Lucas permaneció inmóvil sobre el escenario.
Mason todavía tenía la mano extendida.
—Señor Albright, ¿está bien?
Lucas parpadeó.
Después estrechó lentamente la mano de mi hijo.
—Sí.
Pero sus ojos seguían clavados en mí.
Cuando terminó la ceremonia, llevé a Mason hacia la salida.
No llegamos.
—Nora.
Aquella voz me detuvo.
Lucas estaba detrás de nosotros.
Mason me miró.
—Mamá, ¿lo conoces?
—Sí.
Lucas palideció todavía más al escuchar aquella palabra.
Mamá.
Se acercó.
—Necesito hablar contigo.
—Ahora no.
—¿Es mío?
Mason frunció el ceño.
Me giré lentamente.
—No delante de él.
Lucas miró a Mason.
Por primera vez vi algo parecido al miedo en su rostro.
—¿Cuándo nació?
—Lucas.
—Solo dime cuándo.
Mason me tomó de la mano.
—Mamá, ¿qué pasa?
Me agaché frente a él.
—¿Recuerdas que te dije que algún día conocerías toda la historia sobre tu padre?
Sus ojos se movieron hacia Lucas.
Era un niño inteligente.
Demasiado inteligente.
—¿Él es mi papá?
Lucas cerró los ojos.
Yo asentí.
—Biológicamente, sí.
Mason permaneció callado.
Después hizo una pregunta que destruyó cualquier esperanza de Lucas.
—¿Entonces por qué nunca vino a verme?
Lucas abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Porque no sabía que existías —respondí.
Lucas me miró inmediatamente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Saqué a Mason de allí antes de responder.
Dos horas después, Lucas apareció en mi hotel.
Esta vez estaba solo.
Le mostré una copia de la ecografía.
Fecha.
Once semanas.
Su rostro se derrumbó.
—Lo sabías cuando firmaste.
—Sí.
—Me quitaste diez años con mi hijo.
Lo miré fijamente.
—Tú me diste diez minutos para terminar nuestro matrimonio.
Silencio.
—Tenías prisa por recoger a Alyssa.
Lucas bajó la mirada.
—Nunca me casé con ella.
Aquello me sorprendió.
—¿Por qué?
Soltó una risa amarga.
—Porque seis meses después descubrí que nunca había regresado por mí.
Alyssa necesitaba dinero.
Lucas se lo había dado.
Después desapareció nuevamente.
—Intenté encontrarte —dijo.
—No demasiado.
—Vendiste la casa.
—Sí.
—Cambiaste de número.
—También.
Sus ojos se endurecieron.
—Quiero conocer a Mason.
—Eso lo decidirá Mason.
—Es mi hijo.
—No es una propiedad que acabas de descubrir.
Aquello lo hizo callar.
A la mañana siguiente, Lucas solicitó una prueba de ADN.
Acepté.
No porque tuviera dudas.
Porque quería que jamás pudiera decir que yo había manipulado la verdad.
El resultado llegó días después.
99,99%.
Lucas Albright era el padre biológico de Mason Miller.
Pero junto con el resultado llegó otra cosa.
Una carta de sus abogados.
Solicitud formal de custodia compartida.
Me quedé mirando el documento.
Así que ahí estaba el Lucas que recordaba.
Cuando perdía el control, utilizaba poder.
Dinero.
Abogados.
Contactos.
Llamé inmediatamente a mi abogada.
—Quiero revisar todo.
—¿Todo qué?
—El divorcio.
Hubo silencio.
—Nora, han pasado casi diez años.
—Lo sé.
Abrí la copia digital del antiguo acuerdo.
Entonces vi algo que nunca había notado.
La cláusula sobre hijos no decía simplemente que no teníamos hijos.
Declaraba que Lucas afirmaba no tener conocimiento de ningún embarazo existente al momento de la firma.
Mi abogada permaneció en silencio cuando se lo expliqué.
Después preguntó:
—¿Conservaste la ecografía original?
—Sí.
—¿Registros médicos?
—Todos.
—¿Y puedes demostrar que estabas embarazada antes del divorcio?
—Perfectamente.
Suspiró.
—Entonces Lucas debería pensarlo muy bien antes de convertir esto en una guerra.
Pero el verdadero golpe llegó aquella tarde.
Mason volvió de la escuela sosteniendo un sobre.
—Mamá, una señora me dio esto.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué señora?
—Dijo que se llamaba Alyssa.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía antigua.
Lucas y Alyssa.
En el reverso aparecía una fecha.
La misma semana de nuestro divorcio.
Debajo, Alyssa había escrito una sola frase:
“Antes de permitir que Lucas entre en la vida de Mason, pregúntale por qué realmente se divorció de ti.”
Me quedé inmóvil.
Lucas siempre me había hecho creer que nuestro matrimonio había terminado porque Alyssa había regresado.
Pero según la fecha de aquella fotografía, algo no encajaba.
Y por primera vez en casi diez años comprendí que quizás yo tampoco conocía la verdadera razón por la que mi esposo había tenido tanta prisa por hacerme firmar aquel día.