Durante cinco segundos, olvidé cómo respirar.
Luego giré lentamente hacia Gabriel.
—¿Acabas de admitir que intentaste embarazarme para obligarme a volver contigo?
Su sonrisa desapareció.
—Emma, no quise decirlo así.
—Entonces explícalo mejor.
Gabriel apretó el volante.
—Sabía que todavía te amaba. Pensé que, si teníamos un hijo, podríamos empezar de nuevo.
Lo miré con incredulidad.
—Un bebé no es una estrategia de reconciliación, Gabriel.
Por primera vez desde nuestro divorcio, no encontró una respuesta ingeniosa.
En el hospital, el médico confirmó lo que ambos sospechábamos.
Estaba embarazada de seis semanas.
Gabriel se quedó inmóvil.
Después sonrió como un niño que acababa de recibir el regalo más importante de su vida.
—Voy a ser padre.
Yo seguía mirando la ecografía.
Una pequeña imagen en blanco y negro.
Una vida diminuta.
Mi vida acababa de cambiar.
Gabriel intentó tomarme la mano.
Me aparté suavemente.
—No confundas este embarazo con una reconciliación.
Su sonrisa se apagó.
—Lo entiendo.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Al salir del hospital, encontré treinta y siete llamadas perdidas de mi jefe.
Cuando finalmente contesté, casi gritó de emoción.
—¡Emma! ¡Foster Capital acaba de confirmar la inversión!
Cerré los ojos.
—Excelente.
—¡Y el señor Foster ha solicitado que dirijas personalmente el nuevo departamento!
Miré a Gabriel.
Él fingió estar concentrado en su teléfono.
—¿Qué departamento?
Mi jefe respondió:
—Una nueva división de innovación. Tendrás presupuesto independiente y participación en los beneficios.
Colgué lentamente.
—Gabriel, ¿estás intentando comprarme un empleo mejor?
Él levantó las manos.
—Tu proyecto merece financiación.
—¿Y las otras doce propuestas?
Sonrió.
—También eran excelentes.
Tuve que contener las ganas de golpearlo con mi bolso.
Tres días después, mi vida se volvió todavía más absurda.
Gabriel apareció frente a mi apartamento con una caja enorme.
—¿Qué es eso?
—Vitaminas prenatales, libros, almohadas especiales y algunas cosas para el bebé.
Abrí la caja.
Había ropa diminuta.
Un osito de peluche.
Y un anillo de diamantes.
Lo levanté entre dos dedos.
—¿Las vitaminas vienen con propuesta matrimonial?
Gabriel se aclaró la garganta.
—Era una posibilidad.
Le devolví el anillo.
—Primero aprende a respetar mis decisiones.
Él bajó la mirada.
—Está bien.
Y, sorprendentemente, se marchó sin discutir.
Aquella noche recibí una llamada de Laura.
Mi asistente parecía nerviosa.
—Emma, necesito enseñarte algo.
Nos encontramos en una cafetería.
Laura colocó varios documentos sobre la mesa.
—Estaba revisando la inversión de Foster Capital cuando encontré una cláusula extraña.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cláusula?
—Gabriel no solo está invirtiendo en nuestro proyecto. Su grupo ha negociado la compra del cuarenta y nueve por ciento de la empresa.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
—Las conversaciones comenzaron hace tres meses.
Me quedé inmóvil.
Tres meses.
Mucho antes de que Gabriel supiera que estaba embarazada.
Esa noche lo llamé.
—Gabriel, ¿por qué querías comprar mi empresa?
Hubo un silencio.
—Porque tiene potencial.
—No me mientas.
Suspiró.
—Emma, quería volver a verte.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Y por eso rechazaste doce propuestas?
—Pensé que así tendría más oportunidades de hablar contigo.
Cerré los ojos.
—Gabriel, eso no es romántico. Pusiste en riesgo mi trabajo.
Su voz cambió.
—Lo sé. Me equivoqué.
Por primera vez, parecía comprenderlo.
Pero al día siguiente descubrí algo peor.
Mi jefe me llamó a su despacho.
Sobre la mesa había una carta.
—Emma, necesitamos hablar sobre tu puesto.
Me senté.
—¿Ocurrió algo?
Él parecía incómodo.
—Foster Capital ha solicitado una revisión de los contratos laborales del equipo directivo.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Por qué?
—Alguien presentó una denuncia interna afirmando que tu relación personal con Gabriel constituye un conflicto de intereses.
Me quedé helada.
—¿Quién?
Mi jefe negó.
—La denuncia es confidencial.
Salí del despacho furiosa.
Pero antes de llamar a Gabriel, recibí un mensaje desconocido.
«¿De verdad crees que Gabriel volvió porque te ama?»
Debajo había una fotografía.
Gabriel aparecía cenando con una mujer elegante de cabello oscuro.
La imagen tenía fecha de hacía cuatro días.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Llegó otro mensaje.
«Pregúntale quién es Victoria Foster».
Aquella tarde enfrenté a Gabriel.
Le mostré la fotografía.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Quién te envió esto?
—Responde.
Gabriel respiró profundamente.
—Victoria es mi prima.
Lo observé.
—¿Y por qué se reúne contigo a escondidas?
—Porque dirige el departamento jurídico del grupo.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Gabriel guardó silencio.
Demasiado tiempo.
Finalmente abrió un cajón.
Sacó una carpeta.
—Emma, hay algo que nunca te conté sobre nuestro divorcio.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Habla.
—Mi familia nunca aceptó nuestro matrimonio.
Solté una risa amarga.
—Eso no es ningún secreto.
—Pero no sabías hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Colocó un documento frente a mí.
Era un acuerdo firmado dos semanas antes de nuestro divorcio.
Reconocí el nombre de su madre.
Eleanor Foster.
Y una cantidad.
Doscientos millones de dólares.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Gabriel bajó la cabeza.
—Mi madre ofreció esa cantidad a una sociedad vinculada a tu empresa.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Para qué?
—Para conseguir que te trasladaran al extranjero y separarnos definitivamente.
Lo miré incrédula.
—¿Y tú lo sabías?
—Descubrí parte del acuerdo después de que nos divorciamos.
Retrocedí.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
—Porque pensé que podría resolverlo solo.
Me reí sin alegría.
—Ese siempre fue nuestro problema, Gabriel. Tomabas decisiones por los dos.
Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
Era Victoria.
Gabriel contestó.
Su rostro palideció.
—¿Qué quieres decir con que encontraron otro documento?
Escuchó durante varios segundos.
Después me miró.
—Emma, tenemos que irnos.
—¿Adónde?
—Al despacho de mi familia.
Su expresión era completamente distinta.
Ya no había arrogancia.
Solo miedo.
Una hora después, Victoria Foster nos recibió con una carpeta sellada.
—Emma, encontramos esto entre los documentos privados de Eleanor.
La abrió.
Dentro había un informe médico antiguo.
Mi nombre aparecía en la primera página.
La fecha correspondía a tres meses antes de nuestro divorcio.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué tu madre tenía mis documentos médicos?
Victoria respiró profundamente.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando averiguar.
Leí el informe.
Era una evaluación relacionada con mi fertilidad.
Pero yo nunca había solicitado aquel estudio.
Levanté lentamente la mirada.
—Esto no es mío.
Gabriel se quedó inmóvil.
Victoria señaló una autorización adjunta.
—Alguien utilizó tus datos personales para solicitar información médica.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Quién firmó?
Victoria me mostró la última página.
La firma imitaba la mía.
Y debajo aparecía el nombre de la persona que había solicitado recibir los resultados.
ELEANOR FOSTER.
Entonces Victoria pronunció unas palabras que hicieron desaparecer toda la alegría de mi embarazo.
—Emma, encontramos también correspondencia entre Eleanor y una clínica privada. Parece que alguien intentó influir en decisiones relacionadas con tu salud reproductiva.
Gabriel golpeó la mesa.
—¡Eso es imposible!
Victoria lo miró con tristeza.
—Gabriel, todavía debemos verificar qué ocurrió. Pero hay una segunda carta.
La abrió.
Era una nota escrita por Eleanor.
Solo contenía una frase.
«SI EMMA ALGUNA VEZ QUEDA EMBARAZADA, GABRIEL NO DEBE DESCUBRIR LA VERDAD SOBRE AQUELLA NOCHE».
Sentí que la sangre se me helaba.
Miré a mi exmarido.
Él estaba tan desconcertado como yo.
—Gabriel —susurré—, ¿qué ocurrió realmente la última noche de nuestro matrimonio?
Y por primera vez, el hombre que siempre tenía una respuesta para todo…
No supo qué decir.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
