Al día siguiente, mientras Fu Jian preparaba café como si nada hubiera cambiado, dejé mi solicitud de traslado sobre la mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Un cambio de destino.
Leyó la primera línea y frunció el ceño.
—¿Te vas?
—Dentro de una semana.
—¿Y me lo dices ahora?
—Te lo estoy diciendo ahora.
Esperé a que preguntara por qué. No lo hizo. Su teléfono vibró y él miró la pantalla antes de volver a sonreírme.
—Perdona. Es un asunto de la unidad.
No era de la unidad. Vi el nombre de Shen en la notificación antes de que guardara el móvil.
Esa tarde le pedí que comprara mi boleto de avión.
—¿Para cuándo?
—Para el viernes. Solo ida.
—¿Solo ida? —repitió, sorprendido.
—Me gusta tener claro el plan.
Él soltó una risa y me rodeó los hombros.
—Está bien. Te compraré uno de ida y vuelta. Así no tienes que preocuparte por la fecha de regreso.
No discutí. Compró el boleto con su tarjeta y me envió la confirmación. Para él, era un viaje corto. Para mí, el último favor que aceptaría de un hombre que ya había elegido otra vida.
Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos. Guardé mis libros, mis uniformes y las pocas cosas que eran realmente mías. Fu Jian apenas lo notó. Estaba ocupado con “reuniones familiares” y preparativos que, según él, tenían que ver con una ceremonia de su unidad.
El jueves por la noche, encontró una caja vacía en el dormitorio.
—¿Ya empezaste a empacar?
—Sí.
—No entiendo por qué tienes tanta prisa. Todavía podemos mudarnos juntos. Buscar una casa nueva, empezar de cero…
Lo miré a los ojos.
—¿Empezar de cero con quién, Fu Jian?
Su sonrisa vaciló.
Antes de que pudiera contestar, sonó su teléfono. En la pantalla apareció el nombre de Shen. Esta vez no lo escondió.
—Tengo que atender —dijo.
—Claro.
Salió al balcón y cerró la puerta. No necesitaba oír la conversación. Ya había oído suficiente de él.
A la mañana siguiente, tomé el vuelo sin despedirme. Dejé las llaves sobre la mesa y una nota breve:
No vuelvas a buscarme. El boleto fue el último favor que te pedí.
Al llegar a mi antigua región militar, mi padre me esperaba junto a la pista. No llevaba flores ni hizo preguntas. Solo me entregó la orden oficial de traslado.
—Bienvenida de vuelta, mayor general.
Por primera vez en dos años, volví a ponerme el uniforme que me correspondía. Ya no había nada que ocultar.
Un mes después, asistí a una ceremonia de mando. No sabía que Fu Jian estaría allí. Al parecer, la familia Shen había conseguido una invitación para la misma recepción.
Lo vi entre los oficiales, impecable, con la mujer de su boda a su lado. Al principio no me reconoció. Luego leyó mi nombre en la insignia y se quedó inmóvil.
Mi padre subió al estrado y me presentó ante los presentes:
—La mayor general Yun regresa para asumir su nuevo cargo.
Fu Jian palideció.
Cuando terminó la ceremonia, se acercó.
—Yun… ¿por qué nunca me dijiste quién eras?
—Porque no quería que me eligieras por eso.
—Yo te amaba.
Lo miré un instante.
—No. Amabas la vida que creías que yo podía darte.
Detrás de él, su esposa esperaba junto a la salida. Fu Jian miró de reojo, luego volvió a mirarme.
Yo no esperé a que escogiera de nuevo.
Me giré y caminé hacia mi padre, hacia mi unidad y hacia una vida que ya no dependía de que alguien me eligiera.