PARTE 2: EL LUGAR QUE NUNCA FUE MÍO

Ethan pensó que cambiaría de opinión.

No lo hice.

A la mañana siguiente entregué mi carta de renuncia al hospital y confirmé mi incorporación a la Facultad de Medicina de Northbridge, a casi mil kilómetros.

No se lo conté a Ethan.

Tampoco a Lily.

Durante las siguientes dos semanas empaqueté mi vida en silencio.

Ethan apenas lo notó.

Lily había tenido palpitaciones después de nuestro aniversario y él prácticamente se había instalado en su apartamento.

Cuando finalmente volvió, encontró tres cajas junto a la puerta.

—¿Qué es esto?

—Me voy.

Se rio.

Hasta que vio las maletas.

—Sophia, ya basta.

—Acepté un puesto en Northbridge.

Su expresión cambió.

—¿Sin consultármelo?

Aquello casi me hizo reír.

—Terminamos, Ethan. Ya no necesito consultarte nada.

—¿Vas a tirar tres años por unos regalos?

—Nunca fueron los regalos.

Entonces sonó su teléfono.

Lily.

Ethan respondió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Su rostro palideció.

—Voy para allá.

Colgó y tomó las llaves.

—Lily está en urgencias.

Por costumbre, di un paso hacia él.

Yo era médica.

Lily era mi mejor amiga.

Pero Ethan dijo:

—Hablaremos cuando vuelva.

Y se marchó.

Ni siquiera preguntó cuándo salía mi avión.

Tres días después estaba en Northbridge.

Cambié de número.

Alquilé un apartamento pequeño.

Y por primera vez en años compré algo solo para mí.

Una taza azul ridículamente cara.

Nadie recibió otra igual.

Pasaron seis meses.

Entonces recibí una llamada del Hospital St. Matthew.

—¿Doctora Sophia Bennett?

—Sí.

—Tenemos una paciente que solicita específicamente hablar con usted.

Era Lily.

Estaba esperando en cardiología cuando llegué.

Más delgada.

Más pálida.

Sola.

—No le dije a Ethan que venía —susurró.

Me senté frente a ella.

—¿Qué sucede?

Lily puso una caja sobre la mesa.

Dentro estaban todos los regalos idénticos.

Pulseras.

Collares.

Pendientes.

Incluso aquel anillo.

—Quiero devolvértelos.

—Nunca fueron míos.

—Eso creíamos.

Fruncí el ceño.

Lily sacó varios recibos antiguos.

Los nombres de los compradores no coincidían.

Algunos regalos ni siquiera habían sido comprados por Ethan.

Los había adquirido su madre.

Otros, una fundación familiar.

—Después de que te marchaste empecé a preguntar —dijo Lily—. Ethan se enfadó muchísimo.

—¿Preguntar qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por qué necesitaba que tú y yo tuviéramos siempre las mismas cosas.

Mi estómago se tensó.

Lily sacó una carpeta médica.

—Mi operación no fue la primera vez que nuestra familia habló de ti.

Abrí el expediente.

Mi nombre aparecía en una evaluación realizada cuatro años antes de que Ethan y yo empezáramos a salir.

SOPHIA BENNETT.

Compatibilidad inmunológica preliminar.

Me quedé helada.

—¿Qué demonios es esto?

—No lo sé todo.

Lily lloraba ya.

—Pero mi madre sí.

Había pruebas de sangre.

Historiales familiares.

Incluso información de mi universidad.

Alguien llevaba años siguiéndome médicamente.

—Ethan te conoció después de que encontraron esto —susurró Lily.

Sentí náuseas.

—¿Me estás diciendo que empezó conmigo por tu enfermedad?

—No lo sé.

—Lily.

—¡No lo sé!

Respiró con dificultad.

—Pensaba que él te quería. Pensaba que los regalos significaban que quería que fuéramos hermanas.

Entonces sacó una última hoja.

Era un correo de la madre de Ethan.

Fecha: tres meses antes de nuestra primera cita.

“Si Sophia desarrolla un vínculo estable con Ethan, será mucho más sencillo mantenerla cerca de Lily.”

Debajo había una respuesta.

De Ethan.

Solo cuatro palabras.

“Déjamelo a mí, mamá.”

Me quedé mirando la pantalla.

Tres años.

Cada cita.

Cada regalo.

Cada vez que Ethan insistió en que Lily viniera con nosotros.

Tal vez nada había sido casual.

Pero Lily aún tenía algo más.

—Sophia, hay una razón por la que vine sin él.

Sacó un sobre del bolso.

—Encontré esto escondido en el despacho de mi madre.

Era una prueba genética.

Dos nombres aparecían arriba.

Lily Parker.

Sophia Bennett.

Leí el resultado dos veces.

Después una tercera.

—Esto está mal.

Lily negó lentamente mientras lloraba.

—No.

La conclusión indicaba una elevada probabilidad de parentesco biológico.

No como primas.

Como hermanas.

Y debajo, escrito a mano por la madre de Ethan, aparecía una frase fechada veinte años atrás:

“Ethan jamás debe saber cuál de las dos niñas es realmente una Parker.”

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