Adrian entró primero.
Valeria lo siguió.
Llevaba un vestido blanco y una alianza nueva en la mano izquierda.
Mi padre se levantó de golpe.
—¿Tienes el descaro de traerla aquí?
Adrian ignoró la pregunta.
Sus ojos fueron directamente hacia la carpeta frente a mí.
—No puedes retirar la inversión.
Casi sonreí.
Ni disculpas.
Ni explicaciones.
Había venido por el dinero.
—Buenos días para ti también, Adrian.
Valeria tomó su brazo.
—Camila, entendemos que estés dolida.
La miré.
—No pronuncies mi nombre como si fuéramos amigas.
Adrian golpeó la mesa.
—Skyline Harbor depende del siguiente desembolso de Stone Group.
—Lo sé.
—Entonces sabes lo que ocurrirá si lo cancelas.
Abrí la carpeta.
—También lo sé.
Marcus colocó delante de Adrian una copia del contrato.
—La señorita Stone está ejerciendo una cláusula de protección financiera.
Adrian palideció.
—¿Qué cláusula?
Pasé varias páginas y señalé un párrafo.
—La que firmaste sin leer.
El acuerdo permitía suspender nuevas aportaciones si Blake Holdings sufría un acontecimiento capaz de comprometer materialmente la confianza de los inversores.
Su anuncio público había hecho exactamente eso.
Valeria dejó de sonreír.
—Esto es venganza.
—No.
Deslicé hacia ella las proyecciones.
—Esto son matemáticas.
Adrian tomó los documentos.
A medida que leía, su expresión cambió.
—Si retiras los doscientos treinta millones…
—Vuestros bancos revisarán las garantías.
Marcus terminó la frase.
—Y podrían activar vencimientos anticipados.
Adrian me miró.
—Destruirás la empresa de mi familia.
—Tu familia construyó su deuda.
—La mía dejó de financiarla.
Entonces firmé.
Una sola vez.
Marcus recogió el documento.
—La suspensión entra en vigor inmediatamente.
El teléfono de Adrian sonó.
Después el de Valeria.
Luego otro.
Adrian contestó.
Escuchó durante diez segundos.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué quieres decir con que congelaron la línea?
Colgó.
Me miró con auténtico miedo.
Valeria le susurró:
—Dijiste que tenían reservas.
Adrian no respondió.
Aquello me llamó la atención.
—¿No se lo contaste?
Valeria frunció el ceño.
—¿Contarme qué?
Antes de que Adrian pudiera detenerlo, mi director financiero habló.
—Blake Holdings lleva meses utilizando crédito puente para cubrir obligaciones corrientes.
Valeria retiró lentamente su mano del brazo de Adrian.
—Me dijiste que la compañía tenía liquidez.
—Puedo arreglarlo.
—¿Con qué dinero?
Silencio.
Entonces mi asistente entró nuevamente.
Esta vez llevaba un sobre.
—Acaba de llegar del Registro Mercantil.
Marcus lo abrió.
Leyó la primera página.
Después me miró de una forma extraña.
—Camila, tenemos un problema.
—¿Cuál?
Colocó el documento frente a mí.
No era sobre Skyline Harbor.
Era el certificado matrimonial de Adrian y Valeria.
Pero la fecha no correspondía a aquella madrugada.
Habían registrado el matrimonio hacía seis meses.
Seis meses durante los cuales Adrian siguió presentándose públicamente como mi prometido.
Mi padre se quedó blanco.
Yo continué leyendo.
Entonces encontré algo peor.
Dos meses después de aquella boda secreta, Blake Holdings había solicitado un préstamo enorme.
Como respaldo financiero figuraba nuestra futura alianza matrimonial.
Y debajo aparecía una carta de garantía atribuida a Stone Group.
Con mi firma.
Levanté lentamente la vista hacia Adrian.
—Yo nunca firmé esto.
Valeria retrocedió.
Adrian no dijo una palabra.
No necesitaba hacerlo.
Porque su expresión acababa de revelar que cancelar nuestro compromiso no había sido la verdadera traición.
Durante meses, mi prometido había estado utilizando mi nombre para mantener vivo su imperio mientras ya estaba casado con otra mujer.
