Pasé toda la noche mirando aquella tarjeta.
ALEXANDER CARTER.
Presidente y director ejecutivo.
Debajo había un número privado escrito a mano.
A la mañana siguiente llamé.
—Señor Carter, soy Emilia.
—Ven a mi oficina a las diez.
Miré mi uniforme.
—Trabajo hasta las tres.
Hubo un breve silencio.
—Entonces a las cuatro.
Aquello me sorprendió.
Los hombres como Alexander Carter no parecían acostumbrados a adaptar sus horarios a camareras.
A las cuatro en punto entré en un edificio de cristal donde probablemente mi salario anual no habría pagado ni las lámparas del vestíbulo.
Alexander me esperaba.
Su madre estaba con él.
—¡Emilia!
La mujer sonrió al verme.
—Sabía que vendrías.
Alexander señaló una silla.
—Quiero ofrecerte un trabajo.
Parpadeé.
—¿Haciendo qué?
—Acompañando a mi madre.
Mi sonrisa desapareció.
—Señor Carter, no soy enfermera.
—Lo sé.
—Entonces necesita contratar a una profesional.
Su madre soltó una pequeña carcajada.
Alexander no parecía acostumbrado a que rechazaran sus ofertas.
—Pagaría cinco veces lo que ganas actualmente.
Pensé en el alquiler.
En la electricidad.
En mis turnos nocturnos.
Pero negué con la cabeza.
—Su madre necesita cuidados médicos, no alguien que aceptó porque necesita dinero.
Alexander permaneció callado.
Entonces su madre extendió una mano temblorosa hacia mí.
—Por eso quiero que seas tú.
Me senté a su lado.
Fue entonces cuando vi la fotografía sobre el escritorio.
Una imagen antigua.
Alexander, mucho más joven, estaba junto a una mujer.
Sentí que el corazón se me detenía.
Conocía aquel rostro.
—¿Quién es ella?
Alexander siguió mi mirada.
Toda calidez desapareció de su expresión.
—Mi hermana, Rebecca.
—¿Dónde está?
Su madre bajó los ojos.
—Murió hace veintitrés años.
Veintitrés.
Mi edad.
Sentí un escalofrío.
Saqué lentamente mi cartera.
Dentro guardaba la única fotografía que tenía de mi madre biológica.
Me habían abandonado siendo bebé y aquella imagen había llegado conmigo al centro de acogida.
La coloqué junto a la fotografía de Alexander.
Era la misma mujer.
Su madre dejó escapar un grito ahogado.
Alexander se puso de pie.
—¿De dónde sacaste eso?
—Siempre la he tenido.
La anciana comenzó a llorar.
—Rebecca…
Alexander miró mi rostro como si lo viera por primera vez.
Entonces sus ojos se detuvieron en el pequeño colgante que llevaba alrededor del cuello.
Su rostro palideció.
—Quítatelo.
Instintivamente lo sujeté.
—¿Por qué?
Su madre se levantó con dificultad.
—Alexander, no.
Pero él ya había abierto un cajón.
Sacó una fotografía de un collar idéntico.
—Ese colgante pertenecía a Rebecca.
Sentí que me faltaba el aire.
—Entonces… ¿ella era mi madre?
Alexander no respondió.
Su madre sí.
—No, querida.
Me miró con lágrimas en los ojos.
—Rebecca no era tu madre.
Señaló a Alexander.
—Era la mujer que te salvó de tu verdadero padre.
