PARTE 2 — EL NOMBRE QUE RACHEL OCULTÓ

El rey todavía sostenía mi mano.

—Hace ocho años —dijo—, usted salvó la vida de mi hijo.

Sentí que todo el salón se quedaba inmóvil.

Miré a Alejandro.

Entonces lo reconocí.

No como príncipe.

Como el joven oficial ensangrentado que había evacuado durante una operación naval en el Mediterráneo.

—Usted era el teniente Álvarez.

Alejandro sonrió.

—Y usted era la comandante que se negó a abandonarme.

Rachel palideció.

—¿De qué están hablando?

El rey se volvió hacia ella.

—Precisamente de lo que aseguraste que nunca ocurrió.

Mi hermana dejó caer ligeramente el ramo.

—Yo nunca dije eso.

Alejandro endureció la mirada.

—Dijiste que Emily había exagerado su carrera militar.

Mi madre soltó un pequeño jadeo.

Yo miré a Rachel.

Ahora entendía.

No me había excluido únicamente porque se avergonzara de mí.

Había estado contando mentiras.

—¿Qué más dijiste? —pregunté.

Rachel guardó silencio.

El rey hizo una señal.

Un asistente apareció con una pequeña caja.

Dentro había una condecoración extranjera.

La reconocí inmediatamente.

Nunca la había recibido.

—Nuestro gobierno intentó localizarla durante años —explicó el rey—. Parte de aquella operación permaneció clasificada.

Alejandro dio un paso hacia mí.

—Cuando descubrí hace dos meses que Rachel Carter era tu hermana, pregunté por ti.

Miró a Rachel.

—Ella dijo que habías rechazado cualquier contacto con nuestra familia.

Mi corazón se hundió.

—Nunca me dijeron nada.

La mandíbula de Alejandro se tensó.

Rachel intervino.

—¡Era mi boda!

Su voz resonó por todo el salón.

—¡Por una vez quería que algo fuera solamente mío!

La miré sin comprender.

—Así que me borraste.

—¡Toda mi vida he sido la hermana pequeña de Emily!

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Emily la comandante.

Emily la heroína.

Emily la hija responsable.

—Y hoy finalmente todos iban a mirarme a mí.

Nadie habló.

Entonces el rey dijo algo que hizo que Rachel perdiera completamente el color.

—No la hicimos venir solamente para entregarle una condecoración.

Me volví hacia él.

Un segundo asistente colocó una carpeta sellada sobre la mesa.

—¿Qué es esto?

Alejandro respondió.

—Documentos de seguridad.

Abrió la carpeta.

En la primera página estaba mi fotografía.

Debajo aparecía el nombre de una misión que no había visto en ocho años.

—Después de aquella operación —continuó Alejandro—, desapareció un informe clasificado.

Mi espalda se tensó.

—Ese informe nunca desapareció.

—Exactamente.

Miró a Rachel.

—Alguien intentó acceder a una copia hace seis semanas utilizando tus credenciales familiares.

Rachel retrocedió.

—Yo no sé nada de eso.

El rey permaneció completamente sereno.

—Entonces seguramente podrá explicarnos por qué la solicitud de acceso salió del ordenador personal de la futura princesa.

El silencio fue absoluto.

Rachel miró a Alejandro.

—Puedo explicarlo.

Pero Alejandro ya no la miraba como a su esposa.

La miraba como a una desconocida.

Entonces uno de los oficiales de seguridad entró apresuradamente.

Susurró algo al oído del rey.

El rostro del monarca cambió.

—Cierren las puertas.

Los guardias obedecieron inmediatamente.

Mi padre avanzó.

—¿Qué está ocurriendo?

El oficial colocó una fotografía sobre la mesa.

La observé.

Y sentí un escalofrío.

Mostraba a Rachel reuniéndose con un hombre frente a un hotel seis semanas atrás.

Yo conocía aquel rostro.

Todos los militares involucrados en aquella misión lo conocíamos.

Se suponía que ese hombre llevaba ocho años muerto.

Alejandro miró a su nueva esposa.

—Rachel…

Su voz apenas fue un susurro.

—¿Quién eres realmente?

Y por primera vez comprendí que quizá mi hermana no me había excluido de su boda porque se avergonzara de mí.

Quizá necesitaba desesperadamente mantenerme lejos porque yo era la única persona presente capaz de reconocer al hombre con quien llevaba meses reuniéndose en secreto.

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