PARTE 2: LA ORDEN DEL COMANDANTE

Leí el mensaje de Domagoj tres veces.

«No reacciones. Voy a traer testigos».

Guardé el teléfono y levanté lentamente la mirada.

Mi madre seguía esperando una respuesta.

—¿Vas a firmar mañana o necesitas otra lección?

Me limpié la sangre de la comisura de los labios.

—No voy a firmar nada.

Marko soltó una carcajada.

—¡Escúchenla! ¡La mantenida cree que puede darnos órdenes!

Klara se acercó y me señaló con el dedo.

—Esta casa pertenece a nuestra familia.

—No —respondí tranquilamente—. Pertenece a Domagoj y a mí.

Mi madre volvió a levantar la mano.

Esta vez no retrocedí.

—Si vuelves a tocarme, llamaré a la policía.

Jelena sonrió con desprecio.

—¿Y quién va a creerte?

En ese instante escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Después otro.

Marko miró por la ventana.

—¿Qué demonios…?

La puerta principal se abrió.

Y Domagoj entró.

Mi esposo llevaba el uniforme militar.

Su rostro estaba serio, pero sus ojos cambiaron inmediatamente cuando vieron mi mejilla hinchada.

Detrás de él aparecieron dos hombres y una mujer con una carpeta negra.

Nadie habló.

Domagoj cerró la puerta lentamente.

Después miró directamente a mi madre.

—Jelena, acaba de cometer el peor error de su vida.

Ella palideció.

—Domagoj… hijo, no es lo que parece.

Mi esposo avanzó hacia mí.

Me sostuvo delicadamente el rostro.

—¿Te duele?

Asentí.

Sus ojos se llenaron de una tristeza que nunca olvidaré.

—Perdóname por no haber llegado antes.

—Estoy bien —susurré.

Él negó.

—No. Y nadie va a fingir que esto es normal.

Entonces se volvió hacia los demás.

—Les presento a la inspectora Ana Kovač, de la unidad de delitos financieros.

Klara dejó caer su bolso.

Marko se levantó bruscamente.

—¡Esto es ridículo! ¡No hemos hecho nada!

La inspectora abrió su carpeta.

—Señor Marko Petrović, estamos investigando una solicitud de préstamo presentada utilizando documentación militar que no le pertenece.

Marko perdió el color.

—Fue un malentendido.

Domagoj lo miró fríamente.

—¿Un malentendido de ciento ochenta mil euros?

El silencio fue absoluto.

Klara retrocedió.

—Domagoj, somos familia.

Mi esposo respondió sin levantar la voz.

—Precisamente por eso tuvieron tantas oportunidades de detenerse.

La inspectora continuó.

—También estamos investigando transferencias no autorizadas y documentos presuntamente falsificados relacionados con una fundación de apoyo a veteranos.

Mi madre se apoyó contra la pared.

—Esto tiene que ser una broma.

Saqué una memoria USB de mi bolsillo.

—No lo es.

Durante tres meses había reunido pruebas.

Transferencias bancarias.

Contratos alterados.

Correos electrónicos.

Facturas por servicios que nunca existieron.

Y una grabación de aquella misma tarde en la que mi madre exigía que entregara nuestra propiedad.

Coloqué la memoria sobre la mesa.

—Aquí está todo.

Marko me miró con odio.

—¡Nos tendiste una trampa!

Negué lentamente.

—Les pedí diecisiete veces que devolvieran el dinero.

Klara comenzó a llorar.

—¡No sabíamos que estabas investigándonos!

—Ese fue su error —respondí—. Creyeron que porque hablaba poco no estaba prestando atención.

Domagoj tomó mi mano.

—Mi esposa lleva seis años investigando fraudes financieros. ¿De verdad pensaron que no descubriría lo que estaban haciendo?

Marko se dejó caer sobre el sofá.

La inspectora pidió que nadie abandonara la habitación mientras verificaba sus identidades y explicaba los siguientes pasos.

Mi madre comenzó a llorar.

—Soy tu madre. ¿Vas a permitir que me humillen así?

La miré largamente.

Durante treinta y cuatro años había esperado que alguna vez me defendiera.

Que me dijera que estaba orgullosa.

Que me abrazara sin pedir algo a cambio.

Pero aquella tarde había comprendido una verdad dolorosa.

Nunca podría comprar su amor.

—Mamá —respondí—, tú me golpeaste porque creías que mi esposo estaba lejos.

Jelena bajó la cabeza.

—Estaba enfadada.

—Y yo llevo años soportando tu desprecio.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Pero eso termina hoy.

Entonces Domagoj sacó un documento de su maletín.

—Hay algo más que deben saber.

Marko levantó la mirada.

—¿Qué?

—El préstamo fraudulento no fue utilizado únicamente para financiar tu negocio.

La inspectora abrió otra carpeta.

—Una parte del dinero terminó en una cuenta extranjera.

Klara comenzó a temblar.

—Yo no sé nada de eso.

Mi esposo la observó.

—Qué extraño. Porque la cuenta está registrada a tu nombre.

Klara se llevó una mano a la boca.

Marko se puso de pie.

—¡Eso es mentira!

Pero Domagoj continuó.

—Y alguien utilizó esa cuenta para enviar pagos a una persona que lleva meses intentando obtener información sobre mi misión.

Sentí que el corazón se me detenía.

Aquello no aparecía en mi investigación.

—Domagoj… ¿qué estás diciendo?

Mi esposo me miró seriamente.

—Que esto puede ser mucho más grave que un fraude familiar.

La inspectora colocó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Marko entrando en un restaurante junto a un hombre de traje oscuro.

Reconocí inmediatamente el rostro.

—Ese hombre…

Domagoj asintió.

—Lo conoces.

Sentí un escalofrío.

—Es Viktor Savić.

Viktor había sido mi supervisor cuando comencé a trabajar como investigadora financiera.

Tres años atrás había desaparecido después de que una auditoría revelara irregularidades millonarias.

Yo había declarado contra él.

Y desde entonces no había vuelto a verlo.

—¿Por qué Marko estaba reuniéndose con Viktor? —pregunté.

Mi cuñado comenzó a sudar.

—No sabía quién era.

Domagoj señaló la fotografía.

—Entonces explícame por qué le entregaste documentos relacionados con mi unidad.

Marko guardó silencio.

Klara comenzó a llorar desesperadamente.

—¡Marko dijo que era una inversión!

Mi madre la miró horrorizada.

—¿Qué inversión?

Klara se cubrió el rostro.

—Nos prometieron muchísimo dinero si conseguíamos que ella firmara la transferencia de la casa.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿La casa?

Domagoj apretó mi mano.

—Sí.

La inspectora explicó:

—La propiedad figura en una operación financiera vinculada a una sociedad investigada. Estamos intentando determinar si pretendían utilizarla como garantía o transferirla mediante documentos falsificados.

Miré a mi madre.

—¿Tú lo sabías?

Jelena negó rápidamente.

Pero entonces Marko soltó una risa amarga.

—¡Deja de fingir, mamá!

Todos nos volvimos hacia él.

—Tú fuiste quien dijo que ella firmaría si la presionábamos lo suficiente.

Mi madre se quedó inmóvil.

Domagoj respiró profundamente.

—Quiero que salgan de nuestra casa.

Jelena intentó acercarse.

—Por favor…

Él levantó una mano.

—No vuelva a acercarse a mi esposa.

La inspectora explicó que continuarían las diligencias correspondientes y que podrían ser citados formalmente.

Cuando finalmente se marcharon, sentí que toda la fuerza abandonaba mi cuerpo.

Domagoj me abrazó.

—Ya pasó —susurró.

Pero negué lentamente.

—No, todavía no.

Mi esposo me miró.

—¿Qué ocurre?

Saqué mi teléfono.

Había recibido un correo electrónico hacía apenas dos minutos.

El remitente era desconocido.

El asunto decía:

«TU MARIDO NO TE HA CONTADO TODA LA VERDAD».

Abrí el mensaje.

Dentro había una fotografía tomada seis meses atrás.

Mostraba a Domagoj junto a Viktor Savić.

Ambos estaban entrando en un edificio gubernamental.

Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.

—Domagoj…

Mi esposo vio la pantalla.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Quién te envió eso?

—No lo sé.

Le mostré la fotografía.

—¿Por qué estabas con Viktor?

Domagoj permaneció en silencio.

Después cerró los ojos.

—Hay algo que necesito explicarte.

Retrocedí lentamente.

—¿Desde cuándo lo conoces?

Mi esposo respiró profundamente.

—Desde antes de nuestra boda.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Entonces llegó un segundo mensaje.

Esta vez contenía un documento.

Una autorización confidencial.

Con mi nombre completo.

Y debajo, la firma de Domagoj.

Lo abrí.

Leí las primeras líneas.

Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi esposo había autorizado una investigación secreta sobre mí tres años antes de casarnos.

Levanté la mirada.

—Domagoj… ¿por qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque cuando te conocí, alguien ya había puesto precio a tu vida.

Me quedé sin respiración.

—¿Quién?

Domagoj miró hacia la puerta por la que acababa de salir mi madre.

Y susurró:

—Jelena. Tu propia madre.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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