El lunes llegué al despacho de Inés a las nueve.
No fui al banco.
Durante cuatro horas firmamos documentos.
El edificio pasó a formar parte de un fideicomiso que protegía el patrimonio que mi padre había construido.
Cuando salí, Teresa ya había llamado diecisiete veces.
Mauricio, nueve.
No respondí.
Esa noche encontré a mi esposo esperándome.
—Mi mamá quedó como una idiota en el banco.
—Ella decidió ir.
—¡Tú sabías que nos estaban esperando!
Me quité el anillo.
Lo puse sobre la mesa.
—Y tú sabías que tu madre me lanzó un vaso y decidiste culparme a mí.
Mauricio miró el anillo.
Por primera vez dejó de gritar.
—¿Qué significa esto?
—Que tampoco iré a la boda.
Dos semanas después, mientras la familia se preparaba para viajar al hotel donde Renata celebraría una boda de seis millones, yo subí a un avión rumbo a Oaxaca.
Había reservado el viaje sola.
Apagué el teléfono.
Y durante veinticuatro horas sentí una paz que ya no recordaba.
Hasta que lo encendí.
Ciento treinta y seis mensajes.
Veintidós llamadas perdidas.
El primero era de Teresa.
“TODO ESTO ES POR TU CULPA.”
El siguiente era de Renata.
“Valeria, por favor contesta.”
Llamé a Inés.
—¿Qué pasó?
—La boda prácticamente explotó.
Me senté en la cama del hotel.
—¿Cómo?
Sebastián había prometido cubrir parte de los gastos con dinero de una inversión.
El dinero nunca existió.
Cuando el hotel exigió el pago final, descubrieron que Teresa había firmado contratos contando con los seis millones que pensaba obtener usando mi edificio.
Sin el crédito, faltaban más de cuatro millones.
Pero aquello no era lo peor.
—Mauricio intentó conseguir el préstamo por su cuenta —dijo Inés.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—El edificio es mío.
—Exactamente.
—Entonces no podía.
—Legalmente, no.
Inés guardó silencio.
—Pero alguien presentó documentos diciendo que sí podía.
Abrí inmediatamente mi correo.
Había un mensaje del banco.
Adjunto aparecía un formulario de autorización.
En la última página estaba mi firma.
Sólo que yo jamás la había puesto allí.
—Inés…
—Ya lo vi.
—¿Mauricio falsificó mi firma?
—Todavía no sabemos quién lo hizo.
Entonces llegó una fotografía de Renata.
Mostraba el salón de bodas vacío.
Mesas preparadas.
Flores.
Copas.
Y policías hablando con el gerente.
Debajo había un mensaje.
“Encontraron algo en la habitación de mamá.”
Llamé inmediatamente.
Renata contestó llorando.
—Valeria, tienes que volver.
—¿Qué encontraron?
Hubo un silencio.
—Documentos de tu papá.
Me puse de pie.
—Mi padre murió hace cinco años.
—Lo sé.
Renata comenzó a llorar con más fuerza.
—Pero hay una carta dirigida a ti.
Miré por la ventana del hotel.
—¿Qué dice?
Su siguiente frase hizo que dejara de respirar.
—Dice que tu padre sabía que Teresa intentaría quedarse con el edificio.
