PARTE 2: LA FIRMA FINAL

Cuando desperté, habían pasado cuatro días.

Lo primero que escuché fue el sonido constante de un monitor.

Después, una voz femenina.

—Señora Holloway, está a salvo.

Intenté hablar, pero tenía la garganta seca.

—Mis bebés…

La enfermera sonrió.

—Los tres están vivos. Permanecen bajo cuidados especiales, pero están luchando.

Comencé a llorar.

—¿Y Grant?

Su sonrisa desapareció.

Una hora después entró una mujer de traje gris.

—Soy Rebecca Sullivan, su abogada.

La miré confundida.

—No tengo abogada.

—Su padre me contrató cuando recibió la noticia de su hospitalización.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

Mi padre, Richard Whitmore, llevaba años distanciado de mí porque nunca aprobó mi matrimonio.

Rebecca colocó una carpeta sobre la cama.

—Señora Holloway, su esposo presentó una demanda de divorcio mientras usted estaba inconsciente.

Cerré los ojos.

Durante ocho años había defendido a Grant frente a todos.

Y él me había abandonado cuando más lo necesitaba.

—¿Ya estamos divorciados?

—No. Su firma no disuelve automáticamente el matrimonio.

Rebecca hizo una pausa.

—Pero hay algo más importante.

Abrió la carpeta.

—Hace seis años, Grant firmó un acuerdo patrimonial relacionado con la inversión inicial de su padre.

Recordé aquella época.

La empresa de Grant estaba al borde de la quiebra.

Mi padre había aportado una suma considerable para salvarla.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

Rebecca señaló una cláusula.

—El acuerdo establece que determinadas participaciones empresariales deben transferirse a un fideicomiso para sus hijos si Grant inicia unilateralmente el divorcio después del nacimiento de descendientes.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuánto valen esas participaciones?

Rebecca respiró profundamente.

—Según la última valoración, aproximadamente mil doscientos millones de dólares.

Sentí que el mundo se detenía.

Pero Rebecca todavía no había terminado.

—Grant también solicitó que los tres recién nacidos fueran dados de alta bajo su exclusiva responsabilidad cuando los médicos lo autorizaran.

Me incorporé bruscamente.

—¡No puede llevárselos!

—No existe ninguna orden judicial que le conceda ese derecho exclusivo —respondió Rebecca—. Ya hemos solicitado medidas de protección mientras se resuelve la situación.

Apreté las sábanas.

—¿Por qué querría separarme de mis hijos?

Rebecca bajó la mirada.

—Creemos que alguien lo está presionando.

Aquella tarde recibí una visita inesperada.

Era Vanessa Cole.

La directora financiera de la empresa de Grant.

Y la mujer cuyos mensajes había encontrado meses atrás en su teléfono.

Entró sonriendo.

—Me alegra que hayas sobrevivido.

Su tono me provocó escalofríos.

—¿Qué quieres, Vanessa?

Se acercó a mi cama.

—Solo aconsejarte que aceptes el divorcio sin complicaciones.

—¿Y mis hijos?

Su sonrisa se ensanchó.

—Grant y yo podemos ofrecerles una vida extraordinaria.

La miré fijamente.

—Son mis hijos.

Vanessa se inclinó hacia mí.

—Entonces deberías recuperarte rápidamente.

Antes de salir, dejó un sobre sobre la mesa.

Dentro había una propuesta económica.

Cinco millones de dólares.

A cambio de renunciar a determinadas reclamaciones patrimoniales y aceptar un acuerdo de custodia favorable a Grant.

Rompí el documento.

Esa noche Rebecca regresó acompañada de un investigador.

—Encontramos algo preocupante.

Me mostró una grabación de seguridad del hospital.

Grant aparecía hablando con Vanessa junto a la unidad neonatal.

Ella le entregaba una carpeta.

Él firmaba varios documentos.

Después Vanessa preguntaba:

—¿Y si despierta?

Grant respondió:

—Para entonces todo estará arreglado.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Qué estaban firmando?

Rebecca colocó una copia sobre mi cama.

Era una solicitud para trasladar a los trillizos a una clínica privada.

El destino figuraba en Suiza.

—¿Intentaba sacar a mis hijos del país?

—Eso parece indicar la documentación, pero el traslado no fue autorizado —explicó Rebecca—. Hemos pedido que se investigue.

Miré las fotografías de mis bebés.

Tres rostros diminutos.

Tres vidas por las que casi había perdido la mía.

Y entonces comprendí que no podía seguir siendo la mujer que siempre perdonaba.

—Rebecca, quiero luchar por ellos.

Ella asintió.

—Ya estamos preparando todo.

Dos días después, Grant apareció en mi habitación.

Parecía sorprendido al verme despierta.

—Olivia…

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre desde el parto.

—¿Viniste a preguntar por tus hijos o por el dinero?

Su rostro se endureció.

—No sabes lo que está pasando.

—Sé que firmaste el divorcio mientras estaba inconsciente.

Grant apartó la mirada.

—Vanessa dijo que era necesario.

Solté una risa amarga.

—¿Desde cuándo ella decide sobre nuestra familia?

Guardó silencio.

Entonces murmuró:

—Porque Vanessa tiene algo que podría destruirnos a todos.

Antes de que pudiera preguntarle, Rebecca entró con otro documento.

—Señor Holloway, necesitamos hablar sobre las firmas utilizadas para solicitar el traslado de los bebés.

Grant palideció.

Rebecca continuó:

—También encontramos una autorización médica supuestamente firmada por Olivia mientras estaba inconsciente.

Me quedé helada.

—Eso es imposible.

—Exactamente —respondió Rebecca—. Estamos solicitando una investigación por posible falsificación.

Grant miró hacia la puerta.

Por primera vez parecía verdaderamente asustado.

Aquella noche recibí una llamada de mi padre.

—Olivia, hay algo que nunca te conté sobre Vanessa Cole.

Apreté el teléfono.

—¿Qué cosa?

—Su verdadero apellido no es Cole.

Sentí un escalofrío.

—¿Entonces cuál es?

Mi padre guardó silencio.

—Whitmore.

Me quedé inmóvil.

Era nuestro apellido familiar.

—Papá, ¿qué estás diciendo?

Su voz se quebró.

—Vanessa es hija de mi hermano desaparecido. Y lleva años intentando recuperar una fortuna que cree que le pertenece.

Miré hacia la ventana.

—¿Qué fortuna?

Mi padre respiró profundamente.

—El fideicomiso que acaba de activarse con el nacimiento de tus trillizos.

Entonces añadió algo que me heló la sangre.

—Olivia, Grant no es la única persona que quiere controlar a tus hijos.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.

Rebecca entró apresuradamente.

—Olivia, tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

Su rostro estaba pálido.

—La clínica acaba de recibir una orden judicial provisional relacionada con uno de los bebés. Estamos verificando su autenticidad y alcance.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Cuál de mis hijos?

Rebecca bajó la mirada.

—Tu hija menor.

Me incorporé desesperadamente.

—¿Por qué ella?

Rebecca sostuvo mi mano.

—Porque alguien afirma que existe un documento anterior a su nacimiento que cambia quién puede administrar su patrimonio.

Entonces me mostró el nombre de la persona que había presentado la solicitud.

VANESSA WHITMORE.

Y debajo aparecía una firma que reconocí inmediatamente.

La de mi propio padre.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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