Marcus miró la mano de Ethan sobre mi muñeca.
—Tío, esto es un asunto entre Clara y yo.
Ethan me soltó despacio.
—Entonces escucha lo que tiene que decir.
Aquel gesto me sorprendió más que su intervención.
No habló por mí.
Esperó.
Guardé el certificado en mi bolso.
—Anoche fui al club de oficiales. Llevaba sopa.
Marcus perdió el color.
—Clara…
—Escuché la apuesta. Escuché lo que dijiste sobre mí. Y sobre él.
Su mirada saltó hacia Ethan.
—Había bebido. Todos estaban bromeando.
—Yo llevaba diez años esperando. No me hizo gracia.
Marcus intentó acercarse otra vez.
Retrocedí por voluntad propia.
—No vuelvas a tocarme sin preguntarme.
En el pasillo, nadie se movió.
Entonces apareció Ivy.
Venía sonriendo hasta que vio el certificado dentro de mi bolso y a Marcus frente a nosotros.
—¿De verdad lo hiciste? —preguntó.
La miré.
—Tú propusiste la apuesta.
Abrió los ojos con una inocencia que conocía demasiado bien.
—No pensé que alguien pudiera tomárselo en serio.
—Ese era el problema —respondí—. Ninguno de ustedes me tomaba en serio.
Me despedí de mi madre y salí junto a Ethan.
En el automóvil nos acompañó un silencio incómodo.
La ceremonia había terminado, pero yo apenas conocía al hombre con el que acababa de casarme.
Él pareció comprenderlo.
—Hay dos habitaciones preparadas —dijo—. Puedes elegir cualquiera. Y mañana, si quieres, hablaremos con una abogada.
Lo miré.
—¿Para anularlo?
—Para que conozcas tus opciones.
La emoción me cerró la garganta.
Durante años, Marcus había convertido cada decisión en algo que yo debía aceptar.
Ethan acababa de ofrecerme una salida.
—No quiero decidir nada hoy —murmuré.
—Entonces hoy descansamos.
La casa era luminosa, con puertas amplias y una terraza que daba a un pequeño jardín. Sobre la mesa había flores, pero ninguna nota exigiendo felicidad.
Ethan me mostró el dormitorio y se quedó fuera.
—Clara, necesito preguntarte algo.
Me volví.
—¿Te casaste conmigo porque querías hacerlo o porque querías herir a Marcus?
No pude sostenerle la mirada.
—No lo sé del todo.
Él asintió, aunque vi que la respuesta le dolía.
—Gracias por decirlo.
Aquella noche lloré con el vestido rojo todavía puesto.
Mi madre vino y me ayudó a desabrocharlo. No me felicitó ni me pidió que sonriera.
—Puedes haber dejado a Marcus y seguir sintiéndote perdida —dijo.
Me abrazó hasta que dejé de temblar.
Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Ethan desayunaba temprano. Trabajaba en su despacho y asistía a sus sesiones de rehabilitación. Yo retomé unas solicitudes de empleo que había abandonado porque Marcus aseguraba que pronto tendríamos que mudarnos.
Una tarde, mientras ordenaba mis libros, encontré entre ellos un formulario antiguo.
Era la aceptación de una beca.
Nunca había ido.
Marcus me había pedido que lo esperara.
Me senté en el suelo, furiosa conmigo misma.
Ethan apareció en la puerta.
—¿Quieres compañía?
Asentí.
No se apresuró a decir que todo había pasado por una razón.
Escuchó.
Después preguntó:
—¿Todavía te interesa estudiar?
Al día siguiente escribí a la universidad.
Marcus, mientras tanto, no dejaba de llamar.
Envió flores. Mandó cartas. Llegó incluso a pedirle a mi madre que intercediera.
Finalmente acepté verlo una vez, en una cafetería.
—Terminé con Ivy —anunció antes de sentarse.
Esperaba que aquella frase borrara diez años.
—Eso es una decisión tuya.
—No puedes preferir esta vida.
Miré por la ventana antes de responder.
—Todavía estoy descubriendo qué vida quiero. Pero ya sé que no quiero la que tenía contigo.
Golpeó la mesa con la palma.
—¡Lo hiciste para darme una lección!
—Lo hice porque estaba cansada. También estaba herida y no pensé todo con claridad. Tendré que responder por mis decisiones. Tú, por las tuyas.
Me levanté.
Esta vez no esperé a que me diera permiso para irme.
La alteración del informe también tuvo consecuencias. Uno de los oficiales presentes aquella noche confirmó lo sucedido y la documentación fue revisada por las autoridades correspondientes.
Ethan se apartó de ese proceso.
—Mi parentesco no debería influir —me explicó.
Yo entregué mi declaración.
No necesitaba que mi nuevo esposo destruyera a Marcus para sentir que mi vida me pertenecía.
Meses después, recibí una nueva admisión en la universidad.
Corrí al despacho con la carta en la mano.
Ethan la leyó y sonrió.
Era una sonrisa pequeña, pero ya sabía reconocerla.
—¿Cuándo empiezas?
—En septiembre.
—Entonces celebraremos.
Lo abracé sin pensar.
Después me aparté, nerviosa.
Él no intentó retenerme.
Aquello me hizo querer quedarme.
Nuestro matrimonio dejó de ser una decisión tomada en un pasillo. Empezó a construirse en conversaciones difíciles, cenas sencillas y preguntas cuya respuesta podía ser no.
Ethan nunca recuperó el uso de las piernas.
No hubo un milagro escondido que tuviera que convertirlo en otro hombre para que yo pudiera amarlo.
Aprendí a preguntarle antes de ayudar y a entender que su independencia no era rechazo.
Él aprendió a decirme cuándo estaba triste, en lugar de esconderse detrás del trabajo.
Una noche, casi un año después de la boda, encontré el pañuelo que me había dejado sobre aquel banco.
Lo había guardado dentro de un libro.
—Todavía lo tienes —dijo.
Lo alisé sobre mis rodillas.
—Nunca te di las gracias.
—No hacía falta.
Me acerqué y tomé su mano.
—Hay otra cosa que quiero decirte.
Esperó, como aquella primera mañana.
—Si hoy me preguntaras otra vez por qué me casé contigo, ya sabría responder.
Sus dedos se cerraron suavemente sobre los míos.
—¿Y qué dirías?
Sonreí.
—Que ahora te elegiría sin ningún informe de por medio.