PARTE 2: LA VERDADERA HEREDERA

A las nueve y cuarenta y cinco, mi teléfono sonó.

Era Dominic.

—¿Ya empezaste a empacar?

Estaba sentada frente al espejo mientras una estilista terminaba de recogerme el cabello.

—Todavía no.

—Evelyn, no me obligues a llamar a seguridad mañana.

Miré el vestido de seda negra que llevaba puesto.

—No será necesario.

—Bien. Por una vez estás siendo razonable.

Colgó.

Sonreí.

Dominic siempre había confundido mi silencio con obediencia.

Aquella noche descubriría la diferencia.

A las diez y cinco, una limusina negra se detuvo frente al hotel Meridian.

Richard Mercer me esperaba junto a la entrada.

Tenía sesenta y ocho años, cabello plateado y una presencia que hacía que los hombres más poderosos de Chicago enderezaran la espalda.

Cuando me vio, sonrió.

—Te pareces mucho a tu madre.

Sentí una punzada en el pecho.

—Ojalá pudiera estar aquí.

Richard me ofreció el brazo.

—Créeme, Evelyn. Esta noche estaría orgullosa de ti.

Respiré profundamente.

—¿Estás seguro de que debemos hacerlo públicamente?

Su expresión se volvió seria.

—Tu marido lleva ocho años beneficiándose de tu discreción. Ya es hora de que conozca la verdad.

Entramos juntos.

Y el salón entero pareció detenerse.

Las conversaciones disminuyeron.

Los fotógrafos giraron sus cámaras.

Un senador se acercó inmediatamente a saludar a Richard.

Después me miró.

—Señorita Mercer, es un honor conocerla finalmente.

Sonreí.

—El placer es mío.

Al otro lado del salón, Dominic levantó la cabeza.

Estaba junto a Vanessa, una rubia de vestido rojo que llevaba un collar de diamantes.

Cuando me vio, frunció el ceño.

Pero cuando reconoció al hombre que me acompañaba, su copa quedó suspendida en el aire.

Richard inclinó la cabeza hacia mí.

—Parece que tu esposo nos ha visto.

—Exesposo, si todo sale como él quiere.

Richard sonrió.

—Entonces será una noche interesante.

Dominic llegó hasta nosotros en menos de un minuto.

—Señor Mercer.

Su voz sonaba extrañamente rígida.

Richard lo observó sin sonreír.

—Dominic Vale.

Mi marido me miró.

—Evelyn, ¿qué estás haciendo aquí?

—Asistiendo a una gala.

—¿Con él?

Richard respondió antes que yo.

—La invité personalmente.

Dominic parpadeó.

—No sabía que se conocían.

—Hay muchas cosas que no sabes de tu esposa —respondió Richard.

Vanessa apareció detrás de él.

Me examinó de arriba abajo.

—Evelyn, qué sorpresa. Pensé que Dominic te había pedido que te quedaras en casa.

Richard volvió lentamente la cabeza.

—¿Y usted es?

Vanessa sonrió.

—Vanessa Cole. La pareja de Dominic.

La expresión de Richard se endureció.

—Qué presentación tan reveladora.

Dominic se apresuró a intervenir.

—Señor Mercer, me gustaría hablar con usted sobre nuestra propuesta de inversión.

—Más tarde.

Richard colocó una mano sobre mi hombro.

—Primero debo presentar a la invitada de honor.

Dominic palideció.

—¿Invitada de honor?

En ese momento, las luces del salón disminuyeron.

El presentador subió al escenario.

—Damas y caballeros, recibamos al presidente del Grupo Mercer, Richard Mercer.

Los aplausos llenaron la sala.

Richard me ofreció nuevamente el brazo.

Subimos juntos.

Desde el escenario pude ver a Dominic entre los invitados.

Su expresión había cambiado por completo.

Richard tomó el micrófono.

—Durante treinta años, mi familia ha mantenido una participación privada en varias de las compañías más importantes de Chicago.

Una pantalla gigante mostró el emblema de Mercer Holdings.

—Esta noche quiero presentarles a la persona que asumirá la presidencia ejecutiva del grupo.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Richard se volvió hacia mí.

—Mi sobrina, Evelyn Mercer.

El salón estalló en aplausos.

Dominic dejó caer su copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

Richard continuó:

—Evelyn es hija de mi difunta hermana, Catherine Mercer. Por decisión de su madre, su identidad y su patrimonio permanecieron protegidos durante años.

Sentí que se me humedecían los ojos.

Mi madre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Antes de partir, me hizo prometer que construiría una vida propia sin depender del apellido Mercer.

Y lo había hecho.

Había trabajado.

Había amado.

Había soportado humillaciones que nunca habría tolerado si hubiera sabido cuánto estaba sacrificando.

Richard levantó una carpeta.

—A partir de esta noche, Evelyn ejercerá el control de las participaciones familiares, valoradas en más de cuatro mil millones de dólares.

Los aplausos se hicieron ensordecedores.

Pero yo solo miraba a Dominic.

Su rostro estaba completamente blanco.

Cuando bajamos del escenario, Dominic nos interceptó.

—Evelyn, tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Sobre nuestro matrimonio.

Casi me reí.

—Hace tres horas querías terminarlo.

—Estaba confundido.

Vanessa apareció a su lado.

—Dominic, ¿qué estás diciendo?

Él la ignoró.

—Evelyn, ocho años no pueden desaparecer así.

Lo miré fijamente.

—Tienes razón. Ocho años no desaparecen.

Por un instante, pareció aliviado.

Hasta que continué:

—Tampoco desaparecen ocho años de mentiras.

Richard se acercó.

—Dominic, creo que hay algo más que deberías saber.

Sacó un documento.

—Vale Enterprises lleva dieciocho meses negociando financiación con una subsidiaria de Mercer Holdings.

Dominic tragó saliva.

—Sí, señor.

—La operación todavía no está aprobada.

—Pero recibimos garantías…

—Recibiste una propuesta condicionada —lo corrigió Richard—. Y la decisión final corresponde ahora a Evelyn.

Dominic me miró como si acabara de recibir un golpe.

—Evelyn…

Negué lentamente.

—No voy a utilizar mi posición para castigarte, Dominic. La empresa será evaluada conforme a sus resultados y sus riesgos.

Richard asintió.

—Exactamente.

Pero entonces un hombre de traje azul se acercó apresuradamente.

Era Thomas Reed, el director jurídico del grupo.

—Señora Mercer, necesitamos hablar en privado.

Su expresión me inquietó.

Nos condujo hasta una sala contigua.

Sobre la mesa colocó varios documentos.

—Durante la revisión de Vale Enterprises encontramos transferencias irregulares.

Miré las cifras.

—¿Cuánto dinero?

—Cuarenta y dos millones de dólares.

Richard frunció el ceño.

—¿A dónde fueron?

Thomas señaló un nombre.

Cole Strategic Consulting.

Vanessa.

Sentí un escalofrío.

—¿La amante de Dominic?

Thomas asintió.

—La empresa está registrada a su nombre.

Richard golpeó suavemente la mesa.

—¿Dominic autorizó las transferencias?

—Eso parece. Pero hay algo peor.

Thomas deslizó otro documento hacia mí.

Era una autorización de garantía.

En la parte inferior aparecía mi nombre.

Evelyn Vale.

Y debajo, una firma.

Mi firma.

Solo que yo nunca había firmado aquel documento.

—Esto es una falsificación —susurré.

Thomas asintió.

—Lo sospechábamos.

Levanté la mirada.

—¿Qué garantiza?

El abogado tardó unos segundos en responder.

—La totalidad de las obligaciones financieras derivadas de esas transferencias.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Dominic intentó responsabilizarme personalmente por cuarenta y dos millones de dólares?

—Sí.

Richard se puso de pie.

—Llama inmediatamente a nuestros abogados externos.

Pero Thomas no se movió.

—Señor Mercer, todavía falta algo.

Sacó una última carpeta.

—Encontramos comunicaciones que sugieren que Vanessa conocía la verdadera identidad de Evelyn desde hace más de un año.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Thomas abrió una fotografía.

Mostraba a Vanessa saliendo de una reunión privada con alguien.

Reconocí inmediatamente a aquella mujer.

Era Margaret Mercer.

La segunda esposa de Richard.

Mi tía política.

La mujer que durante años había intentado convencerlo de que yo no merecía participar en el patrimonio familiar.

—¿Por qué se reunieron? —pregunté.

Thomas me miró gravemente.

—Porque Vanessa no apareció por casualidad en la vida de Dominic.

El teléfono de Richard comenzó a sonar.

Era Margaret.

Él respondió.

—¿Qué quieres?

Su expresión cambió mientras escuchaba.

Después activó el altavoz.

La voz de Margaret llenó la habitación.

—Richard, dile a Evelyn que renuncie esta misma noche.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué haría eso?

Margaret soltó una risa fría.

—Porque tengo los documentos originales de la muerte de su madre.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté.

Su respuesta me heló la sangre.

—Catherine Mercer no murió en un accidente, Evelyn. Y si aceptas la presidencia, descubrirás por qué tu marido recibió dinero para casarse contigo.

Miré hacia la puerta.

Al otro lado del cristal, Dominic nos observaba.

Y por primera vez comprendí que tal vez nuestro matrimonio nunca había comenzado por amor.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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