PARTE 2: LA MUJER EQUIVOCADA

—Señor… ¿está seguro de que esa mujer es su esposa?

Miré al paramédico sin comprender.

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Mi hija está inconsciente!

El hombre, cuyo uniforme llevaba el nombre de Daniel Reyes, miró nuevamente hacia Laura.

Su expresión había cambiado por completo.

—Necesito que me escuche con atención —susurró—. Conozco a esa mujer.

Sentí un escalofrío.

—¿De dónde?

Daniel tragó saliva.

—Hace cuatro años atendí a una niña de siete años que llegó al hospital con lesiones similares.

Miré hacia Laura.

Seguía inmóvil junto a la puerta.

—¿Y qué tiene que ver mi esposa?

Daniel bajó todavía más la voz.

—La mujer que acompañaba a aquella niña se parecía exactamente a ella.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Se parecía?

—Usaba otro nombre.

—¿Cuál?

Daniel me miró directamente.

—Victoria Salazar.

Antes de que pudiera responder, el otro paramédico anunció:

—¡Tenemos que trasladar a la niña inmediatamente!

Me volví hacia Ema.

Le habían colocado un collarín y estaban preparándola para llevarla a la ambulancia.

—¿Va a sobrevivir? —pregunté.

—Está respirando, pero necesita una evaluación urgente. No podemos determinar todavía la gravedad de sus lesiones.

Sentí que las piernas me fallaban.

Me acerqué a mi hija.

—Papá está aquí, cariño. No voy a dejarte sola.

Laura apareció detrás de mí.

—Estás exagerando, Andrés.

Me volví lentamente.

—¿Qué dijiste?

Ella cruzó los brazos.

—Ema siempre ha sido dramática. Seguramente se golpeó cuando se cayó.

La miré.

Durante seis años había compartido mi vida con aquella mujer.

Había confiado en ella.

Le había entregado las llaves de mi casa.

Y, después de la muerte de la madre biológica de Ema, había permitido que ocupara un lugar en nuestra familia.

—No vuelvas a acercarte a mi hija —dije.

Laura dejó de sonreír.

En la ambulancia, Daniel se sentó frente a mí.

Mientras su compañero atendía a Ema, él habló en voz baja.

—Señor, necesito aclarar algo. No puedo asegurar que sea la misma mujer. Solo recuerdo un parecido muy fuerte.

—¿Qué ocurrió con aquella niña?

Daniel bajó la mirada.

—Fue ingresada con lesiones graves. Se notificó el caso a las autoridades de protección infantil.

—¿Y Victoria Salazar?

—Desapareció antes de que pudieran entrevistarla nuevamente.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿La niña sobrevivió?

Daniel asintió.

—Sí.

Respiré con dificultad.

—¿Cómo se llamaba?

—Sofía.

Apreté los ojos.

Ema tenía ocho años.

Sofía habría tenido aproximadamente once.

Dos niñas.

Dos familias.

Y una mujer que quizá había utilizado dos identidades distintas.

En el hospital, los médicos llevaron a Ema directamente a urgencias.

Me quedé en el pasillo.

Solo.

Con la camisa manchada y las manos temblando.

Después de casi una hora, una doctora se acercó.

—Señor Mendoza, soy la doctora Valeria Ortiz.

Me levanté inmediatamente.

—¿Cómo está mi hija?

—Está estable por ahora. Presenta una lesión en la cabeza y necesitamos mantenerla bajo observación. Estamos realizando estudios para descartar complicaciones.

Sentí que el aire regresaba lentamente a mis pulmones.

—¿Puedo verla?

—En unos minutos.

La doctora me observó con seriedad.

—También hemos identificado lesiones de distinta antigüedad.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa?

—Algunas parecen anteriores a lo ocurrido hoy. Necesitamos investigar cómo se produjeron.

Recordé las excusas de Laura.

Las caídas.

Los golpes contra las puertas.

Las ocasiones en que Ema llevaba mangas largas incluso cuando hacía calor.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Dios mío…

La doctora habló con firmeza.

—Hemos activado el protocolo de protección infantil y notificaremos a las autoridades correspondientes.

Asentí.

—Haré lo que sea necesario.

Cuando finalmente entré en la habitación, Ema estaba despierta.

Sus ojos se movieron lentamente hacia mí.

—¿Papá?

Me acerqué inmediatamente.

—Estoy aquí, princesa.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

—Pensé que no ibas a volver.

Sentí que el corazón se me partía.

—Siempre voy a volver por ti.

Ema miró hacia la puerta.

Su cuerpo se tensó.

—¿Laura está aquí?

Negué.

—No, cariño.

Entonces mi hija comenzó a llorar.

—No dejes que entre.

Le tomé suavemente la mano.

—No voy a permitir que te haga daño.

Ema respiró con dificultad.

Después susurró:

—Papá, ella me dijo que si te contaba algo, tú también desaparecerías.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cosa?

Mi hija cerró los ojos.

—Lo que hace cuando tú viajas.

No insistí.

La doctora me había explicado que Ema necesitaba descansar y que cualquier entrevista sobre lo ocurrido debía realizarse con profesionales capacitados.

Pero aquellas palabras quedaron grabadas en mi mente.

Cuando tú viajas.

Durante años había trabajado para construir una vida cómoda.

Aceptaba reuniones en otros países.

Negociaba contratos millonarios.

Regresaba con regalos.

Muñecas.

Libros.

Vestidos.

Y mientras yo creía estar asegurando su futuro, mi hija había estado viviendo con miedo.

Aquella noche llegaron dos investigadores.

La inspectora Julia Serrano y su compañero, el agente Martín Vega.

Les conté todo.

La puerta abierta.

Ema inconsciente.

Las palabras de Laura.

Y lo que Daniel había reconocido.

Julia tomó notas.

—¿Dónde está actualmente su esposa?

—En nuestra casa, supongo.

—¿Tiene acceso a la vivienda?

—Sí.

La inspectora levantó la mirada.

—Necesitaremos asegurar cualquier prueba relevante y verificar su identidad.

Le entregué una copia de nuestro certificado de matrimonio.

Julia lo examinó.

—Laura Mendoza —leyó.

Asentí.

—Su apellido de soltera es Navarro.

La inspectora se quedó inmóvil.

—¿Navarro?

—Sí.

Miró a su compañero.

Fue un gesto pequeño.

Pero lo noté.

—¿Ocurre algo?

Julia cerró la carpeta.

—Necesitamos comprobar algunos registros antes de darle una respuesta.

A la mañana siguiente, Laura apareció en el hospital.

Llevaba flores.

Su cabello estaba perfectamente peinado.

Sonreía como si hubiera venido a visitar a una niña enferma después de una caída accidental.

—Andrés, cariño…

Me levanté.

—No puedes entrar.

Su sonrisa desapareció.

—Soy su madre.

Sentí una furia helada.

—No eres su madre biológica. Y Ema ha dicho que no quiere verte.

Laura miró hacia la puerta.

—Esa niña está confundida.

—Los médicos están atendiendo sus lesiones.

Ella apretó los labios.

—¿Ahora vas a creerle todo a una niña de ocho años?

La observé.

—Voy a escucharla. Algo que debí hacer hace mucho tiempo.

Laura retrocedió.

Entonces apareció la inspectora Serrano.

—Señora Navarro, necesitamos hablar con usted.

Laura se quedó completamente inmóvil.

—¿Sobre qué?

Julia mostró su identificación.

—Sobre lo ocurrido en su domicilio y sobre algunas inconsistencias en sus documentos.

La expresión de Laura cambió.

Por primera vez desde que la conocía, vi miedo verdadero en sus ojos.

Dos horas después, Julia regresó a mi habitación de espera.

Traía una carpeta.

—Señor Mendoza, hemos encontrado algo preocupante.

Me incorporé.

—¿Qué?

—La identidad de Laura Navarro necesita una investigación más profunda.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Julia abrió la carpeta.

Había una fotografía antigua.

Mostraba a una mujer de cabello oscuro.

La reconocí inmediatamente.

Laura.

Pero debajo aparecía otro nombre.

VICTORIA SALAZAR.

Sentí que la sangre se me helaba.

—Daniel tenía razón.

La inspectora asintió.

—Existen registros que vinculan esa identidad con una investigación anterior de maltrato infantil.

Me llevé una mano al rostro.

—¿Cómo pudo casarse conmigo usando otro nombre?

—Todavía estamos investigando cómo obtuvo sus documentos actuales.

Después añadió:

—Hay algo más.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué?

Julia colocó una segunda fotografía sobre la mesa.

Era una niña.

Cabello castaño.

Ojos grandes.

Una sonrisa tímida.

—Sofía —susurré.

La inspectora asintió.

—La menor del caso anterior.

Observé la imagen.

Y sentí un escalofrío.

Había algo familiar en su rostro.

Algo que no lograba identificar.

Esa tarde recibí una llamada de mi hermana Isabel.

Vivía en Madrid y apenas había visto a Laura durante los últimos años.

—Andrés, acabo de enterarme de lo de Ema.

Su voz temblaba.

—¿Cómo está?

—Estable. Los médicos siguen vigilándola.

Isabel comenzó a llorar.

—Dios mío…

Después guardó silencio.

—Andrés, necesito contarte algo.

Cerré los ojos.

—¿Qué?

—Hace seis meses, Ema me llamó.

Me quedé inmóvil.

—¿Te llamó?

—Sí. Desde el teléfono de una compañera del colegio.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué te dijo?

Isabel respiró profundamente.

—Me preguntó si podía vivir conmigo.

El mundo pareció detenerse.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Intenté llamarte. Laura contestó y dijo que Ema estaba enfadada porque le habían quitado la tableta.

Apreté los puños.

—¿Y le creíste?

Mi hermana comenzó a llorar.

—No sabía qué pensar. Debí insistir.

Miré hacia la habitación de Ema.

—Yo también.

Al tercer día, Ema pudo sentarse en la cama.

Una especialista infantil llamada Carolina Méndez se reunió con ella.

Yo esperé afuera.

Cuando terminó, Carolina se acercó.

Su expresión era seria.

—Señor Mendoza, su hija ha compartido información que requiere una investigación cuidadosa.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué contó?

—No puedo adelantar todos los detalles de la entrevista. Pero sí puedo decirle que Ema necesita un entorno seguro, estable y sin contacto con la persona señalada mientras se evalúa el riesgo.

Asentí inmediatamente.

—Lo tendrá.

Carolina me miró.

—También mencionó que intentó pedir ayuda anteriormente.

Cerré los ojos.

Recordé una noche, dos meses atrás.

Ema me había llamado mientras yo estaba en Singapur.

—Papá, ¿puedes volver mañana?

Yo estaba entrando a una reunión.

—Cariño, todavía me quedan tres días.

—Pero te necesito.

Le había prometido que le compraría una bicicleta nueva.

Después colgué.

Aquella memoria me atravesó como un cuchillo.

Esa noche regresé a casa acompañado por la policía para recoger algunas pertenencias de Ema.

Laura no estaba.

La vivienda parecía perfectamente ordenada.

Demasiado ordenada.

Su bolso había desaparecido.

También una maleta.

La inspectora Julia examinó las habitaciones.

Yo subí al dormitorio de mi hija.

Todo estaba en su lugar.

Los peluches.

Los libros.

Los dibujos.

Pero sobre su escritorio había una pequeña libreta azul.

La abrí.

En la primera página aparecía un dibujo de nuestra familia.

Yo.

Ema.

Y Laura.

Mi figura estaba rodeada de corazones.

La de Laura había sido tachada con lápiz negro.

Pasé otra página.

Había una frase escrita con letras infantiles:

«Cuando papá está en casa, Laura sonríe».

En la siguiente:

«Cuando papá se va, tengo miedo».

Sentí que las lágrimas comenzaban a correr por mi rostro.

Seguí leyendo.

Hasta llegar a una página donde Ema había escrito:

«Si algún día me pasa algo, busquen debajo de mi cama».

Me arrodillé inmediatamente.

Debajo de la cama había una caja de zapatos.

La saqué.

Dentro encontré varios dibujos.

Un teléfono viejo.

Y un pequeño cuaderno.

En la portada decía:

MIS DÍAS SIN PAPÁ.

Sentí que el corazón se me detenía.

Abrí la primera página.

Ema había anotado fechas.

Días.

Horas.

Y pequeñas descripciones.

«Lunes. Laura se enfadó porque derramé agua».

«Miércoles. Me dijo que no hablara con la maestra».

«Viernes. Me encerró en mi habitación».

Cada página era una nueva herida.

Entonces encontré algo más.

Una fotografía.

Mostraba a Laura junto a un hombre desconocido.

Estaban frente a nuestra casa.

La fecha impresa era de tres semanas atrás.

Y debajo, Ema había escrito:

«El hombre que viene cuando papá no está».

Le entregué todo a Julia.

La inspectora examinó la fotografía.

Su expresión cambió.

—¿Conoce a este hombre?

Negué.

—Nunca lo había visto.

Julia miró a su compañero.

—Necesitamos verificar esto inmediatamente.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién es?

La inspectora dudó.

—No quiero adelantar conclusiones.

Pero yo conocía aquella mirada.

Había algo que no me estaba diciendo.

—Por favor.

Julia respiró profundamente.

—El hombre se parece a alguien relacionado con la investigación anterior de Victoria Salazar.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién?

—Su antiguo compañero sentimental.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Estaba entrando en mi casa?

Julia asintió.

—Eso parece indicar la fotografía.

Al día siguiente, la policía localizó a Laura.

Había intentado abandonar la ciudad.

Fue detenida para responder por las acusaciones relacionadas con Ema y por las irregularidades que se estaban investigando.

Cuando Julia me llamó, sentí un alivio que duró apenas unos segundos.

Porque inmediatamente añadió:

—Andrés, encontramos algo en su equipaje.

—¿Qué?

—Documentos relacionados con su hija.

Fruncí el ceño.

—¿Qué documentos?

—Copias de su partida de nacimiento, información escolar y documentos que parecen formar parte de una solicitud de traslado.

Sentí un escalofrío.

—¿Traslado adónde?

Julia respiró profundamente.

—A otro país.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Estaba intentando llevarse a Ema?

—Es una posibilidad que estamos investigando.

Apreté el teléfono.

—¿Por qué?

La inspectora guardó silencio.

Después respondió:

—Porque quizá su relación con usted comenzó por una razón distinta de la que imagina.

Aquella tarde, Julia me citó en la comisaría.

Cuando llegué, había un hombre sentado junto a ella.

Llevaba traje oscuro.

Tenía unos cincuenta años.

—Señor Mendoza —dijo Julia—, él es el inspector retirado Ricardo Salas.

El hombre se levantó.

—Llevo años siguiendo el caso de Victoria Salazar.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Ricardo abrió una carpeta.

—Porque la niña Sofía desapareció del sistema de protección después de que su madre fuera hospitalizada.

Fruncí el ceño.

—¿Su madre?

—Su madre biológica.

Me quedé inmóvil.

—Pensé que Victoria era su madre.

Ricardo negó.

—Eso fue lo que afirmó inicialmente.

Después colocó una fotografía sobre la mesa.

Era la imagen de una mujer joven.

Cabello castaño.

Ojos oscuros.

Una sonrisa que conocía demasiado bien.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No puede ser…

Ricardo me observó.

—¿La reconoce?

Mis manos comenzaron a temblar.

—Es Mariana.

Julia levantó la mirada.

—¿Quién es Mariana?

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

—Mi primera esposa.

La madre de Ema.

La mujer que había muerto en un accidente automovilístico seis años atrás.

Ricardo respiró profundamente.

—Andrés, encontramos esta fotografía en el expediente de Sofía.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué relación tenía Mariana con esa niña?

El inspector abrió otro documento.

—Eso es lo que llevamos años intentando determinar.

Miré nuevamente la fotografía.

Mariana sostenía a una niña pequeña.

La niña tenía aproximadamente cuatro años.

Y en su muñeca llevaba una pulsera roja.

Recordé aquella pulsera.

Mariana había comprado dos iguales durante unas vacaciones.

Una para ella.

Otra para Ema.

Pero la niña de la fotografía no era Ema.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién es esa niña?

Ricardo bajó la mirada.

—Sofía.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Por qué mi esposa estaba con ella?

Julia colocó un último documento sobre la mesa.

Era una copia de un registro hospitalario.

Fecha: seis años atrás.

Dos días antes del accidente de Mariana.

En la parte superior aparecía su nombre.

MARIANA MENDOZA.

Y debajo, una anotación:

«Solicitud de evaluación de custodia y protección de dos menores».

Me quedé sin respiración.

—¿Dos menores?

Ricardo asintió lentamente.

—Andrés, hay indicios de que Mariana estaba intentando proteger a Sofía y a Ema antes de morir.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿De quién?

El inspector respiró profundamente.

—De Victoria Salazar.

Regresé al hospital completamente destruido.

Ema estaba sentada en su cama, coloreando un dibujo.

Cuando me vio, sonrió.

—¡Papá!

Me acerqué y la abracé suavemente.

—Hola, princesa.

Ella me miró.

—¿Estás llorando?

Negué, aunque las lágrimas seguían cayendo.

—Solo estoy feliz de verte.

Ema dejó los lápices.

Después me tomó la mano.

—Papá, ¿Laura ya no va a volver?

La miré.

—Estamos haciendo todo lo necesario para que estés segura.

Mi hija respiró profundamente.

Entonces dijo algo que me dejó inmóvil.

—¿Y Sofía?

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué?

Ema bajó la mirada.

—La niña de las fotografías.

Me incorporé lentamente.

—¿Qué sabes de Sofía?

Mi hija apretó mi mano.

—Laura hablaba de ella cuando creía que yo estaba dormida.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué decía?

Ema comenzó a temblar.

—Que Sofía había cometido el mismo error que yo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué error?

Mi hija levantó lentamente los ojos.

Y susurró:

—Contarle a alguien lo que pasaba en casa.

Aquella noche recibí una llamada de Ricardo.

Su voz estaba alterada.

—Andrés, encontramos a Sofía.

Me levanté inmediatamente.

—¿Está viva?

—Sí.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Gracias a Dios.

Pero Ricardo no parecía aliviado.

—Necesito que vengas mañana. Hay algo que debes saber.

—Dímelo ahora.

Hubo un silencio.

—Sofía está bajo protección y hemos podido confirmar algunos datos de su identidad.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué datos?

Ricardo respiró profundamente.

—Su nombre original no era Sofía Salazar.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuál era?

El inspector respondió:

—Sofía Mendoza.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Mendoza?

—Sí.

—Pero…

Ricardo me interrumpió.

—Andrés, encontramos un documento que vincula a Sofía con tu familia. Todavía necesitamos verificar su autenticidad y la naturaleza exacta del parentesco.

Me llevé una mano al rostro.

—¿Qué documento?

El inspector guardó silencio.

Después pronunció una frase que me dejó sin respiración.

—Una partida de nacimiento en la que Mariana Mendoza aparece registrada como su madre.

Me quedé completamente inmóvil.

Mi esposa había muerto seis años atrás.

Ema tenía ocho.

Y Sofía, según los registros, era tres años mayor.

Durante todo nuestro matrimonio, Mariana nunca me había hablado de otra hija.

O quizá había intentado hacerlo.

Y yo nunca la había escuchado.

Entonces Ricardo añadió:

—Hay una última cosa.

—¿Qué?

—Cuando le mostramos tu fotografía a Sofía, comenzó a llorar.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Por qué?

El inspector respiró profundamente.

—Porque dijo que te conocía.

Me quedé sin aliento.

—Eso es imposible.

Ricardo bajó la voz.

—Andrés, Sofía asegura que tú fuiste el hombre que la sacó de aquella casa hace seis años.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Porque seis años atrás, la noche del accidente de Mariana, yo había sufrido una lesión en la cabeza.

Y había perdido casi cuarenta y ocho horas de recuerdos.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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