Subí las escaleras sin mirar atrás.
Desde el salón escuché la voz de mi madre.
—Déjenlo solo. Necesita aceptar lo ocurrido.
Cerré la puerta de mi dormitorio.
Después saqué el teléfono y marqué el número del doctor William Carter, el obstetra de Hannah.
—Doctor, soy Nathan.
—¿Encontró lo que buscaba?
Miré el botón azul marino sobre mi escritorio.
—Algo peor.
Hubo un silencio.
—Nathan, recuerde lo que le dije cuando vino hace dos días. Hannah nunca ingresó a nuestro hospital para dar a luz.
Cerré los ojos.
Aquella frase había destruido la única explicación que mi familia me había ofrecido.
—Entonces, ¿dónde nació mi hijo?
—Eso es precisamente lo que necesitamos averiguar.
Dos días antes había llegado a Asheville sin avisar.
Mi viaje de negocios terminó anticipadamente y quise sorprender a Hannah.
Pero cuando llamé a su teléfono, nadie respondió.
Después intenté comunicarme con su médico.
Fue entonces cuando descubrí que Hannah había cancelado su última consulta prenatal.
Algo completamente extraño.
Mi esposa llevaba un calendario detallado de cada cita.
Nunca olvidaba ninguna.
El doctor Carter me recibió aquella misma tarde.
—Nathan, su esposa estaba preocupada por algo —me confesó.
—¿Por el embarazo?
Negó.
—Por su familia.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué le dijo?
—Que alguien estaba presionándola para firmar documentos relacionados con su patrimonio.
Ahora, sentado en nuestro dormitorio, recordé aquellas palabras.
Hannah y yo habíamos firmado un acuerdo seis semanas antes.
Un fideicomiso destinado a proteger nuestras participaciones empresariales y garantizar el futuro de nuestro hijo.
Mi padre había dejado una participación considerable de Whitmore Industries a mi nombre.
Lorraine administraba temporalmente algunas sociedades familiares.
Caleb dirigía las operaciones diarias.
Pero el nuevo acuerdo establecía que mi participación no podría ser utilizada como garantía para préstamos sin mi autorización.
También protegía los derechos hereditarios de Hannah y nuestro bebé.
Si alguien había comprometido los activos de la familia, aquel documento podía convertirse en un obstáculo.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi abogado, Samuel Brooks.
«Nathan, encontré irregularidades en las autorizaciones bancarias firmadas durante tu ausencia. Necesitamos hablar».
Le respondí inmediatamente.
«Ven a casa. Entrada trasera. No avises a nadie».
Bajé veinte minutos después.
Caleb estaba sirviéndose otra copa.
—¿Terminaste de llorar, hermano?
Lo miré tranquilamente.
—Necesito saber dónde está la ropa que llevaba Hannah cuando murió.
Su expresión cambió.
—¿Para qué?
—Quiero conservar algunas cosas.
Lorraine apareció detrás de él.
—La funeraria se encargó de todo.
—Entonces llamaré a la funeraria.
Mi madre apretó los labios.
—Nathan, estás haciendo esto más difícil de lo necesario.
Me acerqué.
—Mi esposa murió mientras yo estaba fuera. Tengo derecho a saber qué ocurrió.
Caleb dejó la copa sobre la mesa.
—Murió dando a luz. ¿Cuántas veces necesitas escucharlo?
Lo miré directamente.
—¿En qué hospital?
No respondió.
Lorraine intervino.
—En una clínica privada.
—¿Cuál?
—No recuerdo el nombre.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—Mi esposa murió hace pocos días y no recuerdas dónde ocurrió.
Caleb avanzó.
—Basta, Nathan.
Entonces vi nuevamente los arañazos en su cuello.
—¿Qué te pasó ahí?
Se llevó una mano a la camisa.
—Un accidente.
—¿Qué clase de accidente?
—No es asunto tuyo.
Sonreí sin alegría.
—Entiendo.
Y me aparté.
No necesitaba que confesara.
Necesitaba pruebas.
A las ocho de la noche Samuel llegó por la entrada del jardín.
Nos encerramos en mi despacho.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—Nathan, alguien intentó transferir parte de tus acciones mientras estabas de viaje.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
—Caleb presentó documentos ante el departamento jurídico de la empresa.
Sentí un escalofrío.
—¿Con mi autorización?
Samuel negó.
—La firma no coincide con los originales que conservamos.
Abrí la carpeta.
Había una solicitud para transferir el quince por ciento de mis acciones a una sociedad llamada North Ridge Holdings.
La cantidad representaba decenas de millones de dólares.
—¿Quién controla esa empresa?
Samuel respiró profundamente.
—Tu madre y Caleb.
Me quedé inmóvil.
—¿Y Hannah?
—Ella descubrió la solicitud antes de que pudiera completarse.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.
—¿Cómo lo sabes?
Samuel sacó una carta.
Reconocí inmediatamente la letra de mi esposa.
«Samuel, necesito que revises unos documentos. Creo que Caleb está utilizando información financiera de Nathan sin autorización. No quiero alarmar a mi esposo hasta estar segura».
La fecha correspondía a cuatro días antes de su muerte.
Tuve que sentarme.
Hannah había estado intentando protegerme.
Mientras yo viajaba, ella investigaba una posible traición dentro de nuestra familia.
—¿Por qué no me llamaste? —pregunté.
Samuel bajó la mirada.
—Hannah me pidió que primero verificara los documentos. Cuando intenté comunicarme con ella, ya no respondió.
Apreté la carta.
—¿Qué ocurrió después?
—Tu madre informó que Hannah había fallecido por complicaciones obstétricas.
Lo miré.
—Pero el doctor Carter dice que nunca ingresó al hospital.
Samuel guardó silencio.
Después respondió:
—Entonces necesitamos verificar el certificado de defunción y los registros de la clínica que supuestamente la atendió.
A la mañana siguiente solicité una revisión independiente de las circunstancias de la muerte de Hannah.
También entregué a las autoridades la información sobre el botón, los hematomas y las inconsistencias médicas.
No acusé formalmente a Caleb de haberla matado.
Todavía no sabía qué había ocurrido.
Pero tampoco permitiría que enterraran a mi esposa sin esclarecerlo.
El funeral quedó aplazado mientras se realizaban las diligencias correspondientes.
Lorraine reaccionó furiosamente.
—¡Estás humillando a nuestra familia!
La miré.
—Estoy intentando descubrir cómo murió Hannah.
—¡Tu esposa ya no va a regresar!
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
—Lo sé, mamá.
Mi voz tembló.
—Pero nuestro hijo podría estar vivo.
El rostro de Lorraine perdió todo color.
Caleb, que estaba junto a la ventana, se volvió inmediatamente.
—¿Qué acabas de decir?
Lo observé.
—El doctor de Hannah confirmó que no dio a luz en su hospital.
Caleb apretó los puños.
—Eso no significa nada.
—Entonces dime dónde está mi hijo.
No respondió.
Lorraine se llevó una mano al pecho.
—Nathan, estás alterado.
—No. Por primera vez estoy haciendo las preguntas correctas.
Aquella tarde recibí una llamada de una mujer desconocida.
—¿Señor Whitmore?
—Sí.
—Me llamo Emily Foster. Soy enfermera.
Su voz temblaba.
—Creo que tengo información sobre su esposa.
Me incorporé.
—¿Dónde trabaja?
—En una clínica privada a las afueras de Asheville.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Atendió a Hannah?
Hubo un silencio.
—Sí.
Apreté el teléfono.
—¿Qué ocurrió?
Emily respiró profundamente.
—Su esposa llegó acompañada por un hombre y una mujer mayor. Estaba muy alterada.
Cerré los ojos.
—¿Estaba en trabajo de parto?
—Sí. El parto ocurrió esa noche.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Y el bebé?
Emily comenzó a llorar.
—Señor Whitmore, su hijo nació vivo.
Durante varios segundos no pude respirar.
—Repítalo.
—El bebé nació vivo. Era un niño.
Me llevé una mano a la boca.
Mi hijo.
Mi pequeño hijo.
Había pasado días creyendo que estaba muerto.
—¿Dónde está ahora?
Emily guardó silencio.
—No lo sé. Después del parto, una mujer que se identificó como su abuela solicitó que trasladaran al bebé.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Lorraine Whitmore?
—Sí.
Llamé inmediatamente a Samuel.
—Mi hijo nació vivo.
Hubo un silencio.
—Nathan…
—Necesito encontrarlo.
—Vamos a hacerlo. Enviaré esta información a las autoridades y solicitaremos los registros de traslado.
Miré hacia el jardín.
Lorraine estaba sentada bajo un árbol, hablando por teléfono.
La observé durante varios segundos.
La mujer que me había criado.
La misma que me había dicho que mi hijo estaba muerto.
Dos horas después Samuel regresó.
Traía una copia de un registro clínico que Emily había ayudado a localizar por los canales autorizados.
El documento confirmaba el nacimiento de un niño.
Peso: tres kilos doscientos gramos.
Estado al nacer: estable.
Sentí que las lágrimas me nublaban la vista.
Pero había otra anotación.
«Traslado autorizado por familiar responsable. Destino pendiente de verificar».
—¿Quién firmó? —pregunté.
Samuel señaló el documento.
Lorraine Whitmore.
Esa noche entré al salón.
Mi madre estaba sola.
—¿Dónde está mi hijo?
Levantó lentamente la cabeza.
—Nathan…
—Sé que nació vivo.
Su rostro palideció.
—No entiendes lo que pasó.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.
—Entonces explícamelo.
Lorraine comenzó a llorar.
Era la primera vez que la veía derramar una lágrima desde mi regreso.
—Todo se salió de control.
Me acerqué.
—¿Qué le hicieron a Hannah?
Ella negó desesperadamente.
—Yo nunca quise que muriera.
Aquellas palabras me dejaron helado.
—¿Qué significa eso?
Lorraine se cubrió el rostro.
—Caleb fue a hablar con ella sobre los documentos. Discutieron.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Y después?
—Hannah comenzó a sentirse mal. Caleb me llamó. La llevamos a la clínica.
Apreté los puños.
—¿Por qué no me avisaron?
Mi madre bajó la cabeza.
—Porque Caleb dijo que, si descubrías lo de las acciones, lo destruirías.
La miré con incredulidad.
—¿Y decidiste ocultarme que mi esposa estaba muriendo?
Lorraine no respondió.
—¿Dónde está mi hijo? —repetí.
Ella levantó lentamente la mirada.
—Está a salvo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde?
—Caleb se encargó de encontrarle un lugar.
Retrocedí.
—¿Le entregaste mi hijo a Caleb?
Lorraine comenzó a llorar con más fuerza.
—Pensé que sería temporal.
Salí inmediatamente.
Caleb había desaparecido.
Su automóvil ya no estaba en el garaje.
Llamé a Samuel.
—Mi madre acaba de admitir que Caleb organizó el traslado del bebé.
—Nathan, ya estamos coordinando con las autoridades.
—Encuéntrenlo.
—Lo haremos.
A medianoche recibí una llamada.
Era Emily.
—Señor Whitmore, recordé algo.
Me incorporé.
—Dígame.
—Antes de que trasladaran al bebé, su esposa recuperó brevemente la conciencia.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Hannah habló?
—Sí.
Cerré los ojos.
—¿Qué dijo?
Emily respiró profundamente.
—Pidió que no permitiéramos que Caleb se llevara a su hijo.
Una lágrima recorrió mi mejilla.
—¿Algo más?
—Dijo que había escondido una prueba.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué prueba?
—No alcanzó a explicarlo. Solo repitió una frase.
Me incliné hacia el teléfono.
—¿Cuál?
—«NATHAN TIENE QUE REVISAR LA HABITACIÓN DEL BEBÉ. DETRÁS DEL ARMARIO».
Subí las escaleras inmediatamente.
La habitación de nuestro hijo seguía intacta.
Las paredes azul claro.
La cuna blanca.
Los pequeños animales de peluche que Hannah había elegido.
Me acerqué al armario.
Lo aparté cuidadosamente de la pared.
Detrás había una pequeña abertura cubierta con cinta.
Dentro encontré un sobre.
Y una memoria USB.
Reconocí la letra de Hannah.
«Nathan, si algo me sucede, no creas la historia que te cuenten. Descubrí que Caleb no solamente intentaba robar tus acciones».
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.
Abrí la siguiente página.
«Encontré documentos relacionados con la muerte de tu padre. Creo que alguien ha estado ocultando la verdad durante años».
Me quedé inmóvil.
Mi padre había fallecido cinco años antes por un supuesto accidente doméstico.
Nunca cuestioné aquella explicación.
Conecté la memoria USB.
Apareció una grabación.
Hannah estaba sentada en nuestro dormitorio.
Parecía nerviosa.
—Nathan, si estás viendo esto, significa que no pude contártelo personalmente.
Su voz se quebró.
—Encontré documentos que relacionan a Caleb con transferencias realizadas después de la muerte de tu padre.
Hizo una pausa.
—Pero lo peor no es el dinero.
Sentí que las manos me temblaban.
Hannah levantó una fotografía.
Mostraba a Caleb junto a un hombre desconocido.
Detrás de ellos había un automóvil negro.
—Este hombre estuvo en nuestra casa la noche en que murió tu padre.
Me incliné hacia la pantalla.
Entonces Hannah pronunció una frase que me dejó sin respiración.
—«NATHAN, CREO QUE TU PADRE DESCUBRIÓ EL MISMO FRAUDE QUE YO. Y AHORA TENGO MIEDO DE QUE CALEB INTENTE SILENCIARME TAMBIÉN».
La grabación terminó.
Permanecí inmóvil durante varios minutos.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Una fotografía.
Mostraba a un recién nacido envuelto en una manta azul.
En su pequeña muñeca había una pulsera de hospital.
WHITMORE, BABY BOY.
Debajo apareció un mensaje.
«Tu hijo está vivo, Nathan. Si quieres volver a verlo, deja de investigar la muerte de Hannah».
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.
Pero segundos después llegó otro mensaje.
Y fue ese el que me hizo comprender que la historia era todavía más oscura de lo que imaginaba.
«PREGÚNTALE A TU MADRE POR QUÉ HANNAH CAMBIÓ SU TESTAMENTO TRES DÍAS ANTES DEL PARTO. ENTONCES ENTENDERÁS POR QUÉ CALEB NECESITABA QUE LOS DOS DESAPARECIERAN».
Miré hacia la puerta de la habitación.
Lorraine estaba parada allí.
Pálida.
Temblando.
Y cuando vio la fotografía de mi hijo, susurró algo que jamás olvidaré.
—Nathan… Caleb no sabe quién tiene al bebé.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Mi madre comenzó a llorar.
—Hay alguien más involucrado.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
