerle daño.

—Ella tiene miedo de usted.

Aquellas palabras me atravesaron.

—¿De mí?

Maria me observó.

—Sophia cree que usted fue quien la obligó a marcharse.

Giré lentamente hacia mi madre.

Victoria perdió el color.


—¿Qué le dijiste?

—Dominic…

—¿Qué le dijiste?

Mi madre cerró los ojos.

—Que las instrucciones venían de ti.

El silencio fue absoluto.

—Le dijiste que yo sabía que estaba embarazada.

Victoria comenzó a llorar.

—Sí.

Sentí que el mundo entero se inclinaba.

Durante cuatro años yo había creído que Sophia me había abandonado.

Durante cuatro años Sophia había creído que yo había rechazado a nuestra hija.


—¿Por qué?

—Porque necesitaba que no intentara volver.

—Podías haberle dicho la verdad.

—La verdad habría hecho que esperara por ti.

Victoria levantó la voz por primera vez.

—¡Y esperar por ti podía matarla!

No respondí.

Porque una parte de mí comprendía el miedo.

Pero comprenderlo no significaba perdonarlo.


—Quiero la dirección del hospital.

Maria me la dio.

Cuando abrí la puerta, Isabella estaba esperando afuera.

Había escuchado suficiente.

Su rostro estaba blanco.

—Tienes una hija.

—Parece que sí.

—Con Sophia.

Asentí.

Isabella miró el anillo en su mano.

Después hacia el salón donde doscientas personas esperaban nuestro brindis.

—¿Qué significa esto para nosotros?

La pregunta era justa.

Pero yo no tenía una respuesta justa.

—Significa que esta fiesta termina ahora.


Isabella cerró los ojos.

—¿Y nuestro compromiso?

—No voy a decidir nuestro futuro mientras acabo de descubrir que tengo una hija y que Sophia está enferma.

Sus labios temblaron.

Finalmente se quitó el anillo.

No me lo arrojó.

Lo colocó sobre una mesa.

—Entonces no me tengas esperando mientras decides si sigo siendo tu segunda opción.

Y se marchó.


Cuarenta minutos después llegué al hospital.

Maria había llamado antes.

Sophia aceptó verme.

Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa.

Entré en su habitación solo.

Estaba junto a la ventana.

Más delgada.

El cabello corto después del tratamiento.

Pero era ella.

Cuatro años desaparecieron en un segundo.

—Sophia.

Se volvió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dominic.

Ninguno se movió.


Finalmente pregunté:

—¿Lily es mi hija?

Sophia cerró los ojos.

—Sí.

Una palabra.

Tres años de vida que nunca había visto.

—¿Por qué no me dijiste?

Su expresión cambió.

—¿Estás bromeando?

Me quedé inmóvil.

—Tu madre me dijo que tú habías ordenado que desapareciera.

—Mintió.

Sophia palideció.

—¿Qué?

—Nunca supe que estabas embarazada.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Dominic…

—Te busqué durante seis meses.

Se cubrió la boca.

Y entonces comprendimos cuánto nos habían robado.


Me senté.

—Quiero una prueba de paternidad.

Sophia asintió inmediatamente.

—Por supuesto.

—Y quiero conocer a Lily.

—Si eres su padre, tienes derecho a formar parte de su vida.

Su voz se quebró.

—Pero hazlo despacio. Ella ya ha perdido demasiadas cosas.

Aquella frase me hizo sentir vergüenza.

Yo estaba pensando en cuatro años perdidos.

Sophia estaba pensando en nuestra hija.


—¿Por qué conservaste mi fotografía?

Sophia sonrió tristemente.

—Porque Lily preguntaba por su papá.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué le dijiste?

—Que eras alguien que una vez me quiso mucho.

Bajó la mirada.

—Nunca quise enseñarle a odiarte, aunque creía que tú no la querías.

No pude responder.


Entonces Sophia abrió el cajón de su mesita.

Sacó un sobre.

—Hay algo que debes ver.

—¿Qué?

—La razón por la que finalmente acepté hablar contigo.

Me entregó una carta.

No reconocí la letra.

—Llegó hace dos semanas.

La abrí.

Solo había una frase.

«MORETTI TODAVÍA NO SABE QUE LA NIÑA EXISTE. MANTÉNLO ASÍ SI QUIERES QUE ELLA SIGA VIVA».

Sentí que la sangre se me helaba.


—¿Se lo enseñaste a la policía?

—Sí. También al hospital.

Eso me tranquilizó ligeramente.

Sophia continuó:

—Pensé que quien me amenazó cuatro años atrás había regresado.

—¿Conservaste aquellas amenazas?

Asintió.

Sacó una memoria USB.

—Todo está aquí.

No la toqué.

—Se la entregaremos a las autoridades y a mi abogado. Quiero que esto se investigue correctamente.

Sophia me observó sorprendida.

Tal vez esperaba al Dominic que resolvía problemas de otra manera.

Yo también conocía a ese hombre.

Pero ahora había una niña de tres años observándome.

No quería que heredara mis guerras.


A la mañana siguiente llegaron los primeros resultados preliminares de la investigación privada y legal que mis abogados habían iniciado años atrás.

Enzo entró en mi despacho.

—Encontramos algo sobre los pagos de Victoria.

—¿Qué?

—Alguien estuvo desviando parte del dinero destinado a la protección de Sophia.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—Todavía estamos verificándolo.

—Entonces verifica antes de acusar.

Enzo asintió.

Después colocó una copia de un registro bancario frente a mí.

Una de las cuentas receptoras estaba vinculada a una sociedad llamada IV Consulting.

Sentí un escalofrío.

IV.

Isabella Vitale.


—No.

Enzo levantó una mano.

—No sabemos si tiene relación con Isabella. Solo coincide el nombre.

Tenía razón.

Necesitábamos hechos.

Pero algo dentro de mí comenzó a inquietarse.

—¿Desde cuándo existe esa sociedad?

—Cuatro años y dos meses.

Dos meses antes de que Sophia desapareciera.


Esa tarde regresé al hospital.

Sophia dormía.

Lily estaba sentada junto a ella dibujando.

Me acerqué lentamente.

—Hola.

La niña levantó la cabeza.

—Hola.

—¿Puedo sentarme?

Asintió.

Me senté junto a ella.

Estaba dibujando tres personas.

—¿Quiénes son?

Señaló la primera.

—Mami.

La segunda.

—Yo.

Después señaló al hombre.

—Ese eres tú.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Cómo sabes?

Lily sonrió.

—Porque tienes mis ojos.

Tuve que mirar hacia otro lado.


Esa noche recibí los resultados.

La probabilidad de paternidad era superior al 99,9 %.

Lily era mi hija.

Me quedé solo en el despacho durante casi una hora leyendo su nombre.

LILY CARTER.

Mi hija.


Entonces Enzo llamó.

—Dominic, encontramos al administrador original de IV Consulting.

—¿Quién?

Hubo una pausa.

—Un abogado llamado Anthony Vitale.

El padre de Isabella.

Sentí que el cuerpo se me helaba.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Isabella figura en los documentos?

—No directamente.

Respiré profundamente.

No iba a condenarla por los actos de su padre.

—Quiero pruebas antes de que alguien diga una palabra.

—Hay algo más.


Enzo envió una fotografía.

Era un registro de visitantes de la antigua residencia de mi madre.

Fecha: cuatro años atrás.

Sophia Carter.

Victoria Moretti.

Anthony Vitale.

Los tres habían estado allí la misma tarde.

—Mi madre dijo que no sabía quién amenazó a Sophia.

—Lo sé.

—Entonces mintió otra vez.

—Eso parece.


Regresé a la mansión.

Victoria estaba sola en el comedor.

Dejé el registro frente a ella.

—Última oportunidad.

Mi madre miró el nombre de Anthony.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Dominic…

—¿Quién amenazó a Sophia?

Victoria comenzó a llorar.

—Anthony.

Cerré los ojos.

—¿Por qué?

—Porque descubrió que estaba embarazada.

—Eso no responde mi pregunta.

Mi madre respiró profundamente.

—Anthony llevaba años planeando unir nuestras familias.

Sentí un escalofrío.

—Isabella.

Victoria asintió.


—¿Isabella sabía?

—No lo sé.

—No vuelvas a mentirme.

—¡No lo sé!

Parecía sinceramente aterrorizada.

—Anthony quería que te casaras con su hija. Sophia y el bebé destruían ese plan.

Sentí náuseas.

—¿Y tú colaboraste con él?

Victoria negó desesperadamente.

—Al principio creí que podíamos enviar a Sophia lejos y protegerla. Cuando comprendí hasta dónde estaba dispuesto a llegar Anthony, ya había cometido demasiados errores.


—¿Por qué no me lo dijiste después?

Mi madre bajó la cabeza.

—Porque Anthony tenía algo contra nuestra familia.

—¿Qué?

Silencio.

—Mamá.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Documentos de tu padre.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué documentos?

Victoria me miró.

—Pruebas de una operación que ocurrió hace veintisiete años.

—¿Qué operación?

Ella cerró los ojos.

—La que convirtió a los Moretti en lo que somos.


Antes de que pudiera continuar, sonó mi teléfono.

Sophia.

Contesté inmediatamente.

Pero no era ella.

Era una enfermera.

—Señor Moretti, Sophia Carter ha desaparecido de su habitación.

Me puse de pie.

—¿Qué quiere decir con desaparecido?

—Su cama está vacía. Seguridad está revisando las cámaras.

Sentí que el corazón golpeaba mi pecho.

—¿Y Lily?

Hubo una pausa.

—La niña está segura con el personal.

Respiré.

Al menos Lily estaba allí.


Quince minutos después recibí una fotografía desde un número desconocido.

Sophia estaba sentada dentro de un automóvil.

Parecía consciente.

No vi armas.

No vi sangre.

Debajo había un mensaje.

«PREGÚNTALE A VICTORIA QUÉ PASÓ EN EL MUELLE 14 EN 1998».

Miré a mi madre.

Cuando pronuncié aquellas palabras, dejó caer su copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

—¿Qué pasó en el muelle 14?

Victoria comenzó a negar.

—Dominic, hay cosas que tu padre quiso llevarse a la tumba.

—Mi padre está muerto.

Ella levantó la mirada.

Y el miedo en sus ojos fue peor que cualquier respuesta.

—Eso es precisamente lo que Anthony Vitale quería que todos creyéramos.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué estás diciendo?

Mi madre respiró profundamente.

—TU PADRE NO MURIÓ EN SICILIA, DOMINIC.

Sentí que el mundo se detenía.

Victoria comenzó a llorar.

—ESTÁ VIVO. Y SI SOPHIA HA DESAPARECIDO ESTA NOCHE, ES POSIBLE QUE ÉL SEA LA RAZÓN.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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