Nathan Brooks dejó lentamente su bolígrafo sobre el escritorio.
—Claire, necesito que me digas exactamente qué empresa te dejó tu abuelo.
Lo miré durante varios segundos.
—Blackwood Capital Partners.
Su expresión cambió.
—¿La firma de inversión de Nueva York?
Asentí.
—Mi abuelo fue uno de sus fundadores.
Nathan se incorporó.
—¿Qué porcentaje heredaste?
—El treinta y dos por ciento.
Se quedó completamente inmóvil.
—Claire… Blackwood administra miles de millones de dólares.
—Lo sé.
—¿Y Aaron no tiene idea?
Negué.
—Nunca se interesó por mi familia. Pensaba que mi abuelo era simplemente un anciano retirado que vivía en Connecticut.
Nathan soltó una risa incrédula.
—¿Sabes cuánto vale esa participación?
—Mucho más de lo que necesito para vivir.
Su expresión se volvió seria.
—¿Y qué relación tiene Blackwood con Prescott Global?
Sonreí por primera vez aquella mañana.
—Eso es precisamente lo que Aaron está a punto de descubrir.
A las cuatro de la tarde, Aaron apareció en el despacho de Nathan.
No tenía cita.
Entró acompañado por su abogado corporativo, Richard Hale.
Llevaba el mismo traje gris que yo había planchado dos días antes.
Su rostro estaba rojo de furia.
—¡Claire! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Nathan se levantó.
—Señor Prescott, está entrando en una reunión privada.
Aaron lo ignoró.
—¡Me humillaste delante de toda mi empresa!
Lo observé tranquilamente.
—No, Aaron. Tú te humillaste cuando decidiste pasar cinco noches fuera de casa con tu amante.
Su mandíbula se tensó.
—Jasmine es mi directora de estrategia.
—Qué interesante. Yo pensaba que su trabajo consistía en diseñar estrategias empresariales, no en ocupar mi lugar en tu cama.
Richard Hale carraspeó.
Aaron golpeó el escritorio.
—¡Borra ese mensaje de Slack!
Nathan intervino.
—Le recomiendo que deje de gritarle a mi clienta.
Aaron soltó una carcajada.
—¿Tu clienta? Claire no tiene idea de cómo funcionan estas cosas.
Lo miré.
—Tengo bastante claro cómo funciona un divorcio.
—Vas a arrepentirte —dijo.
Saqué una copia del acuerdo.
—Entonces empieza por leer esto.
Aaron tomó los documentos.
Pasó rápidamente las páginas.
Después frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—¿No quieres una compensación?
—No.
—¿Ni acciones de Prescott Global?
—No necesito tus acciones.
Su expresión cambió.
Por primera vez parecía confundido.
—Claire, no tienes ingresos propios.
Nathan levantó una ceja.
Yo sonreí.
—Eso es lo que siempre pensaste.
Aaron soltó una carcajada.
—¿Vas a decirme que escondiste una fortuna debajo del colchón?
—No.
Me levanté.
—La fortuna nunca estuvo escondida, Aaron. Simplemente nunca te molestaste en preguntar.
Tomé mi bolso.
—Mi abogado se comunicará con el tuyo.
Antes de salir, Aaron me sujetó del brazo.
—Esto no ha terminado.
Lo miré directamente.
—Para nuestro matrimonio, sí.
Aquella noche regresé a la casa acompañada por mis padres.
Mi madre, Margaret, recorrió el dormitorio principal con una expresión de tristeza.
—¿Cuánto tiempo llevas soportando esto?
Me quedé mirando el armario vacío de Aaron.
—Más del que quiero admitir.
Mi padre, Charles, apareció en la puerta.
—Elena, tu madre y yo…
Se detuvo.
—Claire —corrigió rápidamente, avergonzado—. Perdona, cariño. Estaba pensando en tu abuela.
Sonreí débilmente.
—Está bien, papá.
Él me abrazó.
—Nunca necesitaste quedarte aquí por dinero.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—Porque seguía esperando que Aaron volviera a ser el hombre del que me enamoré.
Mi madre me tomó la mano.
—A veces el hombre que extrañamos nunca fue realmente quien creíamos.
A la mañana siguiente recibí una llamada de Blackwood Capital.
Era Daniel Whitmore, el director ejecutivo.
—Claire, tenemos un problema.
Me incorporé en la cama.
—¿Qué sucede?
—Prescott Global está solicitando una ampliación urgente de su línea de crédito.
Fruncí el ceño.
—¿Cuánto?
—Ciento ochenta millones de dólares.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué necesitan tanto dinero?
Daniel suspiró.
—Su última adquisición está perdiendo liquidez. Y parece que Aaron ha ocultado parte de la situación a su junta directiva.
Me quedé en silencio.
—¿Blackwood es su principal prestamista?
—Controlamos una parte significativa de su financiación a través de varios fondos.
Miré por la ventana.
Durante tres años, Aaron había presumido de ser el único responsable del éxito de Prescott Global.
Nunca mencionó que su empresa dependía de financiación externa.
—Daniel, quiero una revisión completa de nuestra exposición.
—¿Debemos congelar la ampliación?
—No tomes ninguna decisión extraordinaria por mi divorcio. Quiero que el comité de riesgos evalúe la solicitud como cualquier otra.
Daniel guardó silencio.
Después respondió:
—Entendido.
A las once de la mañana, Jasmine Cole publicó un mensaje en Slack.
Alguien me envió una captura de pantalla.
«Los asuntos personales deben mantenerse fuera del entorno profesional. Algunas personas deberían aprender a comportarse con dignidad».
Sonreí.
Jasmine siempre había disfrutado hablando de dignidad.
Especialmente mientras utilizaba mi lugar en los eventos de la empresa.
No respondí.
Pero veinte minutos después, Nathan me llamó.
—Claire, ¿has visto el mensaje de Jasmine?
—Sí.
—Bien. No contestes.
—No pensaba hacerlo.
Nathan hizo una pausa.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Un antiguo empleado de Prescott Global se comunicó conmigo.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
—Michael Torres. Trabajaba en auditoría interna.
—¿Y qué quiere?
—Dice que fue despedido después de cuestionar gastos relacionados con Jasmine Cole.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué clase de gastos?
—Viajes, apartamentos corporativos y transferencias a una consultora privada.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto dinero?
Nathan respiró profundamente.
—Aproximadamente nueve millones de dólares.
Dos días después, Aaron convocó una reunión extraordinaria de la junta.
Yo no debía estar allí.
Al menos, eso creía él.
A las nueve de la mañana, Daniel Whitmore entró en la sala de juntas de Prescott Global acompañado por dos representantes de Blackwood Capital.
Yo caminaba detrás.
Cuando Aaron me vio, se levantó bruscamente.
—¿Qué hace ella aquí?
Jasmine estaba sentada a su derecha.
Llevaba un vestido blanco y una sonrisa arrogante.
—Claire, esto es una reunión empresarial.
Daniel dejó su maletín sobre la mesa.
—Precisamente por eso está aquí.
Aaron frunció el ceño.
—Explíquese.
Daniel se volvió hacia los directores.
—Señoras y señores, les presento a Claire Harper Prescott, accionista del treinta y dos por ciento de Blackwood Capital Partners.
El silencio fue absoluto.
Jasmine dejó caer su bolígrafo.
Aaron me miró como si acabara de convertirme en una desconocida.
—¿Qué?
Daniel continuó:
—La señora Prescott participa en la supervisión de las inversiones de nuestra firma y ha solicitado una revisión de los riesgos asociados con su financiación.
Aaron palideció.
—Eso es imposible.
Lo miré.
—No, Aaron. Simplemente nunca me preguntaste qué hacía con mi tiempo mientras tú estabas ocupado con Jasmine.
Jasmine se levantó.
—Esto es un conflicto de intereses evidente.
Daniel asintió.
—Por esa razón, Claire no decidirá personalmente sobre ninguna medida crediticia relacionada con Prescott Global.
La sonrisa de Jasmine regresó.
Pero desapareció cuando Daniel añadió:
—El comité independiente ya ha detectado inconsistencias que requieren aclaración antes de considerar nuevos fondos.
Aaron apretó los puños.
—¿Qué inconsistencias?
Daniel abrió una carpeta.
—Gastos corporativos sin justificación suficiente, pagos a proveedores vinculados con ejecutivos y discrepancias en los informes de liquidez.
Uno de los directores levantó la cabeza.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
Daniel respondió:
—La revisión inicial identifica aproximadamente diecisiete millones de dólares en operaciones que necesitan documentación adicional.
La sala quedó en silencio.
Aaron miró a Jasmine.
Ella evitó sus ojos.
Entonces la puerta se abrió.
Entró Michael Torres, el antiguo auditor.
Llevaba una carpeta negra.
Aaron se puso de pie.
—¡Este hombre fue despedido!
Michael lo miró.
—Precisamente porque encontré algo que usted no quería que nadie viera.
Colocó varios documentos sobre la mesa.
—Durante ocho meses investigué transferencias realizadas a Cole Strategic Consulting.
Jasmine palideció.
—Mi empresa presta servicios legítimos.
Michael asintió.
—Entonces podrá explicar por qué recibió pagos por proyectos que nunca fueron ejecutados.
Aaron golpeó la mesa.
—¡Basta!
Pero uno de los directores intervino.
—Si existen irregularidades, tenemos la obligación de investigarlas.
Michael sacó otra hoja.
—Y hay algo más.
Miró directamente a Jasmine.
—La señora Cole utilizó fondos corporativos para pagar una propiedad en Beacon Hill.
Sentí un escalofrío.
Beacon Hill.
El apartamento donde Aaron había pasado tantas noches.
Jasmine abrió la boca.
No salió ningún sonido.
La reunión terminó con una decisión unánime.
Se abriría una investigación independiente.
Aaron permanecería apartado temporalmente de ciertas decisiones financieras mientras se revisaban los documentos.
Jasmine fue puesta en licencia administrativa.
Cuando todos comenzaron a salir, Aaron se acercó a mí.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía furioso.
Parecía desesperado.
—Claire, tenemos que hablar.
—Habla con Nathan.
—Por favor.
Lo miré.
—¿Qué quieres?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cometí un error.
Solté una risa amarga.
—¿Uno?
—Jasmine no significaba nada.
Aquellas palabras me provocaron más desprecio que tristeza.
—Entonces destruiste nuestro matrimonio por alguien que no significaba nada.
Aaron bajó la cabeza.
—Podemos empezar de nuevo.
Negué lentamente.
—No, Aaron.
Me acerqué a la puerta.
—Yo ya empecé.
Aquella noche Nathan apareció en mi apartamento temporal.
Su expresión era extraña.
—Claire, encontramos algo.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—¿Relacionado con los gastos de Jasmine?
—No exactamente.
Abrió la primera página.
—Durante los últimos dieciocho meses, Aaron ha realizado pagos personales a una clínica privada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué clínica?
—Westbridge Fertility Center.
Sentí que se me helaba la sangre.
Conocía ese nombre.
Dos años atrás, Aaron y yo habíamos acudido allí después de intentar tener un hijo.
Habíamos iniciado un tratamiento de fertilidad.
Pero él insistió en suspenderlo.
Me dijo que no estaba preparado para ser padre.
—¿Qué clase de pagos? —pregunté.
Nathan respiró profundamente.
—Almacenamiento, procedimientos médicos y honorarios legales.
Lo miré sin comprender.
—Nuestro tratamiento terminó hace dos años.
Nathan negó.
—Eso es lo preocupante.
Sacó otro documento.
—La clínica registra autorizaciones posteriores que supuestamente llevan tu firma.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Yo no firmé nada.
—Lo sospechaba.
A la mañana siguiente fuimos a Westbridge.
La directora médica, doctora Helen Marsh, nos recibió con evidente nerviosismo.
Nathan colocó los documentos sobre su escritorio.
—Necesitamos aclarar estas autorizaciones.
La doctora los examinó.
Después me miró.
—Señora Prescott, ¿usted no aprobó la continuación del programa?
Negué.
—No.
Su expresión cambió.
—Entonces tenemos un problema serio.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Qué ocurrió?
La doctora abrió el expediente.
—Según estos registros, se utilizaron embriones creados durante su tratamiento.
Me quedé paralizada.
—¿Utilizaron?
Helen bajó la mirada.
—Existe documentación de una transferencia embrionaria realizada a una gestante.
Nathan se inclinó hacia delante.
—¿Con autorización de quién?
La doctora señaló una firma.
Era la mía.
O una imitación extraordinariamente buena.
—Yo jamás autoricé esto —susurré.
Helen palideció.
—Entonces debemos iniciar una investigación inmediata.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Contenía una fotografía.
Jasmine.
Sentada en una habitación infantil.
Sostenía a una bebé de pocos meses.
Debajo había una frase:
«Aaron te quitó mucho más que un marido».
Sentí que el mundo se detenía.
Le mostré la imagen a Nathan.
Su expresión se endureció.
—Claire, no saquemos conclusiones todavía. Necesitamos verificar quién es esa niña.
Pero entonces llegó un segundo mensaje.
«Pregúntale a Aaron por qué lleva dieciocho meses pagando la clínica».
Llamé inmediatamente a mi esposo.
Contestó al primer tono.
—Claire…
Mi voz temblaba.
—¿Quién es la bebé de la fotografía?
Hubo un silencio.
—¿Qué fotografía?
—No me mientas.
Aaron comenzó a respirar agitadamente.
—Claire, necesito explicarte algo.
—¿Utilizaste nuestros embriones sin mi consentimiento?
Su silencio fue suficiente para helarme la sangre.
—Aaron, contesta.
Finalmente habló.
—Jasmine quería tener un hijo.
Sentí náuseas.
—¿Qué?
—Todo se complicó. Yo no sabía cómo decírtelo.
Me apoyé contra la pared.
—¿Me estás diciendo que autorizaste utilizar nuestros embriones para que Jasmine tuviera un bebé?
Aaron comenzó a llorar.
—No fue exactamente así.
—Entonces explícame cómo fue.
Su respuesta me dejó sin aliento.
—Jasmine no es la madre biológica de esa niña.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Aaron tragó saliva.
—Si los registros son correctos, tú lo eres.
El teléfono casi cayó de mis manos.
Nathan se levantó inmediatamente.
—Claire, ¿qué sucede?
Pero Aaron todavía no había terminado.
—Hay algo más que debes saber.
Su voz se quebró.
—La bebé no es la única.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué estás diciendo?
Hubo un silencio insoportable.
—Claire… también hay un niño. Nacieron el mismo día.
Miré a Nathan.
No podía respirar.
—¿Dónde está mi hijo?
Aaron comenzó a llorar.
—Eso es lo que llevo tres meses intentando descubrir. Jasmine se llevó a la niña, pero alguien sacó al niño del hospital antes de que yo pudiera verlo.
Entonces recibí un tercer mensaje.
Esta vez no era una fotografía.
Era un video.
Mostraba a un bebé dormido en una cuna.
Y detrás de él, una mujer mayor.
Reconocí su rostro inmediatamente.
Mi suegra.
La madre de Aaron.
Debajo del video aparecía una sola frase:
«Si quieres conocer a tu hijo, ven sola. Y no le digas nada a Aaron».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
